“West Side Story” es un momento interesante de la cultura popular ya que es, por un lado, uno de los momentos culminantes del modernismo de la alta cultura a traves de Bernstein y Sondheim y, al mismo tiempo, reformula el concepto de cultura como producto de masas. Estrenada en Broadway en 1957 mientras Pollock pintaba sus monumentales cuadros a algunos kilometros de allí, fue llevada al cine cuatro años más tarde. Es realmente difícil evaluar la importancia de West Side Story. Por lo pronto, marcó el tono de Cool Britania al influir el ojo compositivo del pionero fotógrafo Don McCullin quien en su The Gov’nors de 1958 retrata a una banda de gangsters del East End de Londres con la estética de West Side Story. Lo cierto es que West Side Story es una verdadera opera de la post-guerra cuya ambición temática no tiene precedentes. Por lo antedicho, cuando Spielberg se dispone a hacer una remake hay que tomárselo muy pero muy en serio.

Desde ya, la historia es nada nuevo bajo el sol al estar basada en ‘Romeo y Julieta’ de Shakespear cuya narrativa es adaptaba al contexto de delincuencia juvenil e intolerancia racial de la NY de posguerra. Sondheim, quien murió a los 91 hace un mes y a quien despidieramos con bombos y platillos en este blog, escribió la letra y nunca se sintió particularmente orgulloso de ese trabajo. No se lo puede culpar ya que por su propia temática, West Side Story ha sido objeto de todo tipo de críticas, en especial, la de su imprecisión sociológica y falta de sensibilidad cultural. Dicho de otro modo, el maniqueismo de blancos y negros de Shakespeare en la Verona de los Montescos y Capuletos no puede ser linealmente traducida al Manhattan de mediados de siglo.

Pero los musicales de Broadway no suponen ser precisos ni mucho menos academicos. En tanto género, el musical ha sido, a lo largo del tiempo, una ensalada de ambición de trascender comercialmente y estéticamente lo que a veces no logra articularse eficazmente. Sin embargo, esta versión de Spielberg con excelente guión de Tony Kushner hace algo interesante aunque las actuaciones no sean uniformemente consistentes. El romanticismo de la historia, de a momentos, no logra insertarse en lo lumpen de su entorno. La cámara salta de la teatralidad edulcorada de los interiores a un realismo en las calles que, en ocasiones, parece bipolar. En otras palabras, las costuras se notan. Lo bueno del caso es que en ‘West Side Story’, es precisament eso lo que tiene que notarse.

Si hay que felicitar a Spielberg y Kushner por algo es por no intentar rediseñar la obra ni tampoco por homenajearla como si fuera una pieza arqueológica. El logro es no caer en la tentación de transformar la obra ni en lo uno ni en lo otro y eso nos permite meternos en la misma sin filtros ni egos creativos que nos distraigan. En la película de 1961 dirigida por Robert Wise y Robbins, el West Side ya había sido demolido mientras que en la versión de Spielberg, 1957 muestra el área en proceso de demolición. Un momento hace la diferencia y es el zooming zenithal del cartel del ‘render’ del Lincoln Center que va a ser construido en el lugar en el que originalmente estaban emplazadas las ‘villas miserias’ de los Puertorriqueños y en menor medida, de los Irlandeses. Esto ata a la película a la cuestión de la gentrificación y la urbanización en nombre de las industrias creativas lo que, en sí mismo, es un proceso urbanístico muy neoliberal. Al mismo tiempo, plantea, sin pelos en la lengua, los costos sociales y por qué no, culturales, de la alta cultura. Spielberg y Kushner se ocupan de situar históricamente la obra y esto le da una densidad inédita.

