Queridas Madres y Abuelas,

Ya pasaron dos días del 24 de Marzo y como durante el Pride, cuando llega esta fecha siento que algo impide identificarme con cierta idea de la argentinidad sancionada en 1983 pero, más concretamente, en el 2003 que no ha hecho mas que echarme de donde creo pertenezco. Ese sentimiento de inadecuación no es muy diferente al que sentía de chico cuando algún compañero de la primaria besaba a una compañera; esto en tiempos de Dictadura. Si bien eran mis amigos y todos recordamos aquella época como feliz, algo impedía identificarme ellos. Una sensación análoga reaparece cada 24 de marzo y cada Marcha del Orgullo Gay (Pride); dos momentos en los que siento que resisto contra fuerzas invisibles que insisten en convertirme en aquello que no soy, imponiendo modos específicos de recordar y reconocer el vacío dejado por los que se fueron mucho antes de lo que debieran haberlo hecho, primero, en manos de una dictadura genocida y lueg, en manos del SIDA.

El tiempo que toma el luto para ocurrir depende de cada persona pero casi siempre se estructura a partir de un ciclo de emociones que comienza con la bronca al intentar encontrar a los supuestos culpables de esas pérdidas. Tras esto, uno se da cuenta que lo perdido no se puede recuperar. Ese es el momento del llanto y del silencio que ayuda a pensar el nuevo lugar que uno ocupa en ese escenario devastado. Y después, uno intenta recomponer el daño que esa pérdida provocó, siendo solidario con aquellos que constituyen la matriz que nos contiene. Pero para mi generación, este proceso no pudo desarrollarse de manera orgánica porque los Kirchner decidieron de un dia para el otro y por decreto que Ustedes, Madres, ocupen al punto de la asfixia el espacio de aquello que debe ser considerado como legítimamente virtuoso en la Argentina. Desde entonces, Ustedes son el punto de fuga que organiza la dignidad del resto de la sociedad, el sol que nos da calor en tiempos en los que la fe titubea. Casi simultáneamente al #NiUnaMenos, la bipolaridad cultural de un país violento como el nuestro hizo que en menos de diez años se pasará de la vigencia de edictos policiales que autorizaban a disponer de las vidas y los cuerpos de homosexuales (yo incluido) a su casi absoluto opuesto en el que una hiper progresiva ley de género en la que ser mujer ya no implica haber sufrido la materialidad del daño, la exclusión y la opresión patriarcal sino una elección. Es bien sabido que la identidad como elección no es otra cosa que zapping. En medio de esto, la aprobación del matrimonio gay se impuso como una victoria del progresismo y específica del Kirchnerismo en un país catolico e integrista. Sin embargo, en materia cultural, las leyes no generan el pretendido cambio social sino que el proceso ocurre, más bien, en sentido contrario. Una ley que apunte a un cambio cultural profundo debe ser el emergente de un acuerdo social previo que se percibe en la materialidad de lo cotidiano. Pero déjenme recordarles que mientras el monopolio que Ustedes ostentan de la moral pública se afianzaba de espaldas al menemismo, fue recién a fines de la década del noventa que los organismos de derechos humanos y mas específicamente ustedes se sumaron a ese acuerdo social que permitiría, finalmente, el matrimonio igualitario. Es como si esto hubiera ocurrido, una vez que Ustedes decidieron levantar el veto que junto a la Iglesia, en tanto monopolizadores de la moral argentina, ostentan sobre el estilo de vida de los argentinos y desde ya, de los homosexuales. Las razones del rechazo de Ustedes para nosotros durante casi dos décadas radica en que nuestro ‘estilo de vida’ atenta contra los valores patriarcales que las elevaran en apoteosis en tanto Madres y Abuelas.

