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ESTE TEXTO NO ES MIO SINO DE ROGER COLOM PARA LA BIBLIOTECA POPULAR AMBULANTE

1.

Rodrigo Cañete es un crítico de arte (y del arte) argentino radicado en Londres. Tiene un blog desde hace 9 ó 10 años, en el que critica, a menudo salvajemente, lo que ocurre en el arte de este país. Recientemente ganó el premio de una institución al parecer importante norteamericana por un ensayo sobre Jorge Gumier Maier y sus actividades en el Centro Cultural Rojas durante los 90. Hubo protestas en Argentina, y el premio le fue retirado. (Cuento esto porque hay mucha gente de fuera de Argentina que lee esta Niusléter.)

No soy amigo ni fan de Cañete. No me gusta su estilo—lo cual equivale a decir que no me gusta cómo viste—pero el vestido importa. El estilo es la mitad del trabajo de un escritor, la otra mitad es lo que dice, lo traducible y parafraseable, y en esto estoy a menudo de acuerdo con él. El estilo, claro, también dice, la forma crea una posición estética, y si hemos de creer a los críticos, incluido el propio Cañete, la estética es siempre una cuestión política. En esto del estilo, pienso que Cañete fue un maestro, al principio y durante algunos años: encontró la manera de decir que hacía falta para que se le escuchara o leyera. Y esto mismo, su lenguaje y un aspecto estetizante de su actitud, es lo que se presentó como excusa para quitarle el premio. Yo creo que la cosa va más allá del estilo.

Cañete no es sólo un crítico del arte que se practica en Argentina, es un crítico del sistema mismo del arte que se practica aquí. Sus ataques, a menudo furibundos y crueles, van dirigidos a la base, a la línea de flotación, la estructura misma de cómo funciona el arte en Argentina, con su sistema oligárquico, sostenido en el día a día por una clase administrativa y aspiracional cuya función es proteger las propiedades de la oligarquía que manda.

Lo propio es lo correcto, y también lo que le pertenece a uno. Lo apropiado es lo correcto, y también lo que uno ha conquistado, aquello de lo que uno se ha adueñado. Uno de los problemas que plantea Cañete, como crítico y escritor, es precisamente el de la propiedad. Su lenguaje es a menudo considerado inapropiado. Pero lo que él disputa es precisamente eso: de quién es el lenguaje, qué usos se pueden hacer de él, quién puede usarlo y bajo qué condiciones. Así por un lado. Por otro, lo que disputa es el sistema de la propiedad del arte argentino, en los varios sentidos de lo propio y lo apropiado. En otras palabras, no sólo quién muestra y qué, sino quién dirige y cómo las instituciones públicas y privadas, para qué y para quiénes.

Es ésta una posición perfectamente válida y defendible. Si en alguna ocasión me he sentido ofendido por lo que dice o cómo lo dice, es probable que sea porque Cañete ha dado en el clavo—incluso si pienso que está equivocado. Durante años, Cañete ha metido el dedo en la llaga del arte argentino. Esa llaga, vista de más lejos, se convierte rápidamente en la grieta—la grieta social, económica y política que divide este país, creada por dos oligarquías en su lucha por el poder, dejando fuera a una gran parte de la población. Su valentía es innegable.

2.

Ahora bien, si yo me metiera en una polémica con Rodrigo Cañete, ésta no sería más que una disputa entre escritores. Su interés, para el público, sería, a lo mucho, deportivo, tal vez turístico. Quizá podríamos cobrar entrada, y el público podría venir a agitar banderas, celebrar los golpes de uno u otro, comer panchos de sushi. Y ya. Pero cuando son las instituciones, sobre todo las públicas, las que le disputan la voz, la propiedad de su voz, tenemos un problema totalmente distinto, en calidad y en magnitud. Y es que la retirada del famoso premio fue iniciada, instigada, promovida y aplaudida por personas que ocupan cargos en el Ministerio de Cultura. Aquí, encontramos que ya es el Estado el que busca el silenciamiento de un crítico. Esto tiene que dar miedo en sí mismo porque establece un mal precedente: no sabemos quién ocupará esos puestos en gobiernos venideros. Puedo ir más lejos: la función de este silenciamiento es precisamente la de meter miedo. Apunta a que si uno no se adhiere al sistema de propiedades que esas instituciones, y las personas que las dirigen, defienden y mantienen, uno ha de quedar afuera, excluido y sin voz.

