La entrevista que le hizo Emmanuel Franco a ‘Feda’ Baeza plantea tres cuestiones centrales que ameritan analisis. En primer lugar, proyecta la construcción ‘construccionista’ (valga la redundancia) de su identidad como modelo de subjetividad cuya fuente de valor es la posibilidad de optar. Dicha opción (o ‘choice’, en inglés) es hecha desde el privilegio de raza (Feda Baeza es blanca) y de clase (es de clase media) por lo que no se construye desde el daño sino desde un privilegio potenciado: el ser funcionario estatal al momento de efectivizarla y ser blanco y de clase media alta urbana. La segunda cuestión central es la que tiene que ver con la ‘reinvención’, según él dice, del Salón Nacional como curación de lo ‘diverso’ que al presentarse, al mismo nivel, cancela cualquier posibilidad de ‘diferencia’ real. La tercer cuestión central deriva de esto y es el recalibramiento del concepto de ‘calidad’ como criterio ‘consagratorio’ ya no como ‘el mejor’ sino como el resultado de la preferencia por parte de los jurados del orígen y provenencia del artista, en cuestión, lo que abre la puerta a cuestiones de discriminación negativa. Si bien uno puede decir que tras años de invisibildiad dicha discriminación negativa es una suerte de compensación histórica, el problema que persiste es cual es el criterio que permite realizar una jerarquía de invisibilizaciones o daños (escondidos bajo el eufemismo de ‘condiciones de producción’).

En este post, me interesa analizar, en particular, la confusión que reina en la política de Baeza para el Salón Nacional entre los conceptos de ‘diversidad’ y ‘diferencia’. Baeza reclama haber ‘reinventado’ el Salón Nacional, pasando ‘de un paradigma más meritocrático y consagratorio, a un Salón que pueda aportar, dentro de sus condiciones de posibilidad, nuevos imaginarios para pensar al arte y a sus artistas. Yo vengo más del universo del arte contemporáneo, aun así, es importante que el Salón preserve esa diversidad y conecte con escenas regionales, que a veces tiene relaciones más complejas a lo que se piensa como arte contemporáneo. Entonces el Salón no es el espacio conservador de las Bellas Artes, de esa formación de las escuelas medias y terciarias donde todavía se prioriza la técnica y los modos de hacer, pero tampoco un espacio exclusivo para el arte contemporáneo. En la Ciudad de Buenos Aires ya existen muchos otros certámenes para estas categorías. El Salón ocupa un lugar intermedio que intenta unir, por ejemplo, la producción textil con los cambios culturales de las producciones de artistas jóvenes’.

Según lo planteado, la política cultural del Salón propone el entrecruzamiento de la variable de la ‘diversidad’, entendida como sexual, regional y de clase con el criterio de selección que, al resignar su caracter consagratorio o de calidad, deviene en una suerte de curación regida idealmente, por ese principio diversificante. Voy a analizar el concepto de ‘calidad’ en un próximo post; sin embargo, Baeza postula una continuidad entre una jerarquización de propuestas, por un lado, y, por el otro, una curación igualitaria de la diversidad. Sin embargo, ambas no dejan de ser incompatibles.

Según él, lo que los mecanismos propuestos por el discurso hegemónico presuponen es que el mejor arte sale de ‘las escuelas tecnicas y de la clase media’, que, según él, apuntan a perpetuar su propio modelo. Sin embargo, la diversidad en tanto tal no permite superar las barreras del aislamiento sino que las confirman como opciones en el mercado. Esta ha sido la experiencia del modelo multicultural británico, por ejemplo. La ‘tolerancia’ como modo de reconocimiento y control de aquel que hasta ahora permanecía invisible. Por eso hay que distinguir lo diverso de lo ‘diferente’. Tal vez la cuestión no sea la de replicar el modelo de pensamiento ‘inclusivo’ de ‘la clase media blanca urbana’ dominante que irónicamente Baeza representa sino un tipo diferente de arte que rompa con esa lógica blanca urbana lo que exigiría criterios mucho más valientes e inteligentes de interacción y diálogo. Esto es diferente a imponer en lo diverso (lo regional y lo pobre, por ejemplo) un concepto de arte (central y dominante; es decir, rico y urbano) creado en condiciones y para fines que no tienen nada que ver con aquello a lo que se lo quiere asimilar.
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Si se quiere mi argumento es que este tipo de planteo de la diversidad no es muy diferentes del multiculturalismo del Museo del Barro de Ticio Escobar, por ejemplo, en el que se fuerza a la ‘artesanía’ guaraní a convertirse en ‘objeto museográfico’ y se legitima tal operación como un ‘honor tardío’ que recibe aquel que nunca pidió ni pretende tal ‘honor’. La posicion de Escobar es diferente generacionalmente a la de Baeza pero acaban siendo analogos en tanto que intentan actualizar una posicion central violentando ‘lo otro’ mediante artefactos culturales hegemónicos que, en el caso del Salón Nacional, caen bajo el paraguas de la ‘diversidad’ o para usar un termino más Británico ‘multiculturalidad’ y en el caso de ‘Escobar’ es ‘incorporación’. Lo que subyace como problema es que todo vuelve a aquel que abre la puerta y decide que ‘eso diferente’ tiene merito suficiente para ser incorporado. En el caso de Ticio Escobar la cuestion es muy transparente, el que dice que la artesania guaraní es arte es él en tanto conflación de etnógrafo y curador. En el caso de Baeza es mucho más opaco porque se esconde tras un cúmulo de eufemismos como ‘diversidad’ o ‘condiciones de producción’. Dicho de otro modo, si el Salon Nacional pretende ser un catalogo curado de la diversidad etnica, racial, y de clase de la Argentina debe dejar de ser un premio en el que, por su propia naturaleza, una jerarquización de las propuestas es exigida Primer Premio o Segundo Premio, por ejemplo. Si el criterio de valoración es lo pobre y subalterno del artista en cuestión, es una crueldad establecer una jerarquía de daños bajo la excusa de la premiación. J A T

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES CON JORGE PORCEL JR.

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