Para empezar, creo que si hubo agresión fue la de haberle dado a Will Smith el Oscar a mejor actor. Un actor mediocre que por ser negro y en particular, por ser mediocre, recibio el honor de ser considerado por la Academia blanca como el mejor; simplemente porque todos sabemos que no lo es. El precio que se paga por obedecer los protocolos de las políticas de identidad en tiempos neoliberales es el de ser conscientes de que, en el fondo, lo que se premia no merece haberlo sido. En Hollywood, las minorías son premiadas por su aptitud para copiar los modos blancos (lo que siempre hace evidente sus credenciales de copia) o por ser los mejores en categorías inferiores a las de la jerarquía que tiene lo intelectual al tope; como la destreza física, el sex appeal, etc. Por eso, siempre el negro queda a un paso de la objetificacion. En este caso, ocurrió algo fuera de libreto que puso en tensión al punto de hacer vibrar la antedicha jerarquía cuando minutos antes, al darse cuenta de que el comediante Chris Rock estaba haciendo un comentario sobre la pérdida de pelo de su mujer, Will Smith subió al escenario y le pegó un cachetazo en la cara. Esto nuevamente puso las políticas de identidad en crisis ya que estas solo existen en tanto reconocimiento del Estado, por parte de todos los sectores reconozcan, como el monopolizador del uso de la violencia legítima y de la decisión de distinguir lo justo de lo injusto pero al hacerlo no hace más que cancelar las razones históricas del trauma de aquellos sectores marginados, el humor y el amor.

Para imponer esta jerarquía y este reconocimiento del Estado como única fuente de violencia, se necesita de un periodismo adoctrinado que articule esta escala de valores de una manera más o menos coherente para si empujar la barrera que divide lo público de lo privado a un espacio cada vez más íntimo donde la ética ya no tiene que ver con las acciones sino con las motivaciones y las autorregulaciones. Desde la llegada de la Iglesia Católica no se ha visto un intento de colonización del espíritu como el que estamos experimentando en esta verdaderamente contrarevolucionaria ola de políticas de identidad.

Un ejemplo de esto es el auto congratulado modo en el que los periodistas de DiarioAr se refieren a sí mismos como modelos de virtud republicana en el reconocimiento de la diferencia como otorgar todas las libertades al Estado. El artículo al que me voy a referir fue escrito por una tal Ana Requena Aguilar y está basado en las opiniones vertidas en un libro por un ‘consultor de masculinidades’ llamado David Kaplun, todos ellos en España.

Desde ya, esta concentración del poder en el Estado no es presentada como una delegación negativa de las libertades al modo de los padres fundadores del liberalismo como Thomas Hobbes o John Locke sino como el ejercicio del ahora cívico mandato de ‘autocontrol’ y ‘autodisciplinamiento’ que Kaplun caracteriza como la condición sine qua non de la ‘nueva masculinidad’ y diria yo, ‘ciudadanía’. Para él: ‘La gran tarea pendiente para los hombres es la auto regulación, la gestión emocional y la coherencia entre el discurso y la performance’. Esta distancia entre el discurso y las acciones coincide según Requena Águila entre lo aprendido a través del activismo de los últimos cuatro años y su incapacidad de integrar aquellas lecciones del movimiento feminista en los momentos claves en el que el honor es vulnerado. Para Kaplun, para que esto ocurra se exige un ‘cambio de conciencia, un cambio actitudinal, emocional, relacional’ y agrega Requena ‘que (esto) va más allá del saber llorar o de permitirse mostrar emociones, sino que tiene que ver fundamentalmente con auto regularse’ lo que en términos de Kaplun radica en ‘saber cuando toca escuchar en lugar de hablar o dar una hostia’. Para traducirlo a la realidad de Will Smith, segun el blanco post-imperial espanol David Kaplun, ‘el negro tiene que escuchar y pedir permiso antes de actuar o hablar’.

Para Kaplun, la actitud de Will Smith replica el mismo modelo que critica, en tanto y en cuanto, perpetúa la violencia como modo de marcar territorialidades y, por analogía, la guerra como modo de resolución de conflictos. Si bien, en principio, uno no puede sino estar de acuerdo, lo abrasiva de la analogía entre la defensa del honor del ser amado que está siendo humillado en publico y la lógica de la guerra entre los Estados exige que uno se haga la pregunta sobre el tipo de sociedad que la cancelación de toda acción física o verbal no consensuada de antemano en el espacio público tiene frente a la afrenta generada por alguien (en este caso Chris Rock) y cuales son las razones detrás de semejante micro regulación de las conductas masculinas. Lo de Kaplun ni siquiera es una fenomenología, en tanto y en cuanto excluye de su análisis la experiencia vivida de la afrenta (hombres negros criados en un contexto de violencia generado por la sistematica violencia ejercida por el hombre blanco, primero, a modo de esclavitud y luego, a modo de criminalizacion permanente) sino que se impone como la articulacion de un dogma etico analogo al que afirma que ‘como Beyonce y Will Smith llegaron a ser multimillonarios negros, las condiciones para que eso ocurra estan tan garantizadas que tanto blancos, negros y latinos cuentan, efectivamente, con las mismas oportunidades y pueden hacer uso de las normas en absoluta igualdad’. La naturalización de la violencia de la desigualdad racial que el DiarioAr hace en nombre de la ‘buena conducta y aprendizaje de lo dictado por el movimiento post-#MeToo’ debería generar cierta desconfianza critica ya que si bien se presenta como una declaración de voluntades, ocultar el intento de alteración (para citar a Margaret Thatcher) de los valores espirituales en manos de un neoliberalismo que se presenta como exigiendo menos Estado cuando a toda luces no hace otra cosa que todo lo contrario, al construir un Leviathan con jurisdicción totalitaria con vocación para dirimir conflictos de los que el humor y el amor, como valores inextricablemente humanos, quedan expulsados del logaritmo de la justicia. Este, damas y caballeros, es el punto en el que el #NiUnaMenos y Margaret Thatcher se dan la mano y avanzan juntos para terminar de eliminar las libertades individuales tanto del liberalismo como del progresismo historico del siglo XX. Esto ocurre mientras puertas adentro, la violencia es transformada en fetiche sexual e identitario de subculturas disidentes que ni siquiera son conscientes de que resisten y que no pueden hacer otra cosa que procesar su necesidad como culpa; lo que, de por si, es generador de más violencia pero hacia adentro del individuo, a modo de autocontrol. Esta revolución que estamos viviendo es espiritual y profundamente religiosa y la religión se llama ‘derecho a la identidad’. Ni siquiera es una revolución sino una contrarrevolución que reacciona contra las contraculturas emergentes en la segunda mitad del siglo XX y que tras la caída del Muro de Berlin han constituido el verdadero enemigo público.

CARTA ABIERTA A LAS MADRES Y ABUELAS DE PLAZA DE MAYO

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