‘La maja desnuda’ de Goya es un cuadro engañoso para el que no conoce o, en su momento, no estaba familiarizado con aquello que la corte de Carlos IV de España consideraba como ‘cool’. Ese cuerpo femenino era una prueba de fuego para el espectador cortesano, que funcionaba como una trampa, en la que los extremos se tocan para apuntalar un precario statu quo. La ‘maja’ es un icono ‘majista’, entendiendo al ‘majismo’ como la moda en la que la corte se inspiraba en su exacto opuesto, el campesinado. En tanto sinonimo de lo auténtico y genuinamente Español, o sea lo pintorescamente integrista, antisemita y folklorico; el ‘majismo’ era un ejercicio de ‘abajismo’ (como contrario de arribismo) pero no por eleccion sino por necesidad. El primer Kirchnerismo tuvo algo de esto al abrazar la estética villera en el momento preciso en el que la villa desplazaba a la clase media tras décadas de cleptocracia y endeudamiento tanto externo como interno. El cuerpo de la maja desnuda no es un cuerpo noble sino un cuerpo acostumbrado al trabajo manual, en el campo. La pintura de Goya, en tanto cuerpo expuesto, marca el límite de la simulación cortesana. Esa mujer es una campesina traída a la corte para el disfrute del noble; a la que se la autoriza a sentirse especial, al menos, durante la duración del encuentro. Sin embargo, el sofá de terciopelo y el cuerpo embrutecido por el trabajo, al tiempo que altamente erotizado, constituyen los extremos que se tocan por miedo a que uno de ellos realmente tome todo. La Revolución.

Ese miedo ya no existe en tiempo de Post-Neo-Liberalismo-Trans-Kirchnerista. Así, esta semana, Gustavo Beliz puso en evidencia el ‘majismo’ reinante en la aparentemente progresista corte de Alberto I. Esto quedó claro al anunciar, en nombre del gobierno, en la primera persona del plural, haciendo uso de un poco cultivado idioma español que ‘vamos a profundizar los lineamientos centrales’ (lo que inmediatamente invita a imaginarse el tajo genital de la Maja) y agregó: ‘del uso de las redes sociales para el bien común’. Este uso de la noción Iluminista del ‘bien común’ en épocas Post-Covideanas de tardo capitalismo transnacional debería, de por sí, prender una serie de alarmas y nos obliga a preguntarnos cómo se define ese bien común y a costa de quién. En un contexto globalizado, una noción decimonónica como la de ‘el bien común’, no incluye sino que excluye. La pregunta es: a quién?. Esto no tarda en ser respondido por Beliz quien incluye un acuerdo entre extremos ideológicos en nombre de las políticas de identidad que si bien no constituyen el bien común, reclaman a todas luces ser: ‘el bien’. Por eso Beliz continua diciendo que ‘estamos trabajando con un estudio pionero que marca y propone un pacto para el buen uso de las redes sociales’. El homenaje al siglo XVIII y XIX se repite con el uso de la noción de ‘pacto’ pero al hacerlo se produce un desplazamiento de lo que segundos antes era el ‘bien comun’ a lo que, de pronto, es: `el buen uso de las redes sociales’’. Dicho de otro modo, los excluidos del ‘bien comun’ son todos aquellos que quieran opinar sin mediación de institución ni corporación alguna; lo que equivale al ochenta por ciento de la población. En este punto sabemos que, en nombre de ‘todos’, Beliz reclama el derecho de unos pocos y lo hace por el bien de la ‘salud pública’; A esta altura, uno no es tan inocente como para no saber las razones de esto pero cabe preguntarse por la forma en la que esta profanación de derechos elementales a la libertad de expresión es reclamada por un gobierno supuesta progresista. La respuesta es, obviamente, biopolítica y esto queda claro cuando Beliz sentencia: ‘para desintoxicar nuestra democracia’. Esto, aclara, el ‘majista’, ‘no lo está haciendo el gobierno solo sino que ha convocado a cuarenta universidades de toda la argentina’, en nombre de las cuales está hablando, ‘para pensar y proponer estas iniciativas;.

Hablaría muy mal de mi, dedicar un post a repetir la obviedad de que la derecha (o sea Sergio Massa y Gustavo Beliz) ha sido insertada en el gobierno para defender los intereses de las corporaciones y naturalizar el extractivismo que el modelo neoliberal necesita para funcionar. Es más, queda más que claro que el puesto de Beliz es una devolución de favores ni siquiera a Massa sino a alguien fuera del gobierno cuyo idioma materno, casi seguramente, no es el castellano. El lugar que ostenta Beliz en la ‘famiglia’ de Alberto Fernandez que es ese lugar de la corte a la que tienen acceso algunos pocos es, profundamente, artificial. El modo en el que hizo el anuncio de su ley de censura nos obliga a re-evaluar las supuestas credenciales anti-establishment del Neo-Kirchnerismo y a posar nuestra mirada en la inefable estupidez de la neo-vanguardia identitaria K de gente como Roberto Jacoby. Déjenme explicar mis razones para invocar el nombre del supuesto ‘procer’ del conceptualismo politico argentino.

