Más allá de las crípticas lecturas que llegaron de la mano de Foucault, Las Meninas de Velazquez no son sino  la representación in absentia de una esencia política y una identidad nacional que emergen en el momento preciso en el que las condiciones de posibilidad las amenazan de muerte frente al paradójico endeudamiento externo de guerras innecesarias y revueltas catalanas y vascas demasiado cercanas al corazón del imperio. Felipe IV no le escapó a esta realidad y se rodeó del maestro sevillano y de Gongora para dar cuentas de sus imposibilidades y dar una última clase magistral del modo en el que el poder absoluto, por humano, contiene las semillas de su propia destrucción. A pesar de nuestra obsesión post-Romántica por la idea de autoría y la de la originalidad del ‘genio’, lo único que importa en ese cuadro es ese punto de fuga que ni siquiera llega a serlo en donde el reflejo y resplandor del soberano y su reina se proyectan como algo esencial pero difícilmente identificable. El rey se hace pintar, literalmente, como lo más pequeño del cuadro. La identidad, estabilizante por definición es indicada a través de su opuesto, el vacío. La política cultural de la corte de Felipe IV nos dio asi las manifestaciones de introspección humana más profundas de la historia del arte occidental. En cierto modo, la españa del siglo XVII seguía las políticas culturales de la Roma Imperial que, aún en la cresta de su casi imbatible poder, se negó a imponer sus creencias a los pueblos conquistados. En el otro extremo del arco humano, tenemos a las políticas culturales de Alberto y Cristina snobbeandose con argumentos de cafe de Puan.

La carta de los intelectuales cristinistas me recuerda mi paso por Maragogipe durante mi relación con Rogerio, el Bahiano; quien es el producto de aquellos progresistas programas de educación universitaria eficazmente implementados como parche por Lula en las zonas mas pobres de Brasil, donde no hay ni producción ni fuentes de trabajo que garanticen futuro para ingenieros por lo que todo el peso del aparato educativo se pone al servicio de la creación de una primera generación de graduados en humanidades que solo podrán ser contratados a tiempo parcial como maestros por el municipio, manteniéndolos en estado de formación y debate permanente durante, prácticamente, el resto de sus vidas. El efecto del manejo de esos aparatos conceptuales en Maragogipe es tan circular que la relación entre lo que se dice y lo que ocurre es enorme y solo puede ser calificada como hiper-manierista. Desde el discurso, un colega no hace su tarea ‘correctamente’ sino que es ‘el orgullo mas grande que tuvo la comunidad que ve en ese hijo pródigo la concresion de sus sueños’. El lenguaje sufre de la mano de la falta de oportunidades y es como si la corte de Versalles se trasladara a uno de los lugares mas pobres de Brasil. Ese vaciamiento hizo que yo dejase de interactuar por la falta de un lenguaje común que solo puede ser caracterizado como sicofantico. Los programas de educación pública progresista se proponen sacarlos del estado de analfabetismo y de falta de oportunidades pero terminan transformándolos en clientes zombies de un poder descentralizado que no les das acceso real al siguiente paso que es el de mayor educación o mejor trabajo. Realmente no me queda claro si lo de ellos es un avance o la ilusión de ese avance. El programa del progresismo latinoamericano.

El peronismo ha sido de manera similar un maestro en la generación bulimica de términos y palabras vaciadas de contenido. Habiendo pasado ya casi un siglo, perturba su traumática necesidad de reafirmar la identidad en todo momento y a cada paso. No me puedo olvidar de Florencia Alvarez Traviesa, una vieja amiga que quedó en el camino y que, con motivo de la asunción de uno de los miembros de su agrupación como diputado en el Congreso, gritaba la marcha peronista al punto de la deformación de su rostro con alaridos de desesperación propios de alguien advirtiendo que Urano esta a punto de colisionar con la tierra. Eso encuadra mas dentro de las reacciones del fanatismo religioso que, en todo caso, exige un tipo de circunspección de la que el Peronismo carece. La necesidad de afirmación de la liturgia peronista en el texto de los ‘intelectuales’ cristinistas apunta a una sola crisis que es la de ellos mismos en tanto esencia.

