Argentina es un país oscuro. Prueba de ello es que tuvo la dictadura más violenta del continente; que también fue una de las más desordenadas. El resultado de esa falta de coordinación combinada con el poder de los sindicatos como vehículos de participación de un peronismo históricamente proscripto pero siempre presente, fue que, en materia política quedaran algunos resquicios de libertad. Estos ‘clusters’ de optimismo democrático salvaron al peronismo de sí mismo que, en otras condiciones, no hubiera sobrevivido a su propia versión menemista. Su intento, un tanto bulímico, fue el de instaurar un sistema liberal automatista en el que la represión ya no era necesaria sino que el mercado y la autodisciplina de la cultura que este trae consigo, se encargan de eliminar a aquellos sectores sociales que están de más. El engorro de tener que hacer zafar a torturadores con Puntos Finales y Obediencias Debidas deja de ser necesario ya que en el neoliberalismo la culpa es transferida al perdedor que en un sistema de libre mercado es acusado de no estar lo suficientemente motivado ni haberse esforzado lo suficiente. Recordemos el despido ultra-neo-liberales pseudo-afectivos y profundamente perversos del encargado de publicaciones del Museo de Arte Moderno del gobierno de Rodriguez Larreta donde la muy corrupta Victoria Noorthoorn, mientras le pagaba a su marido por escribir catálogos, despedía a una persona como si le estuviera haciendo un favor para poder desarrollar sus emprendimientos más rápidamente. Hasta ahí, todas buenas noticias y prueba de esto es la aparición de la protesta kirchnerista como patrimonio cultural y hasta, atracción del turismo internacional, dándole protagonismo a una clase media que se aferra a lo poco que le queda, cree en la ficción de los derechos en un contexto internacional en el que el valor de la vida y la noción de futuro están siendo redefinidas de manera radical. Me atrevería a decir que el legado inflacionario de peronistas y macristas se da de frente con la decisión de Putin y seguramente de China, de marcar un hito en el paso de una época centrada en el individuo a otra en la que le compete al individuo redefinir sus derechos en medio de una extrema flexibilización laboral y devaluación de la vida.

En la práctica, la traducción de este intento incompleto de instauración de sistemas y la consolidación de espacios de participación popular transformada en pasatiempo o espectáculo, ocurre en una sociedad que desde la conquista española se ha venido estructurando a través de una lógica de grupos. No hay lugar para los lobos solitarios, en la Argentina que es un país corporativo hasta la médula y esas corporaciones están, mas o menos, alineadas con una determinada clase social. O, mejor dicho, lo estaban…Esto coincide con un fenómeno no sólo argentino que es el de la telenovelización de la política que perpetua la  infantilización del ciudadano. Más que telenovela, la política argentina deviene en un sainete criollo. De ese modo, deja de ser vista como la expresión de fuerzas sociales en pugna sino como una acumulación de situaciones de gente que se lleva mal entre si y que, por alguna reglamentación de alguna norma, fueron votados por la ciudadanía. Es aquí donde los extremos se tocan, porque tamaña infantilización de la política no difiere demasiado de lo que pasa hoy en Gran Bretaña donde el debate es si el Primer Ministro hizo una fiesta durante el COVID o no. Y si lo que importan son las subjetividades, hay dos mecanismos de apropiación de lo público en la política infantilizada: la rosca como carrera y los servicios como estructuras del miedo. La primera está representada por los políticos ‘territoriales’ que se sientan en Buenos Aires durante maratónicas sesiones de puchos y café a negociar, con milimétrica precisión, el reparto del Estado. Por su parte los servicios de inteligencia no son más que burócratas a sueldo pagado por los contribuyentes cuyo trabajo es ponerle un poco de pimienta a la relacion entre los personajes de la telenovela; aunque a veces se van de rosca y los verdaderos colores del sistema aparecen con alguna mujer quemada en la calle o un cadaver transformado en signo a ser decodificado por el otro bando en una lucha más real que, como un burbuja, sale a la superficie para explotar y es recién ahi que La Nación y Clarín se ven en la obligación, para mantener cierta credibilidad social, de informarlo.