Antes de silenciar a Cañete, habría que pedir más voces como la suya, quizá con un mejor dominio de la sintaxis y sin tantos errores de tipeo, más voces que llegaran de distintos lugares, y no sólo las que ya vienen del lado de lo propio y lo apropiado. La voz de Cañete no sólo me parece válida, sino valiosa. En Argentina no falta gente que escriba sobre arte—falta gente que lo haga desde una posición crítica y hasta negativa. Pero resulta crucial distinguir entre una posición negativa y una posición negadora. La diferencia estriba en el lugar desde el que se lleva a cabo la negación. Si es desde una posición individual, o de debilidad, o de una posición institucional, o de fuerza—la fuerza de la institución, o incluso la del Estado.

Si la negación es desde la fuerza, queda claro lo que hemos de entender los demás: para ser artista o crítico hay que portarse bien, obedecer, anular cualquier semblanza de disidencia. Nos podemos olvidar, así, de cualquier gesto vanguardista. (En los años 50 del siglo pasado, Joseph McCarthy juzgó, y el FBI persiguió a los norteamericanos que lucharon en la Guerra Civil española del bando republicano—se les acusaba de ser anti-fascistas prematuros.) Como su nombre indica, toda vanguardia ha de ser prematura, o sea que ha de venir a destiempo. Los actos de silenciamiento como el que estamos discutiendo aquí tienen la función de precluir toda idea, forma, modo no autorizados previamente, o desde ahora en adelante.

Que a Rodrigo Cañete le hayan dado un premio, me trae sin cuidado. Pero es innegable que en un país en el que siempre hemos de mirar afuera en busca de la validación de nuestras obras y nuestras ideas, como sujetos colonizados que claramente somos, este premio por parte de una institución al parecer importante, pero sobre todo, extranjera, norteamericana, sita en el corazón del imperio, molesta porque valida. Es posible que si no necesitásemos de esa validación exterior, a nadie le hubiera importado ese premio.

3.

El lenguaje de Rodrigo Cañete, en su blog, es fático—sirve para llamar la atención, establecer o mantener la comunicación. (De jóvenes, mis amigos y yo leíamos la pornografía de Bataille porque era pornografía, y ésta cumplió su función: se convirtió en el portal por el que entramos a sus textos filosóficos, digamos, más serios.)

En esta Niusléter, hablo de cafés y restaurantes y paseos por la ciudad, cuento anécdotas personales y familiares, y todo para poder abrirme el paso suficiente como para decir un par de cosas que me parecen importantes. Lo habrán notado. También hago lo posible porque mis textos sean amables. No ataco a nadie, o al menos, no señalo a nadie en particular. Entiendo que en tiempos de redes sociales nuestros hábitos de lectura y nuestra manera de leer han cambiado. Las empresas que crean y mantienen los algoritmos tienen claro que las reacciones negativas atraen mayor tráfico y participación que las positivas. El odio les resulta más rentable que el amor. La reacción popular a esto ha sido otra clase de odio, una expansión del odio, que a veces lleva el nombre de corrección política, o el de su opuesto, sea lo que sea. Este odio expandido tiene la función de limitar o silenciar a quienes digan cosas feas o inconvenientes, criticando el sistema de la propiedad y lo apropiado, y más si las dicen de manera fea, incorrecta, inapropiada, sin permiso. En esto parece haber consenso.

Pero el consenso no es democrático, es oligárquico: un acuerdo entre los dueños de todo (sumando a la clase media administrativa/aspiracional) para que las cosas sean de cierta manera, para que no haya vanguardias prematuras o retaguardias caducas, para que todo el mundo marche al paso marcado. De ahí surge este tipo de silenciamientos de todo aquello que pueda incluso sólo parecer una crítica del sistema, de las instituciones que lo rigen, de todo aquello que sigue en pie (tras la revolución neoliberal) únicamente porque sirve para legitimar el poder de esa oligarquía, para expresarlo y ejercerlo.

4.