 

 

Siendo hijo único y gay, sin una particular capacidad ni afición por la vida en pareja, la muerte de mi mama hace ya cuatro años significó la muerte de prácticamente toda mi familia biológica. Me animaria a decir que solo reconozco como pariente de sangre a mi sobrina lesbiana. Digo esto porque si bien tengo algunos primos y tíos, las diferencias raciales dentro de mi familia, en principio promovidas por los sectores femeninos de ambos bandos, hicieron que creciera considerándome especial por tener una piel menos oscura que el resto. Esto no fue invento mío sino un mandato materno. El resultado fue el aislamiento. Esa diferencia racial y social, así como lo desajustada de mi preferencia sexual, y, como ya dije, mi carácter de hijo único, hizo que tener amigos no me viniera naturalmente. Por esto, la Dictadura fue el contexto en el que desperte al mundo para ser informado de que, de acuerdo a los valors de la Iglesia, el sexo como modo de allanar el aislamiento no solo era pecado sino que en mi caso constituia una condena eterna precedida por una patetica existencia de soledad y perversion. El precio a pagar por no ser un engranaje más en la maquinaria de la reproducción social.

El lugar de Ustedes en mi vida fue formativo por el impacto afectivo que tuvieron cuando nuestros destinos se cruzaron. Recuerdo que estaba con mi mamá tomando un té en la Confitería Richmond a fines de 1982 y de pronto oímos gritos de gente que avanzaba por la calle Florida. Nunca voy a olvidar mi conmoción tras tantos años de tensa calma. Le rogué a mi mama que me tradujera lo que Ustedes gritaban y no lograba descifrar: ‘Los desaparecidos que digan dónde están’. Mi mama no sabia que decir y ambos hicimos lo que muchas veces habíamos hecho que es frente a la ignorancia, mirar al costado y seguir con nuestras vidas. Pero esos gritos tocaron un nervio muy profundo de nuestra argentinidad y algo se despertó para nunca adormecerse: mi genuina y visceral vocación política que incluye algo muy alternativo, radical y contracultural que es la certeza de que el cambio no puede enunciarse de acuerdo a la moral imperante sino de manera disruptiva. La lección que ese día recibí de Ustedes también tenía que ver con los límites de la autonegación y ese límite es la realidad. Pero viniendo desde abajo, mi vocación me impulsaba casi como si se tratara de un imán a insertarme en la ‘élite’ política y cultural a los fines de influir en lo público. Esto ocurrió durante los 90s. Habiendo crecido en los 80s en medio de una cultura que naturalizaba la amputación de uno mismo, ese mecanismo psíquico no solo estaba aceitado sino que era una de las partes más genuinas de mi personalidad: el falseamiento de la propia identidad como mecanismo de supervivencia en una sociedad clasista y racista que ni siquiera imaginar serlo. Cualquier hombre o mujer perteneciente a una minoría sexual o racial ha conocido el velado y verdadero costo Argentino.

 

 

Por razones que voy a exponer abajo, mi generación no ha sido reconocida como otro de los desaparecidos no sólo durante la Dictadura sino, y esta es verdadera fuente de dolor, durante la democracia en manos de una guerra cultural que la encontró en medio del fuego cruzado. A la guerra cultural a la que me refiero esa a la que emergió de los cambios cataclísmicos como el fin de la Guerra Fría dentro de los cuales debemos considerar al final de la Dictadura y el viraje, primero hacia el Neoliberalismo y luego hacia una versión más suavizada en la era Kirchner. En este proceso en el que emergio un nuevo totalitarismo, mucho mas sutil que el Nazismo y la Union Sovietica, el del mercado; la fuerza de trabajo se transformo en subjetividad emprendedora o activista financiada por el Estado, la melancolia en una incapacidad privada a adaptarse a los desafio del mundo ‘adulto’, el arte en una repeticion del dogma homogeneizante imperante y la homosexualidad como una oportunidad generosamente brindada a los pervertidos de redimirse haciendo de su nicho en el mercado un ejemplo productivo. La homosexualidad paso de ser una alteracion del sistema de reproduccion social a un nicho de consumo capitalista en el que la culpa por no procear podia finalmente ser lavada imitando los modos de socialidad y construccion de futuro de los heterosexuales (lo que, desde ya, incluye tener hijos) y sobretodo, consumiendo como si el mundo se acabara. El precio de la redención era la abdicación de la diferencia que, en nombre del progresismo, fue transformada en piezas de museo por instituciones como el Museo del Barro en Paraguay o tickets a la promesa de felicidad inmediata a partir de la definición de una identidad alternativa, de la mano del aparato legislativo Kirchnerista. Asi, el holocausto del SIDA fue rapidamente tapado por la alternativa del festejo permanente con montanas de musculosos de clase media blanca marcando su diferencia en el preciso acto en el que la erradicaban. Desde ya, esta indiferenciación es un privilegio blanco que aquellos excluidos de los beneficios del mercado o en el caso Kirchnerista, del clientelismo estatal, no pudieron gozar por contar con una dieta cuyo contenido proteico no permite a los músculos inflarse. De un día para otro, un modo de ser gay me fue impuesto en nombre de la diversidad, sin saber yo siquiera que esa vida había sido diseñada en algún laboratorio neoconservador del Norte Global. Lo traumático del caso es que esa supuesta diversidad comenzaba a ser escenificada tomando el modelo del carnaval y esto llegaba, oh casualidad, desde el Norte como una celebración irreflexiva que no permitió a mi generación llorar a sus muertos a manos del SIDA o hacer el luto de nuestra seronegatividad. Como en la Argentina los extremos se tocan; el Pride opera alquimicamente, como con la ley ‘ultra turbo super special experimental’ de género vernácula que, para decirlo de acuerdo a su verdadera matriz que no es otra que la cristiana, transforma como por arte de magia el vino en sangre de Cristo durante la misa o en su traduccion psiquica, el dolor en olvido. Como por arte de magia, el dolor de, al menos, dos generaciones fue licuado bajo el imperativo de mostrar de manera bulimica y exhibicionista que el dolor y la muerte eran parte del pasado porque ahora en tiempos de libre mercado o dependencia estatal, parias de conducta infantil como nosotros no tenemos de qué quejarnos. Lo curioso de esta misa es que hacía de la diversidad real algo homogéneo a puro golpe de tecno, de biceps flexionados y de amnesia. World hard, play hard hasta que ya no quedaban jobs where to work y la única opción fue Ezeiza o gritar (once again!): Viva Peron!.