El debate entre Albertistas y Cristinistas es el de, por una parte, aquellos que demandan moderación (para poder negociar y cumplir con los deberes del endeudamiento internacional) y opacidad (para no tener que dar cuentas y mientras tanto financiar un aparato político que pueda desafiar a ‘la jefa’) y, por la otra, aquellos que, en cambio, pretenden un estado de debate permanente y de transparencia total donde impere la ‘explicitación de los posicionamientos’ (sic) tout court, a toda hora. La traducción de esto en criollo es: ‘creemos que te estas cortando solo y no nos consultas lo mucho que nosotros querriamos que nos consultes antes de cada decisión, por lo que queremos colocarte en una pecera para monitorear todos tus movimientos’. Esto no es democracia sino autoritarismo pero puertas adentro. Esta discusión supuestamente intelectual ocurre entorno de un concepto muy peronista, por lo inseguro, que es el de la ‘unidad del pueblo’ que no es otra cosa que la metamorfosis de un proyecto de racialización de la argentina mediante la creación de un híbrido llamado ‘cabecita negra’ que emerge históricamente como el opuesto dialéctico de otro hibrido llamado ‘criollo blanco’, lejos más peligroso y homogéneo que el primero. Lo interesante del caso es que mientras Bolivia y Brasil han dado presidentes que han venido desde abajo y en Chile hubo incluso un gobierno socialista elegido democráticamente; en la Argentina, en cambio, la clase media blanca y criolla sigue controlando radicalmente el poder para construir bajo la promesa de una unidad aparente un sistema político cuyo debate se ajusta a las necesidades de ciertos sectores que conservan sus prerrogativas cleptocráticas mediante un complejo sistema de concesiones a los capitales extractivos del Norte Global. Lejos de una excepción, esta es la condición para la supervivencia de cualquier gobierno argentino y ha sido llevado adelante como programa de gobierno por los Kirchner y por Macri, en similar medida; asi como ahora, Alberto reclama opacidad para poder hacer su aporte.

El problema entonces no ocurre, como dicen los intelectuales y representantes de la cultura entre dos modelos sino hacia adentro de uno solo y la diferencia no es más que cosmética. Desde es punto de vista la política acaba siendo un proceso de estetizacion de una máscara que esconde en el nombre de la política su exacto opuesto. Es por esto que el texto Cristinista se apoya en conceptos tan genéricos como ‘políticas’’ entendido como unidades de trabajo para los intelectuales en cuestión o programas de gobierno o iniciativas verticales generadas en estado de asamblea permanente que permiten la flotación del significante como alternativa a la opacidad corrupta Albertista. Por eso para los Cristinistas, ‘la palabra unidad flota en el vacío autosuficiente, como si no hubiera sido consecuencia de acuerdos entre diversos sectores políticos’. Pero estos diversos sectores políticos convierten a la Argentina en una interna peronista de la que nuevamente quedan excluidos aquellos que el destino o la inteligencia hizo que fueran diferentes. Lo perverso del oficialismo es que hace esto… en nombre de la diferencia.

 

Si vamos al trasfondo teórico del lenguaje de las cartas, este no puede ser definido mas que como explícitamente Hegeliano y al decir de los Albertistas; ‘la unidad se debe mantener para construir la transformación material progresiva sobre la cual se despliegue el dia a dia de los trabajadores y trabajadoras’. Esta noción de despliegue progresivo se nutre de la idea entrópica y autosuficiente de la Historia como único espacio en el que el poder político tiene como funciona colocar al pueblo peronista trabajador en su natural lugar de protagonista histórico del cambio social, necesario e inexorable. La historia como un glaciar en la que no se necesita hacer mucho para que las cosas cambien drásticamente. Manifestación de Antonio Berni. Es por esto que los Cristinistas sienten que existe el margen suficiente como para jugar al cuco y exigen que ese cuco sea designado: Macri!

