Una gran pena es el suicidio de Tayda, la hija de David Lebón y Liliana Lagardé. Cada vez que leí alguna declaración de ella, tenía sentido. Ella se fue de la Argentina porque quería escaparse de una cultura que solo le iba a dar lugar como ‘freak, hija de famoso’. En Estados Unidos podia lograr que la mirada de los otros fuera mas indiferente pero eso tiene tambien su costo para aquellos que nos criamos bajo la mirada exterminadora de la culpa.

Hubieron dos tipos de manifestaciones de dolor. Los que declararon su amor automático y cantaron las loas de la difunta y la de Franco Torchia, un miembro militante de la mafia del amor y operador en mi cancelación, que emitió un ‘comunicado’ en principio  realista pero que en realidad muestra lo perverso que el mundillo del arte contracultural vernáculo puede ser, sin siquiera darse cuenta de ello. Al definirla, el comunicado la cataloga como ‘artifice de su supervivencia’ (dado que su superviviencia no ha sido uno de sus logros, es este un mal chiste?). Asimismo, Torchia nos cuenta que ‘hace meses que venia pidiendo ayuda’. Cómo? Qué hizo él como para levantar el dedo acusador contra los que no ayudaron? Qué lugar tiene él en este remolino moralizante que su Instagram pretende generar.

Lo cierto es que entre los elogios, las declaraciones de afecto y la partida de Tayda hay un proceso.  Pero qué hay en el medio? Qué pasó entre ese ‘artifice de su supervivencia’ a ‘se murió’? Es ese el punto en el que tanto los diarios como los ‘amigos’ de ‘la mafia del amor’ coinciden en que el problema de Tayda era ‘privado’ y el diagnóstico que nos permite desentendernos del problema se llama ‘depresión’. Sin embargo, tanto la depresión como el luto no son simplemente procesos privados sino colectivos. Tayda se iba de un pais en el que ser quien era (y no solo ‘hija de’) la colocaba en un casillero del que era muy dificil salirse y tanto el problema de las politicas de identidad (de las que Torchia es militante) como todo aquello que tiene que ver con lo declarativo en el amor no son otra cosa que la fosilización de algo mucho más dificil de abarcar por su negatividad vital. Digo esto porque el que crea que los grupos de amigos ‘queer’ no son discriminadores se equivocan ya que funcionan como todo grupo humano y hasta absorben algunas de las practicas que suponen resistir. Digo tambien esto porque a veces la depresión (con sus tantas variantes) cansa a aquellos que se definieron alguna vez como amigos y uno se queda solo, según. parece por no querer o poder ser quien ellos quieren que uno sea.

Para hablar de este tema, quiero retomar mis Podcast teniendo como primer invitado a Jorge Porcel Jr. para hablar de depresión y mafia del amor. Si bien es un caso diferente, hay algo que se cruza ya que el mundo del arte y la escena alternativa argentina han venido definiendose por su relacionalidad, un tipo de relacionalidad muy declarativa pero a la hora de los bifes poco efectiva.  El amor y la amistad, en un pais tan inestable como la Argentina, se han convertido en un refugio pero la amistad en si misma no puede ser un refugio ya que cuando lo es se vuelve tóxica. La amistad, cuando la hay, no sale hacer declaraciones ‘felices’ y ‘ reparativas’ sino que opera discretamente y en las sombras para permitir que el depresivo no se sienta sólo. La otra cuestión es la de del éxito como parámetro del mundo del arte cuando si algo sabemos los queer es fracasar y tal vez es eso lo único que sabemos porque nos criamos en un mundo que nos dijo desde que nacimos que para sobrevivir (es decir, para no fracasar) teníamos que asimilarnos. J A T

 

 

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