En este esquema del manejo de la cosa pública, lo que no se telenoveliza pasa a ser sacralizado y elevado a la categoría de lo intocable: para la derecha lo que no se toca es lo que dice ‘la embajada’ (de Estados Unidos) y para la supuesta izquierda,, el alineamiento sicofante al poder real a través de concesiones de diferentes extractivismos a costas de la violación de los derechos de los pueblos originarios es cubierta con una capa de pretención de moral publica bajo la figura perversa, de por sí, de los derechos humanos como departamento estatal cuyo fin es el de usar un ilimitado capital moral (que es tan ilimitado como la maquina de fabricar billetes para mantener una estructura estatal irrelevante) cuya funcion es apoyar al gobierno cuando su legitimidad es puesta en cuestión. La génesis de esta idea de derechos humanos como agencias de gobierno aparecen de la mano de operadores a sueldo de la dictadura que pactaron la muerte de lo perejiles y ahora pasan a llorarlos en nombre del CELS, las Madres, Abuelas y la mar en coche. Esto agrega un nivel de complejidad que, a primera vista, no podía ser percibido. En su maravillosa obra teatral,’Saverio, el Cruel’, Roberto Arlt construyo un metadrama en el que la clase alta argentina, hispanofila y antisemita, por definición (irónicamente, como el Peronismo) no puede mas que referirse a si misma a traves de su propia locura. Esto dio material a Lucrecia Martel para hacer una de las críticas sociales más efectivas del cine reciente. Saverio, sin embargo, pertenece a la clase, que entonces estaba aún desclasada y en busca de un lugar en un páramo en el sur lejos de su paese. Saverio tiene poco que perder y mucho por ganar y se da cuenta de que la clase alta no tiene vocación por nada por lo que llega a la conclusión de que en la Argentina, aquel que tenga verdadero deseo de algo, gana todo. La llegada de Peron.

No por casualidad, el segundo momento de gran deseo argentino es la convertibilidad menemista que hoy tantos recuerdan nostálgicamente y le permite a Zulemita hacerse la simpática y mostrar el quincho y a su hijo modelo como momentos divertidos, nuevamente, telenovelizados. El Neoliberalismo en la Argentina dio el golpe de gracia a la clase media y a la vieja aristocracia y de algún modo, Bartolome Mitre, como los Gucci en Italia representan ese ocaso de un modelo social que se consume a sí mismo. La Ciénaga. Pero nada nos había preparado para la llegada de Esmeralda Mitre, una heroína de un tipo literario del realismo fantástico digno de Roberto Bolaño.



En esto debo reclamar ser uno de los primeros que tuvo el discernimiento para distinguirla como un fenómeno cultural o dicho de otro modo, se necesita un fenómeno cultural para reconocer a otro fenómeno cultural. En una ocasión, charlando con Jorge Rial, le pregunté por qué no la llevaba a su programa y su respuesta fue que Esmeralda no le importaba a nadie. Era la época de su casamiento con un cadaver politico llamado Dario Lopérfido y lo que en esa ocasión se hizo evidente es que ciertos apellidos, por alguna razón u otra, aun fascinaban a los Saverios de turno, en ese caso representados por el Pro y sentados a la mesa con Blanca Isabel a la cabeza. El resultado de ese festin necrofílico digno de Peter Greenaway fue que, como por arte de magia, la necrofilia devino, como en una novela de Bolaño, en transfiguración eucaristica y la irremontable carrera del novio, de pronto, tenia una segunda oportunidad. Tras la salida en helicóptero de De la Rua y su cercanía un tanto promiscua a Antonito de la Rúa, su vida política estaba lógicamente