Pero la carta de los Albertistas hizo algo muy De la Ruista y Maragogipano que fue hacer que el significante  ‘unidad del pueblo peronista’, simplemente, flote lo que, al cabo de un tiempo, acaba desconectándose de su fuente de sentido para ponerse en abismo lo que significa que, para el Albertismo, la unidad debe ser lograda para garantizar la unidad porque no hay posibilidad de otra cosa. La tautología y circularidad como estrategia de gobierno y el ganar tiempo y hacer la plancha como política de Estado. El sinsentido del silogismo esconde, en tanto fetiche, la realidad de un aparato estatal monstruoso construido para reemplazar la inviabilidad del mercado interno en cuya construcción el gobierno nacional y popular se ha comprometido y fracaso. Y esto, como ya se imaginan, le puede costar la Presidencia. Alarmados por esta posibilidad, los Cristinistas demandan que el significante flotante deje de flotar y se ancle en un movimiento dialéctico que presupone una lucha de clases que hoy tiene aun menos realidad que la noción de ‘pueblo peronista’. Sin embargo, quien es hoy el trabajador en la argentina y para quien lo hace. Donde esta la clase media? Es como si desde el confort de sus becas estatales, los intelectuales miraran a la sociedad con anteojos más propios de la Comuna de Paris o la Revolucion Haitiana que de la disolución de la identidad en las relaciones laborales que el Kirchernismo y luego el Macrismo se encargaron de efectivizar. Es como si para ellos, Menem no hubiera existido y ellos no hubieron formado parte de un Rococo sistemas de honores simbólicos cuyo costo real era el de reconocer la desaparición del futuro. Como un pacto con el diablo, el endeudamiento externo (Menem, De la Rua y Macri) y la anorexia productiva mediante la impresión de billetes e inflación (Duhalde, Macri y ambos Kirchner) al principio dieron respiro pero el diablo siempre pasa para cobrarse lo que se le prometio. Si la intelectualidad de un país tiene una obligación, esta es la de mirar hacia adentro de estos compromisos incumplidos y esperanzas rotas para ponerlas en evidencia pero en lugar de eso, los referentes actuales se prestan al deshonor de maquillar una realidad que ya no se puede maquillar. Asi pretenden usar el Marxismo retro para paradójicamente ponerse a tono con los tiempos que corren, inyectando la cuestión de género ya no como política de estado sino como trasfondo ideológico constitutivo de la verdadera diferencia entre las opciones que se presenta al electorado. Para ellos, la diferencia real del debate político hoy es de genero y tiene por un lado a un Macri masculino por lo ‘‘racional e institucional ” (como si fuera el Dios judio del Antiguo Testamento) y una Cristina femenina por lo ‘histérica y extrema’ (como si fuera la Gran Diosa Madre Neolitica). Al fanatismo se le responde con otra capa de identidades para que termine de eliminar todo aquello que pueda establecer puentes en una grieta que, como dije al principio, es una ficción o, mejor dicho, un entretenimiento para un pueblo en shock por su propia idiotez.

Si tomamos los dichos de los referentes culturales cristinistas y le damos la importancia no de su significado sino de su posicionamiento estratégico en el poder, lo que se ve es un papelón irremontable.  Creo que durante mucho tiempo, Cristina creyó que un tipo de adulación de este tipo por parte del sector cultural a sueldo como de Pablo Echarri o de artistas plasticos com Sebastian Gordin o Martin Di Girolamo serian suficientes y la verdadera razón de esto es que ella, como buena política de rosca territorial, desprecia a la cultura por banal y burguesa. Desde ya esto no sale de la nada sino de como los autopercibidos protagonistas del devenir dialéctico histórico de la década del 70 veían la realidad. En la cabeza de Cristina, la cultura es una cosa y lo que los medios de comunicación comunican es otra cosa. Asi mientras los grandes medios conspiran contra ella, ella participa en acuerdos en los que ellos están incluidos,  respecto de la profundizacion de las politicas extractivas. Desde este punto de vista, los referentes de la cultura quedan reducidos a actores de relleno en una obra que ni siquiera pueden comprender.

