Fuí con muy pocas expectativas a ver House of Gucci de Ridley Scott con Lady Gaga como Patrizia Reggiani y esa belleza de Adam Driver como Maurizio Gucci. Scott logró transformar muy astutamente la tragedia en melodrama y ese movimiento permite que nos identifiquejmos con personajes con los que, en principio, uno siente rechazo a no ser que sea uno de esos fashionistas wannabes que gustan de cualquier hijo de puta bien vestido. A la película se le puede criticar la caricaturización de todos los personajes pero esa es la naturaleza del melodrama y es precisamente allí donde radica la clave afectiva y su efectividad como film. En el epicentro de la narrativa, la tragedia se casa con el camp y este matrimonio metaforico y literal (de Maurizio y Patrizia) habita el Milán de fines de los 70s que trata de transformar La Dolce Vita en una nueva industria (de la moda) que le de sentido a un país rentistico y decadente como Italia. Esto significa que los personajes atraviesan los ‘largos ochentas’ para aterrizar en los elegantes 90s donde el futuro del no-future ochentoso es reemplazado por el no futuro real de la futuridad maníaco obsesiva del neoliberalismo.

 

Patrizia Reggiani (una maravillosa Lady Gaga) usa su cuerpo como escudo y como arma pero su entrenamiento como guerrero para pelear a ese nivel, obviamente, deja que desear. Desde el momento que conoce a un traumado y dubitativo Maurizio, cada uno de sus movimientos son calculados pero insuficientes. Patrizia tiene la inteligencia suficiente para ver que tanto el bello Mauricio como su familia (los Gucci) están atrapados en lo que ese tipo de privilegio provoca entre los herederos en la segunda y tercera generación. Hay algo de Patrizia que sentí muy próximo si tenemos en cuenta de que, a lo largo de mi vida, fui, al menos, un par de veces seriamente considerado como ‘parte de la familia’ por este tipo de fortunas. Primero, por una familia de Fortuna top 100 de Forbes US y la otra por la versión distópica y desintegrada (y, ciertamente, definanciada) de esto. El privilegio del heredero de fortuna industrial hecha en una o dos generaciones lo impulsa a recibir un tipo de educacion que lo convence de que encarna un tipo de modernidad superior al tiempo que esa superioridad lo convence de no necesitar hacer mucho de lo que la modernidad exigiría para poder ocurrir porque creen que el mundo les debe algo. Esta idea de que el mundo les debe algo viene de la educacion de escuelas de elite no meritocráticas (por ejemplo: el Northlands en la Argentina). Si esto va a acompañado por un tipo de relación de diferenciación con el traumante padre fundador del imperio, al que se ve como menos sofisticado o no a la altura de su adquirida sofisticación, el combo puede ser fatal porque pasan a refugiarse en un absolutismo moral financiado por la herencia cuyo verdadero combustible es ese sentido profundo de superioridad que solo logran aislandose y deprimiendose porque la realidad, por más que te rodees de maridos que te repiten lo que querés escuchar, siempre acaba siendo la realidad. Este es el caso de Maurizio hasta que se cruza con Patrizia y se enamora. Sin embargo, uno rápido se da cuenta de que su amor no es tanto por ella sino por lo que ella le permite destrabar de sí mismo. Por esto, la relación está condenada desde un principio porque ella le recuerda lo que él, cuando logre hacer pie en su fortuna como un adulto, no va a querer recordar. No tardará mucho para que busque una mujer mas parecida a su verdadero amor y al de su padre, dicho sea de paso: su madre actriz alemana de la edad de oro del cine. El futuro como utopía nostálgica.

Por su parte, Patrizia representa al tipo de italiana que se desprecia en el Norte y esto nos lleva a una reflexión sobre Milán que está en el centro del proyecto de Scott. Para él, Milan se ve de dos modos. Desde la óptica del nuevo rico necesariamente vinculado con la mafia del sur para poder hacer que sus mercancías circulen (al mejor estilo Moyano). El filtro del lente es la empresa de camiones del padre de Patrizia que es administrado desde unos containers colocados debajo de las autopistas que unen la ciudad con el resto de Italia y acerca al pobre y al rico. En otras palabras: en Milán, lo único que realmente conecta es ese vinculo con el Sur que, desde ya, trae la amenaza del fin de su fantasía de pureza que uno puede observar en la Via Monte Napoleone donde las mejores marcas muestran lo mejor de una Italianidad supuestamente actualizada y digo, supuestamente, porque esto ocurre a traves de otro tipo de sinsentido que es el fetiche mercantil de la moda, algo en sí mismo evanescente. A eso me referiré más abajo.

