Estos días hubo escándalo entre ese grupo de presión para maximizar su acceso a las prebendas del Estado que es ‘Nosotras Proponemos’ y un organismo a la deriva sin criterio artístico y puesto al servicio de una noción del arte definida a través de lo ético y, en el caso Kirchnerista, los derechos humanos que el retrógrado arte argentino no se anima a abordar y redefinir. Lo sorprendente del lío que se armó entorno del no pago de los fees del tarifario estipulado por el mencionado grupo de presión sectorial por parte del Fondo ocurre en ocasión de la organización de una muestra en homenaje a las Abuelas de Plaza de Mayo. En principio, lo que el conflicto denota es que la creatividad de estos grupos es más efectiva en el reclamo de la parcela estatal que en el reflexionar sobre el lugar y también el daño que la adscripción irreflexiva y acrítica a cierta idea de los derechos humanos ha tenido para otros grupos dañados. 

En la Argentina, existe un vértice en el que varias fuerzas (de diferentes tinte ideológico) pero similar contradicción originadas en su privilegio de clase y raza convergen y es el concepto de ‘trabajadora del arte’ que conlleva un reclamo de contraprestación monetaria por participar en cualquier muestra de arte al ser elegidas por un curador.  En mi opinión, esto no solo muestra lo retrógrado del feminismo artístico corporativo en la Argentina sino también su evidente elitismo. Si no me equivoco el concepto de ‘trabajadora del arte’  es un concepto que surge de ‘Nosotras Proponemos’, la agrupación que emerge a la sombra del mucho más reflexivo e influyente NiUnaMenos. Como sabemos, la diferencia entre este último y su par del Norte, el MeToo es que en el caso Argentino los reclamos no se limitaron a reclamar por la igualdad de la mujer, por ejemplo, en el salario sino que va más a fondo y se alinea con antecedentes fundamentales como Occupy Wall Street donde lo que se pone en cuestión es el sistema capitalista per ser. Desde este punto de vista, “Nosotras Proponemos’ está más alineados a los reclamos sectoriales de MeToo pero al estar casi exclusivamente vinculada con el Estado, debe ser considerado como un grupo de presión sectorial o una suerte de sindicato avant la lettre que usa la política de identidad como fachada pero poco tiene que ver con el espíritu queer de NiUnaMenos. En principio, el concepto de ‘trabajador’ está históricamente enemistado con las reivindicaciones de otras sexualidades ya que aquel es considerado por el socialismo (o el peronismo llegado el caso) como una categoría híbrida unificante con una responsabilidad histórica inmediata (lograr la patria peronista o la república socialista) cuyo logro es, de acuerdo a esta visión, lo verdaderamente relevante. En ese contexto, la preferencia sexual es presentada como una banalidad. Como decía Lemebel, las palabras son fundamentales para incluir y para excluir, inclusive cuando vienen de la mano de una supuesta inclusión feminista blanca. 