La carta de los intelectuales cristinistas confirma, una vez mas,  que la verdadera política cultural kirchnerista radica en la transformación del militante en un automata y en la reducción de la cultura a mero ruido en un sistema en el que ya no hay lugar para la razón ni para la introspección; solo para el logaritmo y el alarido.Contrario a lo que plantean sus ‘intelectuales’, Cristina no es la histerica sino que su incapacidad de subirse al rol histórico que le toco pone al sistema político en si mismo en estado de histeria permanente, dando un giro copernicano  donde el genero (lo femenino) pasa a ser usado como un arma eficaz pero que tarde o temprano, como Fausto, hace que el diablo pase a cobrar. Para entender lo que digo piensen en Esme Mitre usando su supuesta locura para desestabilizar a sus enemigos en la puja por conservar su herencia al punto de tener que decir que hay cuentas no declaradas en el exterior.

Debo confesar que en este regreso yo tenía puestas un par de fichas en Cristina pero su falta de visión para ocupar su rol histórico me decepciono y puso en evidencia su patético desprecio por la cultura lo que nos lleva al verdadero problema que es, paradójicamente, el as debajo de la manga de estas dos cartas de ‘intelectuales’ partisanos. El problema radica en que en ambos casos su tono, lenguaje y argumento pone en evidencia lo infértil y poco creativo del grupo humano que ocupa los espacios de poder oficialista. Si estos son los términos del debate, ni siquiera se los puede calificar de idiotas porque, al menos, en la tradicion rusa, el idiota tanto como el enano, en la corte espanola pintada por Velazquez, eran los autorizados para decir la verdad o, por lo menos, lo que nadie se atrevía a decir.  Por lo menos, y de la manera que fuera, esa verdad emergía y el vacío en el que se encerraba el poder, encontraba cierto margen cultural para hacer de esa verdad un ejercicio de introspección Hamletiana sin el cual todo ser moderno muere frente al trauma de la existencia en la vida cotidiana. Pero en el gobierno Albertista, ya nadie tiene capacidad ni valor suficiente para decir esa verdad que, si fuera pronunciada, brindaría el material necesario para definir ya no al enemigo (algo demasiado difícil y casi imposible en estos tiempos de rizomática desmaterialización y descentramiento del poder) sino algún tipo de dirección para la argentinidad en tanto cultura común.  Pero la preocupación es, de acuerdo a sus intelectuales, tan cosmética que hace que ya no la política sino la cultura se conviertan en un episodio de Titanes en el Ring. Una mera fachada de una pelea del poder que ni siquiera se puede conceptualizar porque de tan patética, lo único que puede generar son risas. El fracaso de este debate radica en no poder designar  y esto ocurre un par de dias antes del 24 de marzo, el dia en el que muchos argentinos que sufrimos de manera directa al Proceso, somos dejados fuera de los mecanismos de incorporación del propio dolor. Se usaron tanto los simbolos y las identidades que lo que se robaron ya no es dinero sino las palabras sin las cuales no podemos pensarnos como comunidad. Pero esto deja al descubierto el verdadero problema que no es la derecha sino el del progresismo que dice monopolizar el derecho a ponerle nombre a los problemas y a realizar ese anhelado cambio social en el que aquella racializacion de America Latina como fundamento del orden capitalista internacional pudiera ser revertida desde el lugar para y en el que fue enunciada. Tras la era del hielo, algo posthumano llegará y ocupará el lugar que estos zombies ocupan. Florencia Kirchner aparece en este contexto como símbolo vivo de un sector privilegiado por la fe ciega de millones de idiotas que no pueden hacer nada mas que comerse a si mismos.