El otro Milán que muestra Ridley Scott es ese simbolo de todo lo mejor que la humanidad tiene para ofrecer y que todos conocemos porque es el objetivo de Milán que sea esa visión la única conocida. Tengamos en cuenta que al día de hoy no hay una contracultura Milanesa que muestre convincentemente una alternativa a esto, lo que hace la intervención urbanística de Scott aún más interesante y ocurre entre tres tipos de espacios. Los primeros son aquellos lugares de socialidad como discotecas, cafés y restaurants; el segundo es el espacio publico en el que se camina y se entra y sale de la riqueza como la suntuosa y muy Romana, diría yo, escalinata de entrada del maravilloso duplex de Maurizio donde es asesinado como Julio Cesar en las escaleras del Senado Romano y la tercera es la maravillosa Villa Necchi como esencia del fetichista y museístico sin sentido de la marca Gucci.

Es interesante comparar lo que hizo Lucca Guadagnino en Io sono l’amore con Tilda Swindon con esa Villa con el modo en el que ese espacio se utiliza en House of Gucci. En Guadagigno la Villa Necchi es un acuerdo social entre el espectador y el director alrededor de lo emancipatorio del buen gusto como utopía. La Villa Necchi nos trae lo mejor del pasado para prometernos un mejor futuro, posiblemente, lejos de la Villa pero precisamente porque hubo alguien que supo hacer de ese entorno un nuevo marco psicologico en donde el gusto ya no es fetichista sino que se aplica a la capacidad de distribuir amor en la vida. Dicho de otro modo, mientras para Guadagnino, la Villa Necchi es un paraiso moralizado, para Scott es el purgatorio del Dante en tanto residencia del padre de Maurizio (interpretado por un cancerígeno Jeremy Irons) que vive encerrado en el pasado viendo peliculas de su difunta mujer y anhelando que la epoca dorada del cine donde Gucci era el calzado de las estrellas regrese. Las dos escenas en donde un zapato Gucci de serie limitada que esconde una hoja dorada debajo de la suela funciona como pasaporte para el financiamiento del modo en el que Tom Ford va a propeler la marca al futuro pero tambien marca el suicidio de la presencia de los Gucci en su empresa familiar, es magistral. Un objeto resume la decadencia de un paradigma estético.

Pero entre los 60s y los 80s hay un abismo que es administrado por Al Pacino, socio de Gucci quien transforma la marca en simplemente eso: merchandising. Presos entre la esterilidad del presente y la gloria de un pasado irrecuperable, Patrizia huele ese momento de cambio que va a hacer de Milan el epicentro de la explosion de la obsesion global por la moda pero a pesar de su determinación a ser la Margaret Thatcher de ese cambio, el desafío es demasiado grande para ella y no le da. Para eso, en lugar de rodearse de asesores que sepan; lo que es, virtualmente, imposible en un mundo tan timorato, elitista, poco meritocratico y hermético; Patrizia se acerca a una tarotista a la que conoce en una noche de debilidad de carbohidratos mirando esos canales de television Llame Ya!. Qué puede salir mal? Bueno, todo.

Lo interesante del enfoque de Scott fue el género elegido para contar un momento tan complejo de la cultura contemporanea reciente y para hacerlo elige al melodrama o, mejor dicho, la ‘cine’-novela. La diferencia entre la tragedia y el melodrama es que aquella demanda personajes elevados (casi siempre masculinos o masculinizados) que toman decisiones e intervienen en acciones que cambian el destino no solo de ellos sino de grupos sociales enteros asociados a ellos. El melodrama no es alto sino bajo y tiene, casi siempre, como protagonista a una mujer insegura. Es como si el melodrama fuera la proyección de la misoginia masculina como visión femenina. Por eso, los personajes son debiles, incoherentes y traumados y es precisamente esto lo que los hace, en algun momento, queribles y en otro momento no. Ese cambio de afecto a desafecto es la clave del exito de esta pelicula porque Patrizia (Lady Gaga) logra transformar el ser insoportable todo el tiempo en algo, al final, al menos, parcialmente empático. Sin acabar nunca de ser verdaderamente linda, ni inteligente, ni elegante; uno termina preguntandose qué mierda le vió Maurizio. Pero recordemos que a Maurizio lo encuentra escondiendose detrás de una barra usando cada oportunidad para aislarse y refugiarse de la vida. Despues de esa barra en la fiesta, el refugio pasarán a ser los libros de abogado, su relacion con ella, su pelea con su padre, su lugar en la empresa familiar, etc…. Todas estas son oportunidades para aislarse para asegurarse de que la ficción de que el mundo le debe algo, al final, sea sostenida. El acusa a su padre precisamente de aquello que constituirá el argumento principal que usarán sus socios capitalistas árabes para sacárselo de encima. Por más que no lo quiera aceptar, él es su padre. Por eso cuando, a mitad de camino, logra apenas hacer pie y ante el primer percance real en la vida, tiene que elegir a su primera víctima, esta será la persona que le permitió salir, al menos, por unos momentos de su aislamiento: Patrizia. Esa es la naturaleza trágica del heredero y esa es la naturaleza de la que Maurizio Gucci no puede escapar y que acaba melodramáticamente con su vida. La música es un capitulo aparte con Blondie, Annie Lennox, Sly and the Family Stone, Ed Sheehan y Lady Gaga, herself. La música amerita un post en sí mismo.

 

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA ES CON JORGE PORCEL JR.