El concepto de ‘trabajador del arte’ es, y esto no sorprende,  producto de la elite femenina blanca de Capital Federal. Al concepto lo leí por primera vez en la ultima parte del libro sobre el arte feminista latinoamericano de la historiadora del arte feminista e identitaria Andrea Giunta quien en el ultimo capítulo o sección pasa del análisis académico a un tono entre militante y periodistico para afirmar, sin preocuparse en justificación academica alguna, que el artista es un trabajador de la cultura. En ese caso en particular, el modo en el que Giunta lo justifica es a partir de su rechazo de la noción de calidad como un ideologema usado por el patriarcado para excluir a las mujeres del mundo del arte. Al hacer esto, Giunta saca fuera de contexto una idea surgida en los orígenes del arte relacionado con el feminismo de la segunda ola, en especial, el arte que se desarrolla en las experimentaciones que tienen lugar a fines de los 60s en la Costa Oeste de los Estados Unidos. Sin embargo, la razón de ser de la concepción negativa del concepto de calidad artística, está vinculado a la imposibilidad de las mujeres de acceder a la educación artística en la década del 50 en los Estados Unidos. De entonces a hoy, el que diga que una mujer no puede acceder a la educación artística en un país como la Argentina está equivocado. Es más prácticamente todas las instituciones y accesos al arte están controlados por mujeres. Esto hace que al canonizar a la falta calidad como modo políticamente correcto de hacer arte, lo que se acaba haciendo es una suerte de arqueología del feminismo artístico de la segunda ola como dogma de fe. Dicho de otro modo, lo que Giunta considera como un instrumento de acción política, en realidad, es un elemento retrógrado que coloca a las mujeres artistas frente a un tipo de problemática que, en honor a la verdad, no es la suya, si de daño en tanto minoría estamos hablando. Pero detrás de todo esto está la política cultural kirchnerista de reparto de una torta entre un grupo de ‘trabajadores culturales’ afines que parece bastante más próximo a la discusión que se está teniendo en torno de la gestión del Fondo Nacional de las Artes que pertenece al Massismo, es decir, a un peronismo adverso a ese tipo de reparto. Lo que parece ser innovador es en realidad la actualización de las viejas prácticas clientelistas pero bajo una pátina de política de identidad. En este sentido, tanto Nosotras Proponemos como los reclamos de otras organizaciones afines son análogos al modo en el que la politica cultural post-kirchnerista se ha venido definiendo.

Consulte a la querida Diana Dowek sobre el tema de los trabajadores de la cultura y su respuesta fue contradictoria. Por un lado, me dice que apoya y que siempre apoyó la idea de que los artistas sean considerados como trabajadores del arte y está de acuerdo con el tarifario, según el cual, las instituciones (en su mayoría estatales) deben pagar un fee a los artistas elegidos por los curadores. Digo que la respuesta de Diana es sinuosa porque, al mismo tiempo, ella reconoce su privilegio y dice que el Fondo Nacional de las Artes que es objeto de las criticas por no haber pagado ese fee a los artista participantes en la muestra en homenaje a las Abuelas de Plaza de Mayo, ha sido demasiado bueno con ella por lo que no corresponde que exija retribución alguna. Sin embargo, de ser así, esto plantea una jerarquía entre ‘agradecidas/beneficiadas’ y ‘combativas/tarifarias’ que nos devuelve al concepto de calidad ya que esta división responde a ese criterio. Dowek así, y sin sospecharlo, desarma el concepto de ‘trabajador cultural basado en la falta de calidad  como ideologema patriarcal’ al afirmar que como la calidad de ella fue sostenidamente reconocida, puede darse el lujo de no reclamar y trabajar ad honorem. Este tipo de circularidad caracteriza los principales conceptos de la política cultural y el arte hoy, en la Argentina lo que denota un profundo cinismo o falta de pensamiento lógico y conocimiento de las implicancias de sus decisiones no necesariamente de Dowek sino de las autoridades culturales y los referentes del activismo sectorial. 

La pregunta que surge es qué se necesita tener para se considerado como un trabajador de la cultura o del arte. En la Sevilla del siglo XVII había que pasar un examen. En la Argentina, no. Con sólo considerarse un artista y dado que el criterio de selección ‘feminista’ no se hace de acuerdo a principios de calidad, el criterio termina siendo de pertenencia, identidad y elite. Dicho de otro modo, para ser un trabajador del arte uno tiene que tener vagina y ser reconocido por alguien con autoridad (curador, por ejemplo) como artista. Aquí hay algo análogo al  construccionismo postulado por la ley de identidad de género según la cual, si me levanto mañana y decido ser mujer, en la Argentina, puedo serlo con aval estatal mediante un nuevo documento nacional de identidad. El problema con este tipo de reclamo identitario es que se basa en la decisión como motor y no en la necesidad que resulta del daño de esa minoría. Es más una cuestión de elección como si el genero fuera un elemento más en el mercado y no una pulsión que conlleva trauma.  Un artista no es artista porque quiere sino porque no le queda otra ya que su cuerpo y sus celulas se lo piden. Algo así debería pasar con el cambio de sexo. Sin embargo en la Argentina, esto es algo transformado en pura elección. 