Hace algunos días, algunas de Ustedes, más específicamente las Abuelas, convocaron en nombre de ‘los organismos de derechos humanos a participar de una jornada histórica de ejercicio de memoria para repudiar el golpe de Estado más sangriento de la Argentina y recordar a sus víctimas’. Y, en sintonía con los tiempos, plantearon como requisito para sumarse, el uso de barbijo como medida profiláctica pero también como propaganda. Esto fue presentado con la sonrisa inmediata que genera la palabra ‘arte’ estos días. El barbijo solo ya no era suficiente sino su intervención ‘artística’ lo que no es sino una extensión metonímica del pañuelo blanco que Ustedes supieran convertir en símbolo de su lucha, a principios de los 80s. La convocatoria planteó la obligación de acompañarlas ‘con barbijos para seguir cuidándonos y, como en otras ocasiones, invitamos a participar de una campaña que haga visible la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia’. Análogo al Siluetazo que, en 1982, potenció el efecto de la invocación que hiciera Ustedes de la ausencia de sus familiares desaparecidos y que colaboró como pocas acciones visuales en el derrumbe del régimen militar; en el 2022, el arte aparece nuevamente de su mano como reflejo de las condiciones de sus condiciones de posibilidad. Pero en la marcha de hace dos días, la consigna no fue de libertad sino por decreto. No solo eso, la condición para participar en el luto colectivo era el resultado de un dictado como en la escuela primaria: ‘‘intervenir los barbijos con las consignas históricas: #NuncaMás #Son30Mil #DóndeEstán para usarlos durante la movilización del 24 de marzo a Plaza de Mayo’. En sentido estricto esto ya no es arte sino propaganda ya que impone un modo de percibir la realidad que no acepta lecturas alternativas. Como homosexual, mi confusion hubiera sido mucho menor si, durante la crisis del SIDA, ustedes hubieran usado su legitimidad moral para apoyar las campanas de educacion sexual y prevencion que por presion de la Iglesia nunca vieron la luz del dia y costaron la vida a miles de miembros de mi comunidad. La memoria, queridas señoras, debe funcionar en varias direcciones y no siempre en el sentido que Ustedes dictan. Yo también perdí a seres queridos a manos del sistema. Sino me creen preguntenme como me fue presentado el cadáver no solo de mi papa sino también de mi mama y tambien si quieren preguntenme por que las cenizas de mi papa acabaron por un error administrativo en una tumba común.

