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A post shared by Rodrigo Cañete (@rodrigocanete)

Como de costumbre, un cumpleaños amerita una reflexión. Pongamosle como título: los cincuentas y el fin de su crisis cuando el tiempo se reconoce como elástico. Hace diez años, los cuarenta me encontraban en mi departamento de Londres con quienes suponían ser ‘la élite’. Digo suponía porque Inglaterra me permitió el espacio que requiere cierta proclama de excelencia para darme cuenta de que ahí, lo que se dice ahí, los mejores no estaban. Es de público conocimiento que esos momentos estuvieron inyectados por complementos de todo tipo pero, en particular, de un tipo. Esas inyecciones que pongo en tiempo pasado pero no debería, anestesiaban esa culpa con la que fui programado. Sin embargo, contra lo que el psicoanálisis suele suponer, eso no fue sólo obra de la soberanía del yo y Ella sino del trauma que me atravesó culturalmente por elegir amar al género que elegí amar.

Amar? Ojalá! Todo sería tanto más fácil. Para mis cuarentas, recuerdo vagamente haber contratado dos mozos para servir a los invitados y una torta confeccionada por la más top diseñadora de tortas de Little Venice. Una joya que me negé a cortar. Recuerdo que llegó mi entonces pareja y lo ví manchado de sangre de la cabeza a los pies en un mar de ropa de  diseñadores que parecían no enterarse. Yo pensé que simulaban pero la película era mía y se llamaba psicósis. Mis cuarenta comenzaron esquizoides y terminaron algo así tambien. Pero los cuarentas fueron los años en los que el reconocimiento de la vulnerabilidad llevaron a cierta madurez emocional y la busqueda de esa autonomía que permite ver la soledad inherente a todo ser humano desde un lugar mucho más productivo que la victimización narcisista constante. Hace una semana cuando ese ya muy conocido solipsismo hizo que me olvidara del cumpleaños número cincuenta de mi mejor amiga, me permití llorar frente a ella y sé que, con a pesar de su increíble incondicionalidad, con ella me quedan pocas vidas. Mis cincuentas me encontrarán honrando ese amor. En mi cuerpo y en mi mente, estos últimos diez años se sintieron como, por lo menos, quince.

Si el tema es el tiempo, un cumpleaños coloca la neurosis en foco hacia el futuro.  El otro día un muy salame profesor emerito alemán se quejaba de que la cultura actual es demasiado  pesimista sin tener en cuenta la cantidad de parientes muertos en la sala en a que estos lamentos eran emitidos. Cierto sadismo germánico le impedía ver que, por ejemplo, en mi caso, el COVID llegó no para traer un respirador ni una gripe sino para desarreglar los fundamentos defensivos construidos durante años para contrarrestar mi mal. El modo en el que impactó en gente sola como yo hizo que muchos ahora esten en relaciones abiertas. El miedo a no llegar a fin de mes pero tambien a otro lockdown. Si vamos a los aspectos mas profundos del contacto humano, aquellos que usamos el sexo y en particular, el sexo con especies como modo bulímico de conexión, nos encontramos, de pronto, sin protección alguna más allá de nuestra voluntad que como sabemos tiene poco de soberana. Esa autonomía que era antes sostenida por estúpidos fundamentalismos que prometen un futuro calvinista y productivo, de golpe se transformaron en un modo cruel de optimismo. Fue ahí cuando varios ‘amigos’ y ‘ex’ mostraron su cinismo y como siempre, estan aquellos que necesitan la ficción de la debilidad ajena para afirmar su endeble subjevidad y aquellos otros que convierten la amistad en un protocolo de seguridad de un avión en el que se indican las salidas de seguridad sin (casi) nunca tener que utilizarlas. Estos diez años fueron la década que intenté tener sexo normal y no pude. No puedo.

Los cincuenta traen la promesa de contados disparos de un cuerpo ‘hermoso’ ya degradado en una cultura tanto queer como hetero que privilegian animalísticamente la juventud por sobre la sabiduría. En la noche de Copenhagen, un joven treintañero que pretendía hacer algo conmigo, comenzó su acercamiento presentando sus credenciales gays como copia de la vida heterosexual (bajo un nuevo tipo de Pride, el de casarse)  para afirmar que su marido (que estaba ‘esperandolo’ en la casa) consideraba que tras los cuarenta ya no tiene sentido salir. Ojalá  mi lado paraguayo se disuelva un poco en aguas más nórdicas para entrar más casto y menos expuesto a mi quinto decenio. Un futuro asexuado? Dificilmente…. lo que implica que las nubes seguirán juntandose cuando en medio del acto, el aburrimiento pida un acelere. No obstante esto, la diferencia entre este piloto a los cuarenta y a los cincuenta es que ahora tiene mejores instrumentos de navegación. La tormenta se disipó momentaneamente y cuando llegue, al menos, hay un manual de instrucciones en mandarín.

