En el año que pasó, una película pasó sin pena ni gloria, sin ser vista en los cines pero que, sin embargo, tuvo su momento de debate en este blog. Me refiero a The Last Duel de Ridley Scott. Creo que debe ser considerado como el evento cinemetográfico del año porque puso en cuestión, desde el epicentro del #MeToo tras las acusaciones y condenas contra Harvey Weinstein; la cuestion de la imágen como prueba documental (en este caso de una violación) y, más específicamente, la cuestión de la necesidad o no de mostrar una y otra vez la escena de una violación para probar que esta existió. Quién sale ganando cuando la cámara se posa en la cara de una mujer siendo violada? Es la palabra de una mujer prueba suficiente para denunciar tamaña atrocidad cuando el violador jamás deja prueba documental?

Esta película podría considerarse como el primer ejercicio en su tipo de la venganza feminista medieval. Esto es algo que le calza bastante bien a Scott a quien le gusta mostrar cómo los hombres poderosos ejercen su poder y cómo las mujeres no son frágiles y pasivas sino resistentes, pensantes y duras. La historia es la de un caballero, un cortesano y una dama en la Francia del siglo XIV y el guión fue escrito por Nicole Holofcener y dos figuras vinculadas al machirulismo como Matt Damon y Ben Affleck, quienes en su momento fueron protegidos de Weinstein. La historia invierte los términos habituales del romance Arturiano con sus códigos de caballería, virtudes masculinas y gestos de idealización femenina para poner el foco en lo mercenario y transaccional del mundo tanto de los hombres como las mujeres. Lo que queda claro es que a Scott le gusta el poder como algo relacional acumulable.

Matt Damon es Jean de Carrouges, un noble caído en desgracia que para poder mantener su castillo y status tiene que pelear para el rey. Dentro de su programa de supervivencia está el casamiento con Marguerite (Jodie Comer) quien, para decirlo en dos palabras, mejora su vida aportándole cierta modernidad. Su némesis es su anteriormente amigo Jacques Le Gris (Adam Driver en su pico sexy), un siútico que encuentra en el Conde Pierre (Ben Affleck) un amigo, aliado y benefactor que, dicho sea de paso, desprecia a Jean… por aburrido y porque este tuvo la osadía de iniciarle juicio una vez.

Lo interesante de esta película es que no incluye ninguno de los habituales elementos del género como lo son los dragones, la nobleza que obliga y el amor cortés. En lugar de eso, hay deudas, hipotecas, alianzas y orgías. Nadie, en este contexto, hace nada por amor al arte. Jean se casa con Marguerite para incrementar su fortuna y prestigio; Jacques se enriquece chupando las medias a Pierre y Marguerite es el vehículo de las negociaciones de su padre, Jean y Jacques. El momento en el que esto queda en evidencia es cuando Jean le ordena a Marguerite que bese en la boca a su amigo Jacques como gesto de acercamiento entre ellos dos. ¿Qué puede salir mal después de eso?

La imágen es azulada y helada durante toda la película; no dando respiro por lo claustrofobia. Los únicos respiro son los momentos de diálogo intimo, literalmente, a la luz de la vela o del fuego del hogar. Este es un mundo de relaciones homosociales en el que todos están permanentemente negociando su lugar. La historia es una historia real que ha sido recientemente revisada por Eric Jagher en su ‘The Last Duel: A True Story of Crime, Scandal and Trial by Combat’. El crimen en cuestión fue la violación en 1386 de la mujer de un noble por uno de rango menor. En su momento, su marido presentó el caso ante Carlos VI (Valois, también conocido como Carlos, ‘El Loco’ por sus habituales ataques de locura) y este tipo de casos solían resolverse por medio de un duelo que suponía representar la voluntad de Dios lo que, en la película, significa que si Jean pierde, su mujer será quemada viva. En la Edad Media, la violación no era considerada como un crimen contra la mujer sino contra el hombre del que la mujer era propiedad. Esto es algo que la película invierte al darle un lugar equivalente al de los hombres lo que terminar siendo una historia de: el dijo, ella dijo, el dijo.

La violación como tema tiene una larga tradicion tanto en cine como literatura. Para muestra basta un botón: pensemos en Viceversa de Gaspar Noé. Allí, la violación de Mónico Bellucci poco tiene que ver con ella como persona y con su dolor sino que transforma a su cuerpo en un espacio en el que la violencia se espectaculariza. Frente a esto, Scott le da a Marguerite el micrófono (casi literalmente) para que presente su punto de vista; el que, además, es subrayado bajo el rótulo de ‘The Truth’. A pesar de esto y del intento de Scott, Damon y Affleck de hacer de la pelicula un manifiesto feminista en tiempos del #MeToo; el personaje de Marguerite es opaco y no tiene la misma vida interior que sus contrapartes masculinas. El diálogo más jugoso es el que tiene lugar entre la madre de Jean y su nuera a la que acusa de vanidosa y de traer vergüenza a la familia haciendo pública la acusación. Ella confiesa haber sido violada de chica sin nunca haber dicho nada. Si algo queda claro es que el rol de la mujer en la aristocracia medieval no era muy diferente al de las mujeres en el campesinado: ambas eran propiedad de sus maridos y no suponían tener iniciativa. Pero, el diálogo entre madre y nuera no avanza en ninguna dirección. En realidad, todos los diálogos quedan desarticulados frente a la agresividad del entorno; con la sola excepción de la breve charla sobre literatura, en alemán y latin, entre Marguerite y Jacques. Si se quiere, este es el problema que al no desarrollar los diálogos acaba dejando a Marguerite, como personaje, en un lugar secundario.

Esto nos lleva a la cuestión del crimen sexual que es filmado con detenimiento y mostrado no una sino dos veces. El exceso en la mostración llama la atención por el modo en el que se ha construido evidencia históricamente entorno de este tipo de crímenes. Scott podría haber dejado esto a la imaginación del espectador lo que hubiera significado que a Marguerite no se le cree porque Scott crea una imagen del evento sino porque ella lo dice. En este sentido, la película, casi sin quererlo, pone sobre la mesa otra cuestión del #MeToo que tiene que ver con la validez legal de la declaración de la víctima como evidencia como estrategia de denuncia en el 2021.

 

 

HABEMUS NUEVO CAÑECHAT Y ES CON Oscar Contardo CON QUIEN CHARLAMOS SOBRE LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES DE CHILE, LA INFANCIA DE Pedro Lemebel, LA RAZÓN QUE TENÍA ROBERTO BOLAÑO AL DESCRIBIR A CHILE COMO UN ‘NOCTURNO’, ENTRE OTRAS COSAS

Y SI LO QUERÉS ESCUCHAR COMO PODCAST, ESTE ES EL LANPODCAST BORICIANO DE ESTA SEMANA

MI ‘HISTORIA A CONTRAPELO DEL ARTE ARGENTINO’ (PENGUIN/RANDOM HOUSE, 2021) EN UNO DE MIS LUGARES FAVORITOS: LA ESTANCIA DE ROCA EN ASCOCHINGA.

 

 

 

loveartnotpeople