Pepe Pierce es gay, trabaja en Stony Brook University y pertenece a la Nación Cherokee. Aquel que lo ve en su cuenta de Instagram o en la tapa del suplemento Soy, advierte que su intervención en lo público es una performance en la que lo académico pretende integrarse con el activismo. Este activismo es algo que ocurre desde lejos y está motivado por ese impulso tan propio de la academia norteamericana de hacer del teórico neo-burgués un militante multi-dimensional que camina con los excluídos y habla desde el corazón. Los problemas que esto conlleva son varios y van desde la apropiación cultural (no estoy seguro de que ese sea el caso de Pierce) a la deformación de la teoría a los fines de adaptarla a las ambiciones de circulación y reconocimiento, algunas veces, bien intencionadas y otras motivadas por el narcisismo. Quien lo entrevista para el suplemento identitario gay de Página 12 es Mariano Lopez Seoane quien, habiendo heredado endogamicamente (por haber pertenecido a la catedra de Jorge Panessi) la coordinación del Master de Genero y Estudios Queer de la Universidad Tres de Febrero de Daniel Link (a falta de buenos lectores de teoría queer en la Argentina), ha decidido invitar a Pierce a dar un seminario en la mencionada institución. Hasta aquí, todo de acuerdo a lo esperado. Lo endogámico queda reafirmado por las fotos que acompañan la nota, hechas por Sebastián Freire quien, oh sorpresa, es marido de Link quien, a esta altura, y desde su retiro, es una especie de factotum en las sombras de la crisis del otrora glorioso pensamiento queer disidente argentino.

 

 

La introducción de Seoane coloca a los estudios queer ‘en sus orígenes combativos en el mundo anglosajón como en sus sucesivas desviaciones sudacas y latinoamericanas’ como ‘campo de acción todo aquello que resiste a la norma’. La cuestión normativa atraviesa el corazón del análisis de Pierce en su libro Intimidades argentinas, en donde estudia a ese arquetipo de la oligarquía argentina que fue la familia Bunge, y, si leemos los textos de Octavio (Bunge), es tambien arquetipo de un ideal de lo argentino basado en la pureza racial y la supremacía blanca. Dicho de otro modo, el objeto de estudio de Pierce tenía entre sus planes ‘liberar a la raza Argentina’ de gente como Pierce y como yo. Si tenemos en cuenta su vocación activista y su orgullo identitario (racial), uno podría llegar a creer que su análisis, producto de su tesis doctoral, iba a usar la teoría queer para poner los puntos sobre las íes en una historia de cinismo y represión hacia adentro y hacia afuera. Sin embargo, lo que Pierce demuestra es una bizarra fascinación de clase por una familia a la que presenta como ofrenda a la teoría queer impotente y desmantelada. Es como si Pierce fuera la confirmación de aquello que los Bunge pensaban de la gente como él. Y esto lo hace volviendo a dicha teoría en algo tan polisémico y abarcativo que acaba vaciandolo de todo sentido. Lo que Pierce hace con los Bunge es llevar a su extremo lógico el reparo de Jack Halberstram de que ‘la historiografía gay tiene una memoria muy selectiva ya que su archivo parece estar exclusivamente definido por el amor, la supervivencia y la intimidad’. Lo gay es confundido con lo queer y todo deviene sinónimo de ’emancipación y libertad’. Esto es algo que identifica y hermana a Pierce con su entrevistador Lopez Seoane quienes hacen de ese vaciamiento de sentido la oportunidad de transformar a la teoría en su carta de presentación social.