La década pasada fue tambien la década del blog. Hoy, caminaba con Carola por el Regent’s Park Sueco sobre el que vive y en cada estadio del circuito, hablabamos de las regeneraciones que uno experimenta o, mejor dicho, activa en la vida. Esas revoluciones metamorficas cuando uno decide no sucumbir al demonio de la estabilidad, el retiro voluntario y las plantas permanentes. El blog me redefinió como un factor contracultural con las contradicciones de un ser humano que publica en un medio en el que el cada día significas algo. Un género literario nuevo y Menipeo que coloca a la novela en el plano de la unicidad y que deconstruye el yo y el presente en tiempo real como si este existiera. Loveartnotpeople ha sido y es un fenomeno cultural que no solo me reseteó sino a muchos de Ustedes. La carne viva, el amor perdido, la culpa materna y, a veces, el resentimiento infantil fueron las piezas de un Lego análogo al de la novela pero sin su ambición. Una de mis mejores amigas, bestelling author en Inglaterra, me recomendó cerrarlo para usar ese tiempo para escribir mi novela. Puede que ya su tiempo haya pasado, no lo sé. Tras una década de loveartnotpeople y una cancelación panamericana, este blog me encuentro con…… absolutely no regrets.

Pero una cosa tengo clara. Mi deseo ya no está en el mundo del arte argentino. Sendros, Benzacar y Chaile son pretérito perfecto. Hablan el lenguaje normalizado de lo que supone ser futuro y la normalización hace que sean fetiches retro que nadie en su sano juicio debería consumir. No creo equivocarme al decir que el mundo del arte argentino y de la historia del arte argentina probaron no estar a la altura de las circunstancias y para mí es el final de un capítulo que coincidió con la cancelación como regeneración. Fue el momento del reconocimiento multiple: como académico con algo para decir y como activista decolonial que se atreve a ver a la manipulacion de las politicas de identidad por exactamente lo que son…. una patética y retrograda (muchas veces fachista) transformacion de lo más rancio del integralismo católico en un disfraz de transexual. Esa nota de Liliana Viola en donde me acusa (sin prestar atencion a mi condicion de HIV positivo ni a mis intervenciones publicas en el blog, mi libro y mis clases) de apropiarme de luchas ajenas porque no la tranquilizo bajo una pátina de marrón marginalidad. Si algo el mundo de la cultura argentina no permite es que el morocho tenga una voz disidente y lo haga con la dignidad de una infraestructura bien ganada y saco de cashmere.

Mi cumpleaños encontró su punto perspectival con la canción de cumpleaños por parte de Daniella, Maximo, Mateo y Carola. Los hijos de mis amigas son espejos a lo que ellas son y de alguna manera, he trasladado esa confianza en lo que veo en ellos a lo que ellas pueden hacer por mí. Eso es lo energético de la amistad en tanto proyección fantasmatica de lo mejor de uno en el tiempo. La amistad y el futuro construido a partir de espejos en los que lo humano puede verse, precisamente, como humano. Pero qué es lo humano? El espiritu (como espejo) y la muerte (como abismo): dos caras de una misma moneda. Mis amigos y mis lectores me dan lo primero y lo hacen en un contexto de optimismo tanto orgánico como ensayado. La oscuridad, en cambio, está siempre a la vuelta de la esquina y viene de la mano de los momentos en los que la conexión es una medida desesperada.

La crisis de los cincuenta son el reconocimiento de esa decadencia fisica y sexual como posibildad futura; tambien la económica y la afectiva. El reconocimiento de la inversión de parte de la pensión en una libertad y un sentido de la propia excelencia que mi ex amigo José proclamó envidiar. Primero, la calificó como mi ‘autonomía’ y luego, en su propia desesperación, la consideró mero solipsismo. Yo en cambio me enorgullesco de esos amigos que saben regenerarse y que no cierran filas con la futuridad biologica en la que aquella desperacion se disfraza de ‘amor’. El amor como acciones y gestos y no como grandes manifiestos y proclamas. La vulnerabilidad y el reconocimiento de los propios vicios y la imposibildad de saber demasiado. La chispa en mis alumnos al momento de la ‘revelación pagana’. Cuando una idea sube de calidad y esto ocurre de la interacción con la real generosidad del que enseña que, desde ya, no siempre o menos dicho, casi nunca, es el profesor. Esos son los cincuenta.

LA NUEVA TEMPORADA DE LA PASTELA COMIENZA CON LA FOTOGRAFIA DE LA MEMORIA AFECTIVA DE ROMINA RESSIA

HABEMUS NUEVO CAÑECHAT Y ES CON Oscar Contardo CON QUIEN CHARLAMOS SOBRE LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES DE CHILE, LA INFANCIA DE Pedro Lemebel, LA RAZÓN QUE TENÍA ROBERTO BOLAÑO AL DESCRIBIR A CHILE COMO UN ‘NOCTURNO’, ENTRE OTRAS COSAS

Y SI LO QUERÉS ESCUCHAR COMO PODCAST, ESTE ES EL LANPODCAST BORICIANO DE ESTA SEMANA

MI ‘HISTORIA A CONTRAPELO DEL ARTE ARGENTINO’ (PENGUIN/RANDOM HOUSE, 2021) EN MANOS DE MI SOBRINA DILECTA, FLOR UCHIUMI EN EL GLORIOSO ATENEO