Como decía antes, la simetría de Shakespeare en el antagonismo de su Acto III en el que Mercutio dice pide que una plaga sea echada sobre ambas familias se traduce en ‘West Side Story’ como forzada. Una abstracción como la Renacentista es de difícil aplicación al caso Norteamericano. Los Jets y los Sharks son dos gangs de adolescentes, uno blanco y el otro Puerto Riqueño que no terminan de espejarse. Mientras los primeros son marginales, los segundos son más maduros y tienen recursos con los que los primeros no podrían soñar. Es una pelea entre apocalípticos e integrados que de entrada será ganada por los primeros si la cuestión fuera apostar. El premio mayor es el control territorial de algunas cuadras en la 6o a la 65, West Side y para lograrlo se matan al punto del suicidio sin posibilidad de negociación.

Los Sharks son los jovenes de una clase latina trabajadora, inteligente y que está en camino de lograrlo. Provienen de la pobreza caribeña y saben bien lo que quieren. Su lider Bernardo (David Alvarez) es un boxeador. Su novia, Anita (Ariana DeBose) trabaja como costurera y su hermana menor, María (Rachel Zegler) limpia en una especie de Barney’s durante las noches. El Chino (Josh Andrés Rivera) es elegido por Anita y Bernardo para ser el consorte de María quien, no estando muy convencida, decide comenzar un affair con Tony, el galancito miembro del otro bando, interpretado por Ansel Elgort. Todos son individuos y participan de este esquema de peleas para mejorar su posición en una sociedad individualista.

Los Jets son diferentes y muy trágicos. Es como si funcionaran por inercia o, mejor dicho, activados por el trauma de padres alcoholicos irlandeses y madres adictas. Provienen ya no de a la vuelta de la esquina sino de los suburbios de Long Island y Queens y quieren avanzar sobre Manhattan. En este punto la historia es la de blancos desplazados que quieren hacerse, por medio de la violencia de lo que los Puerto Riqueños se están ganando con esfuerzo. Es aquí donde el film renueva las originales credenciales decoloniales de la obra original ya que no hay intento alguno de rebajar a los racialmente más oscuros sino todo lo contrario. Es más, como el oficial de policía Krupke (Brian D’Arcy James) cuenta, estos jovenes son el producto tanto de familias disfuncionales como de una sociedad que desentiende de los efectos del capitalismo y el arrollador avance urbano en la vida de los individuos. Y la combinacion de trauma familiar y falta de oportunidades (sociales) para los jovenes descendientes de irlandeses se proyecta en los Puerto Riqueños al no dejarles otra salida que pelear por lo que consiguieron con tanto esfuerzo. El vacío sentido de que ser blancos hace que la sociedad les deba algo se hacer carne en el nihilismo de Riff (Mike Faist), un patotero al que no le interesa ganar sino pelear. Como dice la canción: “Life can be bright in America/If you can fight in America.” Y esta resaca agresiva hace que nuestro presente conecte con ese final de la decada del 50 pero desde un lugar más genuinamente nihilista.

Si hay algo que me gustó especialmente es el modo naturalista en el que cantan estos clásicos de Broadway. Sin sincopar ni manierismos, Elgort y Zegler logran que las canciones más demandantes parezcan naturales. Sin embargo como Tony y Maria son un poco aburridos. Su evolución de enamoramiento a devoción total parecen demasiado naíf en medios de las fuerzas que se desatan a su alrededor. Esto hace que el eje de la narración vire de ellos a Bernardo y Anita y el que Alvarez, Faist y sobretodo, DeBose sean tan buenos actores y cantantes acaba definiendo el resultado de la verdadera contienda en la que los protagonistas reales quedan relegados. Cuando DeBose aparece, se traga todo y esta es una gran diferencia con Shakespeare donde todo lo que no es Romeo y Julieta no importa. En West Side Story, en su Romeo y Julieta todo comienza en lugar de terminar.

EL LANPODCAST DE ESTA SEMANA CUESTIONA LA DECISIÓN DE FRANCISCO LEMUS EN Ñ DE ATRIBUIRLE INICIATIVA (ARTÍSTICA?) A LA DECISIÓN DE UN ADICTO COMO JORGE GUMIER MAIER DE DEJARSE MORIR