Pierce dice respecto de la familia como unidad social básica: “Siempre sospeché de la familia y de lo que promete. La estabilidad, el amor, la herencia. Son esas promesas las que me impulsaron a indagar en cómo la familia se erige sobre una base que no es tan sólida como muchos estudios presumen. La familia es una estructura tautológica: es lo que es. Y es lo que siempre fue. El binarismo de género, la heteronormatividad y la supremacía blanca se apoyan en las características supuestamente inherentes de la familia, mientras que la familia depende de la misma naturalidad, supuestamente incuestionable, del binarismo de género, la heteronormatividad y la supremacía blanca. Si no nos preguntamos por la historia y la función de la normatividad familiar, no sabemos en qué consiste esa normatividad. En breve: me propuse estudiar cómo los miembros de la élite que se identifican con la norma proponen mantenerla intacta, invisible, incuestionable. ¿Cuáles son sus estrategias? Lo que comencé a ver después de trabajar un tiempo con este archivo es que los sujetos normativos ideales siempre manifiestan alguna duda sobre la arquitectura normativa, un deseo de fuga de sí mismos y de la familia. Me di cuenta de que había que pensar la normatividad no como un don sino como una pregunta, un interrogante. Diría que el propósito del libro es describir cómo la normatividad llegó a ser tal. Eso, a su vez, nos permite restarle poder”. Con semejante nudo argumentativo, Pierce nos cuenta que la normatividad o diría yo, la capacidad normalizadora, inherente a la familiia como agente de construcción social y de futuro, implica cierto proceso dialéctico en el que aquello que no es ‘normal’ debe ser identificado para poder afirmarse. Esta ‘positividad’ es contrario, desde ya, a lo queer pero, el aporte de Piece parecería residir en que en la duda en sí misma, en tanto necesidad de re-afirmación reside ‘lo queer’.

‘En el libro demuestro que la familia es un escenario de deseos conflictuados. Se construye en base a la represión de las desviaciones de la norma pero estas desviaciones son móviles, emergentes. Por eso también la familia es violenta, muy violenta para muchos de nosotrxs. El interés por resguardar la familia, tanto en el fin de siglo XIX como hoy día, depende de un proceso de identificación de las disidencias, para luego nombrarlas como peligrosas (un proceso taxonómico) e intentar marginalizarlas o borrarlas de la sociedad. Pero entonces, si la familia depende de la energía de lo disidente y la utiliza para crear la imagen de su propia normatividad, de manera constitutiva la familia es queer porque siempre habrá una vacilación, un ruido, que emerge desde dentro de su centro mismo. Eso es lo queer. En otras palabras, la familia depende de la fuerza de lo queer para luego reprimirlo y así constituirse como normativa. Eso está claro desde el psicoanálisis: los tabúes marcan instancias de deseo que hay que superar o reprimir para constituirse como un sujeto “normal”. Estoy de acuerdo con Susy Shock cuando reclama “que otros sean lo normal”. Precisamente. Pero para eso hay que saber a qué nos referimos cuando hablamos de lo normal”, dice Pierce.

Esta analogía entre, por un lado, el proceso edípico desde el punto de vista del psicoanálisis entanto represión de lo polimorfo infantil y la familia como represora de lo que se desvía de la herencia y la construcción del futuro a través de la procreación es posible pero no lo suficientemente fuerte como para justificar la transformación de lo queer en el momento de duda del represor.  Confundir al ‘deseo conflictuado’ con lo queer como ‘acción o proceso de todo aquello que resiste a la norma’ (para parafreasear a López Seoane) es un error y afecta la relacion entre la esfera intima y la publica que, para Pierce, quedan absolutamente alineadas y justificadas por esos leves exabruptos de libertad en los que antes de reafirmar la violencia del orden oligarquico, Octavio decide no casarse para mantener cierta relación con el mundo creativo como si esto fuera un gesto de emancipación en sí mismo cuando lo que, en realidad, hace es seguir al pie de la letra la norma que indica que hermanos ‘raros’ (putos o poetas) viven juntos y se controlan. Nada queer en eso más bien, la frustración resultante de la afirmación y aceptación de la heteronormatividad.