terminada. Sin embargo, allí, Esmeralda Mitre, en pleno uso de su facultades actorales y con la valentía que le da el haber sido criada por una modelo de Vogue con apellido antiguo en esa Andalucía tan adorada por la clase alta antisemita, no dudo en criarla bajo el signo de la superioridad y la diferencia ya no respecto del resto de los mortales sino de su hermana Azul, cuya sangre estaba teñida del arte y de la homosexualidad de su padre que se divertía pintando canales en Venecia. Esto hizo que Esmeralda creciera presuponiendo que el mundo era una extensión de su living en un tipo de paradigma propio, y esto no es una metáfora, sino que marca la literalidad de la cultura del absolutismo de principes y princesas. De Esmeralda se esperaba que fuera mala y fría como Azul o gris y siempre pasada de moda como su hermana Dolores Mitre. Sin embargo, su pasión por el kitsch, en un pais en el que el kitsch ya era vanguardia desde los noventas, hizo que se acercara a esa horrible clase media que hace del manejo de lo público y de la cultura, un espacio de igualación en el que los grasitas tienen la oportunidad de codearse con gente como ella. Primero fueron amigos y, finalmente, marido y mujer durante trece años en los que ella le dió el brillo que él ya no tenía a partir de la puesta en escena de un monólogo con dos personajes que, poco a poco, fue resintiendo la masculinidad comprometida tanto metafórica como literal del marido. Esto tenía lugar mientras socializaban con el Chano Charpentier que aportaba cierta modernidad pop. Asimismo, en cada una de sus presentaciones públicas, A todos los programas de televisión a los que la invitaban, ella no daba razones para ser odiada (por él) ya que lo primero y lo último que decía como si en lugar de una esposa fuera una madre coraje era que su cónyuge era mejor que Malraux y Restany, juntos. De lo que Esmeralda no se percataba era que anunciar la razones de su admiración tan insistentemente no hacía otra cosa que poner en evidencia la fragilidad de los sentimientos hacia dentro la pareja y la importancia (para ellos) de la mirada del público sobre ellos como personas públicas y no de carne hueso. En todo caso, lo que se hacía cada vez más evidente era que si a Liniers lo había inventado su familia, a Loperfido lo había inventado su mujer y que su talento (el de Lopérfido) radicaba en hacerse inventar para luego resentirse cual Frankenstein y transformar su rostro melancólico en índice de un intelecto supuestamente superior, por lo intuitivo. Self-fashioned como un prócer de la cultura postmoderno que trabajaba sin dormir (ejem) a favor de una cultura que él ni siquiera conocía y todavía, no conoce por la sencilla razón de que su vida profesional fueron una concatenación de atajos poniendo el carro delante del caballo y careciendo de las categorías intelectuales para absorber la realidad. Esto era una bomba de tiempo ya que su resentimiento para con su mujer le daba la certeza bipolar de saberse un impostor y al mismo tiempo pensarse como un genio que, en rigor de verdad, a duras penas puede analizar un texto. Y es lo lejos que llegó con los pocos recursos tanto intelectuales como psicologicos, lo que hace de Loeprfido un ser muy talentoso y, sólo desde ese punto de vista, digno de respeto. Pero Esmeralda fue la encarnacion de su limite de ascenso. Su resentimiento para con ella lo hizo sobreactuar su opinión respecto de los derechos humanos que articuló, nuevamente, sin conocer los términos del debate y queriendo tomar otra atajo y convertirse en un referente de la derecha, su carrera se acabó.