 

 

Pero hablemos de la vida y del deseo. Mi despertar sexual fue a finales de la década del ochenta cuando el SIDA ya había dejado de ser novedad y se transformaba en una crisis a la que los medios seguían refiriéndose como algo extraño a la argentinidad. En ese contexto, mi deseo se volvía, como el de cualquier otro ser humano, irrefrenable en los años anteriores a 1994, cuando la medicación retroviral permitió que el HIV no se transformara necesariamente en SIDA. Lo que antes era una condena a muerte pasó a ser una enfermedad crónica. Para entonces yo ya había vivido más de una década aterrado por besar a otro hombre. No necesito decirles justo a Ustedes lo traumática de la experiencia de ser un joven deseante creciendo durante la Dictadura y durante los años inmediatamente posteriores. Tal vez por eso, mi generación se aferró a las manifestaciones públicas de la causa que Ustedes llevaron adelante así como a las marchas del Orgullo Gay como una oportunidad de exorcizar por hiperbole nuestro propio trauma y casi sin darnos cuenta pasaron cuatro décadas del golpe y aquí estamos. La Argentina de los últimos veinte años ha sido construida, para bien o para mal y en este caso creo que para bien a base de ese tipo de protestas públicas que permitieron mantener viva una idea de la política como algo que ocurre de manera física en el espacio público y que, como demostraron sus marchas, queridas Madres, y más recientemente, el #NiUnaMenos, la comunidad, haciendo acto de presencia física en el espacio público desafía la atomización neoliberal para generar así la suficiente fuerza como para poner un límite al avance de la biopolítica sobre los cuerpos. Los desaparecidos fueron víctimas de un poder obsceno e inseguro que necesito de semejante sobreactuación para dejar marcada a fuego una sociedad que desde entonces no ha sido la misma. El miedo provocado por la violencia ejercida desde el Estado de a poco fue transformándose en un modo de auto disciplinamiento que naturalizó nuestra indiferencia al dolor ajeno. Pero todo proceso de negación de uno mismo no se frena en aquello que se quiere negar sino que siempre uno va por más, sin siquiera saberlo. Me costó mucho entender el significado de esto para mi generación y para mi, en particular. Emigrar y ser parte de una generación de homosexuales que se acepta porque parecen ‘varoncitos y no mariconas’ para darse cuenta, tal vez demasiado tarde, de que tanto el autoexilio como la identidad en pose que sus aliados han transformado en política de estado son formas de auto-amputacion que no ocurren en el vacío sino que se sitúan en un contexto muy específico. Esa es mi generación. Sepanlo y dense cuenta del daño que la saturación que ustedes realizan del espacio público durante tantos años, puede causar.

Por tremendo que esto parezca, esto no es tema de conversación y ni siquiera forma parte del paisaje cultural en el que ya a los cincuenta me muevo. Pero por alguna razón, la tristeza de ese vacío late debajo de la sonrisa que este mundo de diversidad y gayness me exige para poder comer a la noche. Y, no… no me estoy poniendo más joven y, a veces me pregunto si mi obra que no es mucho más que este blog, mis clases, mis alumnos, mi libro y mi voz de morocho que se construyó desde de abajo sin usufructuar de esa condicion no por valentía sino por vergüenza, no fue sino una reacción a un contexto que me expulsó no solo a mi sino a otros que comparten mis rasgos minoritarios. Tengo que compartir con Ustedes lo amargo del saber de que tras cuatro décadas, los términos en los que debo recordar la pérdida de valiosos anyos y oportunidades en manos de la dictadura sigue siendo dictado por señoras heterosexuales blancas de clase media a sueldo del Estado con un record explicito (al menos en el caso de Hebe de Bonafini y Estela Carlotto) de expresiones homofobicas, como algunas de Ustedes.