Esto, desde ya, trasciende cualquier posibilidad del entrevistador de re-preguntar porque tanto el uno como el otro están tan comprometidos con el proyecto de confundir lo gay con lo queer, lo identitario con lo desestabilizante y lo académico con el activismo que se percibe cierto gusto por transformar a lo queer en aquello que convenga cuando convenga ‘en nombre de la libertad’.

El interés de Pierce por los Bunge tuvo que ver inicialmente con estudiar familias de escritores. Sin embargo, como él dice, ellos  ‘ejemplifican el periodo conflictuado finisecular desde la precariedad del modelo familiar de la misma oligarquía’. Son miembros de la oligarquía, pero viven su esplendor y su decadencia. ¿Qué hacen para resguardar su lugar en la sociedad? ¿Cuáles son sus estrategias para mantenerse en el poder? Esa última pregunta, en realidad, motiva todo el libro. Porque las crisis que estamos viviendo ahora (de política, de “estructura familiar”) no son nuevas. Recurren a lo largo de la historia—la familia siempre está en crisis. (Mi comentario: Se puede equipara la crisis de la familia en el siglo XIX con la de la familia en el siglo XXI como que ‘la famliia siempre está en crisis?) Y esta familia en particular, los Bunge, dejaron un archivo que permite yuxtaponer su escritura pública (lo que pronosticaron para el pueblo argentino) con su escritura privada (en los diarios, memorias y el álbum familiar) que en muchos casos contradice su postura pública. Trataron de abogar a favor de la sobrevivencia de la élite (por ejemplo, el libro de Alejandro Bunge, Una nueva Argentina), pero a la vez, en su escritura íntima buscaban alternativas a ese mismo modelo. Delfina no se quería casar. Quería ser escritora. Carlos Octavio nunca se casó. Ahora algunos dicen que Carlos Octavio era homosexual, pero no me parece productivo incurrir en un anacronismo histórico. Sí que era queer, causaba escándalo, era excesivo, no se contentaba con la normatividad. Como él, en muchos momentos los hermanos Bunge no cumplen, o no quieren cumplir, con el mandato del mantenimiento de la oligarquía a pesar de siempre pertenecer a ella.

Pierce confunde ‘excesivo’ como ’emancipado’ y al hacerlo transforma lo excentrico en liberador cuando, en el caso de los Bunge, nunca implicó cambio alguno. No casarse no hace ni a Octavio ni a su hermana queers sino solteros, que era lo que se esperaba de aquel que queria seguir perteneciendo a cierta bohemia. Además cómo se vincula la proyección de la imágen pública de familia con la confesiones y frustraciones en privado? Son queer porque a pesar de no casarse hicieron todo lo posible para reforzar la estructura social que los obligaba a casarse?

La circularidad de Pierce y el modo en el que usa su sangre ‘subyugada’ Cherokee para transformar a su opresor (el fascista, eugenésico Bunge) en un Hamlet perturbado al que, por dudar, se lo disculpa y hasta redime es, debo confesar, sorpredente y reafirma lo ya planteado por Halberstram de que cierta historiografía gay parece no poder ver la cara abyecta de la homosexualidad. Muchas veces preferimos hablar de la persecusión a los gays por parte de los nazis dejando afuera la cuestión de la colaboración con ellos. Lee Edelman dijo que la politica de derecha puede facilmente derivar de una sentimentalización de las Fuerzas Armadas, facilmente sublimable en un fetiche por lo marineros, por ejemplo. Este fetiche por el blanco oligarca de Pierce hace que ni siquiera le preocupe su expresión sexual que en el caso de Pierce no es ni siquiera sexual (‘Decir que Bunge era o no homosexual sería un anacronismo’ dice Pierce) sino una ‘duda creativa’ malentendido como acto emancipador romántico. Dagmar Herzog decía que los nazis usaban la homofobia y la moralidad sexual donde les convenia, y donde no, miraban para otro lado. No es eso lo que hacían los Bunge que tanto celebra Pierce? La pregunta que me sigue rondando en la cabeza es por qué lo celebra? J A T