Esmeralda, por su parte, acercaba lo político a lo estético al colocar el dolor como afecto performativo y su cuerpo como escenario de cambio en el centro del definanciado mundo del entretenimiento y si algo sabe Esmeralda es generar teatro. En ese acto peripatetico, nuestra princesa sin reino decidía experimentar el dolor de su co-dependiente relación con Loperfido y su melancolica relación con su padre frente a cámaras. Esto no sería nada nuevo en epocas de reality shows, sin embargo, el toque de distinción que aportó Esmeralda al espectaculo de su vida es que remitió a lo que, en términos de Aristóteles, es la comedia en lugar de la tragedia y recordemos que la comedia es el lugar de los personajes fallados y humanos mientras que la tragedia es el de heroes y dioses. Tal es así que vivió sus mayores lutos a la fecha transformandose en un clown que hacia reir a un pais que, realmente, necesitaba reirse tras elegir a dos hombres grises emasculados como Mauricio Macri y Alberto Fernandez. Este fue el momento en el que la performance del clown Mitre comenzó a dar vertigo porque traicionaba a cada uno de sus privilegios haciendo visible lo invisible, algo que en la Argentina se paga con la muerte. Primero, a su clase y luego a los pactos politicos que su clase le permitía realizar. Mirarla era participar de algo en carne viva y fuera de control pero en ese aparente descontrol y sin que ninguno de nosotros pudiera siquiera creer que eso era posible, aprovechaba la ola del MeToo para escenificar su propio abuso, en manos del Presidente ni mas ni menos que de la DAIA. Si la torpeza de su ex marido lo hizo perder todo por insultar a los desaparecidos sin el lenguaje como para poder sostener el nivel de tamaño debate, nuestra Mata Hari hizo del encanto de su cuerpo y de su prosapia fundadora del pais, algo tan irresistible e hipnótico para el lider judío que este se pelotudizó. De pronto Esme devenía Venus y enloquecía a un dirigente que le mandaba por texto sus abusos que ella se limitó a leer en conferencia de prensa al lado de la que era entonces su secretaria privada, de tan mal aspecto que la hacía parecer a Esme, la Infanta Isabel Clara Eugenia pintada por Sanchez Coello. No pasó mucho tiempo para que en cámara le advirtiera al jefe de Gobierno de la ciudad y posible candidato a presidente del Pro que su hipocresía y su traición a los que lo habían ayudado de buena fe, le iban a costar caro. Esto lo hacía mientras le decía vieja de mierda a la vieja de mierda (algo que solo yo había hecho en la Rock & Pop) y ganaba popularidad en el preciso momento en el que Tinelli la perdía.

Es indudable que Esme se nutre de ese tipo de energía border lo que la convierte en una protagonista del giro performativo de algo que si no es arte, tal vez debería serlo si entendemos como arte político argentino de vanguardia, un tipo de arte que apunta al cambio social, al shock, tiene una relación hostil con los otros participantes y con el publico y plantea una posición crítica respecto de su propia clase y de sus condiciones de producción. Y es respecto a esta cuestión de clase que Esmeralda traiciona a su clase, afirmando que el único camino hacia adelante es el divorcio del parasitismo, el talento y la formación, sin olvidarse nunca del sentido del humor. No por casualidad, en ese momento apareció en mi vida y hoy damos los primeros pasos de una amistad. Su traición de su clase radica en que, más allá de toda consideración, ella, como su madre en los noventas, sostiene que el cultivo de uno mismo y la cultura como practica que se estudia son valores a preservar y fomentar. Al hacer esto, su aporte es mayor al de su diario durante los últimos veinte años en donde el suplemento de cultura es entregado a la cleptomana amante de Escribano y las notas de artistas, a una descerebrada cuya calificación es haber trabajado en el suplemento de moda. Recordemos que lo primero que me dijo la archi aristocrática Monica de Alzaga cuando se me presentó fue que ella no sabía nada de arte ni le interesaba para, acto seguido, nunca parar de hablar de su herencia. La pregunta que surge es si no es esta imbecilidad de su propia clase lo que hizo que se decidiera proletarizar casándose con un proyecto de Saverio de Arlt y abrazara el mundo del espectáculo, cual Evita invertida, para ganarse el pan con el trabajo actoral mientras esperaba su herencia, que de todos modos llegó y la encuentran como un miembro del directorio de La Nación.