Debo confesar que no sabia que Beliz tenía un cargo en la Unidad de Presidencia de la Nación. Su función, al menos, nominal es la de Secretario de Asuntos Estratégicos no de la Nación sino de la Presidencia de la Nación, que no es lo mismo. Esto significa que el puesto es una parcela dentro de su entorno y no dentro del reparto real de poder. Este proyecto debería haber salido del Ministerio del Interior o de Comunicaciones pero sale de un asesor con cargo producto de un acuerdo bajo la mesa. Esto transforma a los dichos de Beliz en otro capítulo de la pelea Alberto-Cristinista y no es más que una sobreactuacion payasesca que pone en evidencia tanto su debilidad como la del contrincante. Pero, vayamos por partes.

En su anuncio Beliz confirmó que en materia cultural, en la Argentina de hoy, y posiblemente dentro de aquellos paises que estan sirviendo de laboratorio de modelos ultra-neo-liberales como lo son Chile y la Argentina, los extremos ideológicos se dan la mano para avasallar libertades básicas. Pero no hay Alberto sin Cristina y no hay Beliz sin Roberto Jacoby o Andrea Giunta. La vanguardia siempre confirma un centro. Digo esto porque en el 2013, Jacoby y su ex pareja Syd Krochmanly (sociólogo él), daban a conocer su proyecto de los ‘Discursos del Odio’. El mismo consistía en una serie de frases políticas agravantes escritas con marcador en la sala del FNA: “Muerte a los K y a esa maldita letra”, “Videla volvé”, “Argenzuela”, “Gronchopolis”, “Viuda negra”, “Putos derechos humanos”. Para la agencia estatal de noticias Télam, estas frases remiten a las ‘zonas más oscuras de nuestra sociedad’. Este blog nacía un año antes y un año después Clarin calificaba a Loveartnotpeople como ‘estética del odio’ para luego desdecirse y disculparse en varias oportunidades. Ya entonces, Jacoby era funcional a Magnetto y esto hizo que hace menos de un año Syd Krochmanly repitiera el concepto pero ya mintiendo descaradamente. En el medio, mi premio había puesto a todos en su lugar, al menos, en materia de sentido común y percepción de sus propias limitaciones. El discurso del odio encontraba a un emisor y no un receptor en Krochmanly.

Pero fue precisamente durante la cancelación de mi premio que algunas voces, incluso cercanas a ellos, comenzaron a diferenciarse notando que el resentimiento era del que estaba dispuesto a usar conceptos como ‘el mal’ (asi se refirio a mi Andrea Giunta) o ‘los discursos del odio’ o ‘misoginia’ para referirse a alguien que se reía de la ropa o apariencia física de personajes públicos, como ellos. Esto no hizo más que demostrar lo banal y miope de los remanentes culturales de la neo-vanguardia en la Argentina. Hoy son las universidades y seguramente, sus departamentos de identidad de género y derechos humanos los que ayudan a Beliz a redactar un index de gente a censurar y de palabras a proscribir del vocabulario aceptado como bueno so pena de invisibilización, exilio o cárcel, según la gravedad del supuesto delito. Jacoby como factor de criminalización de la libertad.

En el 2022, Beliz, como miembro del gobierno progresista de Jacoby dice que hay que limpiar las redes sociales ‘para que dejen de intoxicar a la democracia’. Presten mucho atencion a lo que decia el ‘gran’ Jacoby y cómo lo decía en el 2013 y saquen sus propias conclusiones: “todo este trabajo está hecho con palabras, con una zona de las palabras que tiene que ver con la basura, algo muy frecuente en el arte contemporáneo: muchos artistas trabajan desde elementos de la basura. Esto tiene que ver con el propio contenido de los mensajes: degradación, putrefacción, a la idea de limpiar a la sociedad de las plagas”. Los extremos que se tocan pero hablan con una sola voz, la del autoritarismo que hizo de la censura y la violencia un modo de ser argentino. Inmediatamente después, Jacoby se iba de vacaciones con su amante sociólogo a costas de los contribuyentes y hacia una performance callejera que nadie vio con una serie de carteles titulados “América Dilma”, donde se lee: “Apoyemos a Dilma. Si pierde, perdemos”. Una verdadera víctima de su propio narcisismo y resentimiento cuyo resultado es el haber puesto al arte al servicio del avance extractivista de la más rancia derecha sentada en el poder que pateticamente gente como Giunta o Jacoby dicen apoyar (a sueldo).

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