Pero hay un aspecto de la respuesta de Diana Dowek que me dejó pensando ya que ella justifica su decisión de no cobrar lo que le correspondería por tarifario a que ‘yo soy defensora de los derechos humanos’ y esta relación entre los derechos humanos en la Argentina y la muestra sobre las abuelas de Plaza de Mayo como erogación pública en nombre del arte al más alto nivel si tenemos en cuenta la intermediación del Fondo Nacional de las Artes que merece el tipo de reflexión que parece no lograr tener entre sus referentes que reaccionan como autómatas a conceptos como derechos humanos, trabajador o patria peronista. Desde la Historia Oficial de Luis Puenzo, el homenaje a las abuelas ha sido una constante en la representación de los derechos humanos en la Argentina. Sin embargo, el vínculo entre las reivindicaciones de minorias sexuales, el movimiento de los derechos humanos y la noción de trabajador de la cultura plantea un escenario mucho más complejo que el aparente y a eso quiero referirme. 

Historicamente, el movimiento de los derechos humanos ha sido adverso por no decir adversario de las reivindicaciones de las minorías sexuales. Sin ir mas lejos, Hebe de Bonafini, ejemplo extremo de lo que estoy planteando, en varias ocasiones, manifestó su desagrado con cualquier tipo de acercamiento entre el movimiento homosexual, al que ve como banal y las Madres. Sin ir a tal extremo y para acercarnos al tema de las Abuelas, lo que estas agrupaciones de madres y abuelas generaron ha sido una jerarquía entre los que tienen o no el derecho a constituirse como victima de lo ocurrido en la Argentina durante la dictadura. Es más, si uno milita en HIJOS o Abuelas, la autoridad es la del que tiene vinculo de sangre con el desaparecido. Esto establece, en sentido inverso y a traves de la muerte un criterio no solo biologicista (en un modo analogo al de la nobleza) sino tambien profundamente patriarcal ya que el modelo que se consagra como victima de la dictadura es el de la familia heterosexual con hijos y nietos; sin manifestar la necesidad de establecer alianzas con otros grupos dañados. Hay en ellas un intento de monopolio de la cuestión y el Estado Kirchnerista reconoció eso como un derecho. Sin embargo, esto se complica con el Albertismo supuestamente queer ya que, los homosexuales y las mujeres fueron particularmente perseguidos durante la Dictadura. Es como si un queer, en el esquema del gobierno identitario kirchnerista no tuviera derecho a reclamar o hacer el luto del daño sufrido no solo durante la Dictadura sino hasta 1998, año en el cual se derogan los edictos policiales que permitían detener a alguien sospechado de gay y llevarlo a la comisaría. 

Con esto quiero decir que tal vez sea responsabilidad del verdadero arte, el de poner en cuestión algo que nadie hasta ahora se ha atrevido ya que ha sido usado una y otra vez como una fuente irreflexiva de autoridad. El patriarcalismo biologicista de las Abuelas de Plaza de Mayo debe ser reconocido tanto como su labor en favor de la recuperación de la identidad de ciertas personas adoptadas de padres desaparecidos. Sin embargo, ha llegado la hora de ampliar el rango de lo que se entiende por organismos de derechos humanos en la Argentina.  por su labor pero que no pueden seguir siendo el modo excluyente de los derechos humanos, al menos, en lo que respecta a los modos de representacion artistica. Lo complejo del caso es que la noción de ‘trabajadoras del arte’ en lugar de acercar al movimiento feminista a otras minorías dañadas, las aisla. De sus reivindicaciones, indígenas y homosexuales quedan erradicados de la noción de derechos humanos para solo incluir a aquellos con identidad mayoritaria: blancas privilegiadas, subvencionadas por el Estado y de clase media. Lo que une a Estela Carloto y Andrea Giunta es el privilegio de raza, de clase, de acceso a los recursos del Estado y la exclusión de toda reivindicación por el daño sufrido a aquellos que están fuera de ese circulo áulico que no quiere soltar su privilegio.

LA PRIMERA PASTELA DE UNA NUEVA ETAPA EN LA QUE ME PREGUNTO DONDE ESTÁ EL ARTE HOY EN LA ARGENTINA