En un país de grupos y camarillas como la Argentina, Esmeralda parece actuar sola. Su lenguaje afectivo roza la promiscuidad social posiblemente porque se proyecta como un intento de asegurar las relaciones que le vienen naturalmente pero que siempre están condicionadas por la importancia de su apellido a lo que ahora hay que agrega, la de su fama. Sin embargo, en el momento de ponerse al frente de la herencia familiar, logró las firmas y, una vez conseguidas, pasó a actuar y tomar decisiones, en soledad, y, a veces, con el consejo de ese personaje de Calderón de la Barca y Lorca que es su madre. De pronto, y de la clase alta emergió un anatema cultural; un lobo solitario que, como decía antes, es un personaje imposible en la Argentina. Ese lobo solitario argentino es el equivalente al idiota en Dostoyevski o al enano en la corte Habsburgo y es, ciertamente, un rol con el que me identifico mucho ya que es ese marginal en el centro de poder , el encargado de decir lo que nadie se anima a decir para purgar a la comunidad de su propia oscuridad y dejarla que avance. En el caso de Esme, su proyecto es demasiado solipsista aún pero, casi sin quererlo, la gente captó algo y le tomó simpatía porque, por primera vez, el privilegio hace público su dolor que la experiencia del daño acarrea y no lo hace desde la victimización liberal blanca de clase media sino desde un combo rarísimo de estética teatral y sentido oligárquico del fin de una era. En tanto alegoría de su clase, Esme es la cifra de su propio final para emerger, sorprendentemente, como un role model de lucha femenina mas no feminista. Esto lo hace apelando a un género teatral que tiene una raigambre contracultural en la argentina y es la técnica del clown. Si su ex marido quiso ser parte del Under, tanto Esme como yo, tras mi cancelación, fuimos convertidos, por la necesidad de una cultura asfixiadas por la conveniencia estatista de la corrección política, en el Under. Además, el clown tiene un lugar preponderante en la argentina en tanto agente de la memoria. En el caso de Batato Barea, esa figura funciona alegóricamente y vincula al presente con el pasado casi como si fuera una ruina en grabado de Piranesi o una pintura de Constable. Yo creo que eso es precisamente lo que Esme Mitre es culturalmente y lo que nos identifica: somos clowns, idiotas, ruinas y lobos solitarios pero no porque no nos quede otra sino porque esa ha sido nuestra estrategia estética. Y es precisamente porque sabe del poder subversivo de este tipo de figuras disolventes que Rodriguez Larreta tras ser señalado con el dedo acusador en la mesa de la vieja de mierda, decidió espiarla a través del sistema de datos biométricos y al hacerlo la puso al nivel de personajes como Paolo Rocca o Hugo Sigman sin mencionar al mismīsimo Presidente de la Nación. Esa lista de espiados no daña a Esme sino que la eleva aún más al panteón de su real herencia. Tras tumbar a un Presidente de la DAIA, esta Mata Hari traidora de su clase, posible icono gay, y clown como proyecto de arte político de vanguardia se transformó, frente a la mirada atónita de una audiencia ya anestesiada por el hambre y la falta de calidad, en una amenaza para quien se perfilaba como candidato a Presidente de la Nación y que el establishment veía como una verdadera oportunidad para instaurar un Neoliberalismo a la chilena, de una vez por todas. Esto se hizo en colusión con periodistas como Carlos Pagni sin capacidad de escritura pero con el tipo de información que solo puede dar el chantaje. La Nación tiene hoy la obligación moral de elevarse por sobre la coyuntura y reconocer que la sociedad está teniendo serias dudas sobre sus credenciales de defensa de la libertad de expresión y la autonomía de los intelectuales. Una de sus dueñas ha sido espiada y por proteger a su periodista servicio aún el diario no ha decidido emitir comunicado alguno. Esme ve esto, con razón, como una señal de debilidad  porque a pesar de ella misma, sigue ganando y si su marido está resentido, que se vaya preparando, porque tengo la sospecha de que si sabe usar su histrionismo más estratégicamente y elige con cuidado qué batallas pelear, nuestra Mata Hari e histórica musa LANP va a tener la carrera política para la que, de una manera muy heterodoxa se está preparando y que su marido soñó pero nunca se preocupó realmente por construir. Los términos de su divorcio y el silencio agresivo de su ex ponen en evidencia que su matrimonio fue una fase en la vida en la que uno se sale del mandato para experimentar con ciertos limites que, muchas veces, se los pone más por debajo de lo que deberían estar. Si Esme aprendió su lección, lo hizo frente a la mirada atónita de un país que la conocía ya no solo por su apellido sino por su uso agresivo del humor, muchas veces, contra ella misma. Tal vez, esta sea la formación ideal de los nuevos lideres en épocas de redes sociales y nuevas tecnologías, lo que la convierte en un capital interesante en un diario que viene consistentemente con dos decadas de atraso. Recuerden lo que les digo, la historia recién comienza.