Siendo hijo de un boxeador de clase baja y perteneciente al pueblo guaraní y de una descendiente de campesinos españoles, calificó, según la categorización representadas en su pintura de castas por Luis de Mena en el siglo XVIII Mejicano como mestizo. En medio de estas guerras culturales, mi hibridez tanto sexual como racial no me coloca en un lugar lo suficientemente ‘puro’ para reclamar el tipo de trato museístico o de ‘aislamiento virtuoso’ que intelectuales como Ticio Escobar reservan para los pueblos originarios; quien no dudó en clavarme un punal en la espalda sin saber por qué lo hacía solo porque una señora blanca de clase media a sueldo estatal se lo pidió. Yo vengo, más bien, a ser parte de aquello que el populismo hegemónico en la Argentina desde la Segunda Guerra Mundial denominó ‘pueblo peronista’ algo construido de manera reactiva y en oposición neocolonial al poderío criollo blanco europeizante. Pero la fe en papa Peron y mamá Evita nunca me fue lo suficientemente generosa como para rendirme al dogma. Es tal vez por esto que cuando con el gigantesco esfuerzo de educarme con becas dio como resultado un reconocimiento internacional a mi voz, los blancos de clase media argentinos, muy cercanos a Ustedes dos, Sra. Hebe y Estela, me cancelaron por homofobo y misógino. Mi mejor amiga (ella también blanca y privilegiada) me acusa de autoindulgente cuando lo incluyo en mi argumento pero tal vez ella no se da cuenta de la profundidad de la herida que es de clase y racial no se abrió porque la tarada del museo de Houston decidió hacerme bestseller con su torpeza metropolitana, sino que viene de mucho antes. El tono que este blog tuvo en los anos posteriores a mi adiccion y que muchos calificaron como odio, tal vez, deberia leerse como una reaccion que, a veces, adoptaba cierta intencionalidad de suicidio frente a la imposibilidad de hacer el luto de mis propias perdidas: a saber, la oportunidad de gozar de una identidad construida con real libertad e informacion y de un estilo de vida que no me fuera impuesto para redimir mi aparente culpa por no aportar a la reproduccion de la sociedad. Ni hablar del luto que me permitiera hacer las paces con la desaparición de mis congéneres en manos de un SIDA cuyo virus deliberadamente introduje en mi cuerpo para detener el dolor psíquico de la incerteza. Ni hablar del luto por lo que realmente significó el vacío intelectual y de talento que dejó la desaparición de una generación de líderes como los fueron sus hijos, Senoras. El significado de esa perdida para mi generacion en términos de la perdida de un referente fue enorme y el resultado es la emergente clase dirigente que no sabe hacer otra cosa que profundizar los errores de las anteriores.

Sebastian Acevedo fue el padre que se prendió fuego frente al Palacio de la Moneda mientras los miembros de la DINA de Pinochet torturaban a su hijo. Por que se me niega a mi entonces el derecho a mi propia inmolación moral para exorcizar el dolor que una élite blanca en control del Estado me ha quitado. Las retribuciones y visualizaciones no puede ser solo para la mujer blanca de clase media que exige que la cuelguen en las paredes de un museo (como si, a esta altura, eso significara algo). Yo no uso dinero de los contribuyentes sino que exijo como argentino oxigeno moral para poder construir mi identidad no desde fuera de mi comunidad sino desde dentro. Para esto, queridas Madres y Abuelas, necesito que dejen un poco de lugar en ese Auto Sacramental del que no se pueden bajar. Yo creo en la nobleza de espíritu como condición del héroe y ese tipo de nobleza no es monopolio de sus hijos. Yo estoy envejeciendo cultivando que, tal vez, es algo mas dificil que la muerte del joven en gloria. Sin embargo, lo que me diferencia de Ustedes y del Kirchnerismo y se que estos puede sorprender, es que no reconozco a la nobleza de sangre. Es precisamente eso en lo que los Kirchner las han transformado y a ustedes no les molesta ser la nueva élite progresista por derecho de sangre. Lo que me diferencia realmente de Ustedes, queridas Madres y Abuela es que mi republicanismo es radical.

Dejenme ser más claro. Durante los últimos 20 años no solo se consolidó el monopolio que Ustedes reclaman de la memoria sino que las políticas de victimización implementadas por el oficialismo decretaron desde el centro mismo de poder del Estado un modo hegemónico de experimentar la pérdida. Desde el 2003 hasta hoy, el Kirchnerismo ha transformado la expresión pública del dolor de las víctimas con lazos de sangre con los desaparecidos en un deber moral colectivo. Esta es la continuación y profundización de las políticas de oficialización de la memoria comenzadas durante lo que fue conocido como la Primavera Democrática de Raul Alfonsin. El problema con la elevación en apoteosis del dolor de los H.I.J.O.S y el de Ustedes, las Madres y Abuelas de los desaparecidos es que creó una aristocracia o mejor dicho, dado que el vínculo es de sangre, una nobleza del dolor y esto ocurrió en un contexto internacional en el que la figura de la víctima ganaba legitimidad como agente de cambio social. Este es el legado profundamente conservador que deja la cultura Kirchnerista y que mas alla de presentarse como progresista no es otra cosa que mas peronismo conservador y reaccionario en tanto que afirma por via biologica a la familia heterosexual y hace que el monopolio de la moralidad dependan de esa afirmacion. Nada cambia en la Argentina cuando de pactos de élites se trata.