Uno de los grandes temas de Rodrigo Cañete es aquello que llama “la mafia del amor”, en otras palabras, el sistema de amistades, conexiones, ayuda mutua interesada que rige en nuestro sistema artístico. Creo que por la misma época, en un programa de radio, y sin haber leído a Cañete, a esta mafia la llamé “círculo de promiscuidad”, que me parece más exacto, aunque menos poético. Cuando Cañete habla de esas mafias, o yo hablo de esos círculos, estamos hablando de cómo se constituye un sistema oligárquico, o sea, basado en el consenso: un sistema que aspira a tomar el poder en el arte, dejando fuera cualquier competencia que encuentre a su paso.

Mafia, círculo, son grupos de pertenencia. Resulta imposible, y sigo de acuerdo con Cañete, entender el arte argentino sin pasar antes por ellos. Y sin embargo, esto es algo de lo que nadie quiere hablar. De lo que, por lo visto, no conviene hablar. Y voy a arriesgar que ésta es la verdadera razón del silenciamiento de Cañete, especialmente por algunos cargos del Ministerio de Cultura. No su lenguaje inapropiado, no su papel de puto malo (que, por cierto, no desempeña en sus escritos más importantes). Se le silencia, se le excluye, porque dice lo que no conviene, porque descubre y muestra los engranajes de una máquina que se suponía mágica. Como en El mago de Oz.

5.

Los cargos del Ministerio de Cultura, antes que ofrecer algún tipo de disidencia ante este orden de las cosas, parece que sólo están cumpliendo con sus obligaciones ante la oligarquía global neoliberal, que incluye a Silicon Valley, Wall Street, los fondos de la soja y el capital hiper móvil. El control del lenguaje por medio de la actual corrección política es una de sus armas más efectivas. Si yo utilizo un lenguaje amable, y en ocasiones alegre, pero no políticamente correcto, es como forma de resistencia ante las políticas y los algoritmos del odio, que las oligarquías promueven.

Para pedir la retirada del premio, se adujo su uso de un lenguaje ya prohibido. Lo que en un momento resultaba vanguardista fue caducando hasta quedar prohibido. La carrera armamentística del lenguaje.

Rodrigo Cañete cayó en esa trampa, como si los últimos 5 años no hubieran ocurrido. Él mismo admite que la prosa en su blog ha sido performática (palabra odiosa, pero que nos lleva a lo que hay que decir). En esta perfo, Cañete ha desempeñado el papel, arquetípico ya, del “puto malo”, como se dice en Argentina. Este papel parece estar en vías de extinción—precisamente porque ha sido efectivo y puede que lo siga siendo. En otras épocas, el puto malo fue una especie de chamán discursivo, ultraestetizante, que cumplió la función importantísima de decir lo que otros, y otras, no podíamos decir o no queríamos que se dijera. Warhol es un buen ejemplo. Miren cómo con su actitud, con su obra y con lo que decía (o no) puso fin al proyecto supermacho y espiritualista (y capitalista) del expresionismo abstracto.

(Ah, y por favor, que nadie salga con la inanidad taimada de que estoy comparando a Cañete con Warhol. Estoy hablando de un papel que resulta fundamental en nuestra sociedad, y tiene una sólida tradición de riesgo y disensión. Podríamos hablar de Perlongher o de Reynaldo Arenas, también. Y hasta de Osvaldo Lamborghini.)

6.

Josep Pla, uno de mis escritores favoritos, fue un defensor de la normalidad y la tranquilidad. Desde ahí fue capaz de reinventar la prosa catalana. El otro día encontré esto en un de sus libros: “Vivimos en un país en el que es un gran error destruir lo que tenemos, por simples veleidades contrarias.” (Pla se refiere a Catalunya, yo me refiero a Argentina.)

Con esta crítica no me refiero a la destrucción o el silenciamiento de un crítico, sino a la frágil legitimidad de un ministerio de cultura. Dicha legitimidad no puede construirse a la fuerza, a base de silenciamientos, exclusiones (por la causa o contra ella), a base de dispendios de dinero sólo a quienes están de acuerdo, o por lo menos obedecen. A lo mejor esto es mucho pedir, a lo mejor no tenemos la visión necesaria, una que vaya algo más allá de las veleidades del presente. Si sólo hay presente, sin ancho de banda temporal, hay que decir que dicho ministerio ha de ser completamente innecesario.

 

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