En este contexto, mi problema como el de muchos otros de mi generación es haber sido infantilizados durante y después de la fiesta menemista. Fue como si la posibilidad de pensar desde otra plataforma de acceso a la realidad, tal y como lo prometía la artificial paridad del peso con el dólar no solo se tradujo en bancarrotas y figuración en varios informes de Veraz sino que la deuda que se nos sigue demandando, en tanto generación, es moral. Lo cierto es que desde la llegada de Kirchner al poder, se impuso una idea de la virtud definida a traves del dolor de la desaparición de un familiar directo y esto nos transformó, tanto a mi y a mis congéneres en meros espectadores de ese ya mencionado auto sacramental protagonizado por una élite blanca de la que ustedes forman parte que, para colmo, nos sigue corriendo por izquierda. Basta, señoras. A esta altura, el conservadurismo son ustedes y el Kirchnerismo. Quedan notificadas.

El modo sobreactuado en el que muchos de mis congéneres abrazaron la apoteosis de la causa de los derechos humanos en la era Kirchnerista parecería ser el resultado de una serie de procesos psiquicos mas parecidos al Síndrome de Estocolmo que al necesario procesamiento del dolor en forma de luto. En otras palabras, el reclamo es que los organismos de derechos humanos y en particular las Madres y Abuelas dejen un espacio para aquellos con sangre impura, cuya mácula no ha sido purificada por el sacrificio de un cordero biológicamente afin.

Perdon que me extienda tanto y sea reiterativo pero consideren esto un exorcismo necesario apenas cumplido lo cincuenta ya que como homosexual, el modo en el que Ustedes acaparon todos los modos de llorar la perdida a partir del modelo de la familia heterosexual agrega un segundo nivel de invisibilización de mi dolor. No solo mis lagrimas parecen no importar porque no perdí a un pariente en manos de la dictadura sino que el modelo de vida promovido por esos que son presentados como los únicos habilitados para llorar en mi nombre son por razones obvias, aquellos con quienes me es difícil identificarme. Para darles una idea de lo responsables que Ustedes son tambien en la desaparición del dolor de mi generacion, la Comunidad Homosexual Argentina con Carlos Jaureguy a la cabeza, debia operar en tiempos de democracia en casi total aislamiento e incormprension, al punto de llegar a retirar la palabra Orgullo (Pride!) de las reivindicaciones por miedo a ser desaprobado precisamente por ustedes. El Pride como día fue sancionado legislativamente no como día del Orgullo Gay sino como día de la Dignidad, una palabra que solo fue aceptada por la clase política porque venía filtrada por Ustedes. Los homosexuales argentinos no vamos a tener real dignidad hasta que efectivicemos un matricidio simbólico que nos permita ocupar nuestro lugar mas allá de la única opcion que se nos presenta desde lo más alto del poder moral que Ustedes monopolizan. Me refiero a la que nos obliga a elegir, cual Hercules liliputienses, entre la desaparición vergonzante en nuestros espacios de ‘working from home’ o el exhibicionismo banal del Pride.

Señoras, Ustedes fueron demasiado lejos al pretender usar este último 24 de marzo, como instrumento de disciplinamiento en materia de salud pública y al hacerlo siguen avanzado en un territorio cada vez más oscuro y oligárquico del monopolio de la moral al punto de demandar un peaje biopolítico para que los Argentinos puedan llorar lo que también ellos (no solo Ustedes) perdieron (que es mucho y no solo de Ustedes) durante la Dictadura. Esa intención imperial de extender ese asfixiante monopolio moral pretendiendo ser ventrílocuos de nuestro dolor obligandonos a usar el arte para repetir consignas ideadas por Ustedes con el fin de ser proyectadas en la virtualidad de Internet fue un paso en falso que demuestra que las Reinas y herederas del imperio progresista están tan desnudas como el Rey.