Hoy, hace un año que comenzaba la campaña de cancelación impulsada por funcionarios del gobierno e investigadores del Conicet que como Fernando Fariña, usaron sus credenciales de ocupar posiciones en alguna asociación profesional (de críticos y de la mar en coche) a traves de la que tambien deben obtener dinero de un erario que, a esta altura, ha sido convertido en territorio extractivista de mediocres de la cultura y de algunos miembros normalizados de ciertas minorías. Esto, obviamente, es hecho en nombre de las políticas de identidad. Recuerdo que durante los tres primeros dias, leía lo que se decía y que ciertamente iba in crescendo al punto de referirse a mí, publicamente, como ‘El Mal’ (Andrea Giunta); confesar que siendo investigadoras del Conicet y funcionarias academicas no me habían leído ni pensaban hacerlo (Malosetti Costas y Penhos), pasar de felicitarme por el libro y agradecerme por mi aporte vía Twitter a, en cuestión de horas, sumarse a la jauría (una mina mitad-inglesa que escribe para revistas internacionales tipo Monocle y que hace tours por Caballito mostrando la arquitectura de las casas y el arte modernista de los halls de entrada de los edificios hechos en el estilo del cubismo ya exhausto de la Escuela de Paris de la década del cincuenta como si fuera el coloso de Rhodas; la otra fue Juanita Blee que me chupó las medias hasta cansarse y un dïa me presentó un tipo que me ofreció dinero para hablar mal de empresarios tras lo cual me levanté y me fui y, por supuesto, tengo todo grabado; finalmente dos ex alumnas mías, la primera, Gabriela Jurevicius, con un marido servicio y entongada con dinero estatal por varios lugares y dama de compañía de la recien designada Daiana Saiegh; y la otra, una mina a la que le di visibilidad, le di categorias para que pueda entender su propia obra y la aguanté, tanto como la aguantaron el resto de mis alumnos, diciendo pavadas solipsistas de un narcisismo inenarrable durante mis clases. Me refiero a Dolores Caseres tambien conocida como Dolores de Argentina. La avasallante mayoría de este frente acusador eran mujeres ‘empoderadas’, todas, sin excepción o entongadísimas en el Estado o, directamente, ricas que no pudieron bancarse que de la nada y sin tener que prostituirme (metaforicamente) como ellas, construí esencia. En esa arremetida, la minoría gay no era significativa y estaba representada por Daniel Gigena, un poeta frustrado sin vuelo conceptual como la mayoria de los periodistas. Desde que me conoció, me repitió hasta el cansancio lo mucho que me admiraba y, yo siempre genero, le di marcos conceptuales para entender a Batato Barea ya que sus supuestos herederos y amigos estan tan obsesionados con el fetichismo del detalle del relicario del santo que no se pudieron coger  que acaban no entendiendo ni los poemas que leía. Gigena fue el primero que, en los comienzos del blog, me hizo una nota para La Nación y me pidió otra, en nombre de la editora, para el Suplemento Soy de la Página 12: ambas fueron censuradas ya en el 2012. Había algo de lo que yo hacía que era demasiado y que resultaba obsceno en cierto nivel. Convengamos que no soy ningún santo pero varios dijeron cosas mucho peores: Sergio de Loof, Jorge Gumier Maier, y la lista es extensa. Si bien la reacción no me agarró totalmente de sorpresa porque durante la edición del libro, mis colaboradores entraron en contacto con algunas artistas mujeres como Scarfatti, Paola Vega y Christina Schiavi cuya reacción fue tan desproporcionada que me hizo pensar que se trataba lisa y llanamente de histeria, mas no necesariamente femenina sino algún tipo de psicosis provocada por la droga. Lo que dejaron grabado en los contestadores de mi editorial es tan difamatorio que ni amerita ser considerado aunque me daría unos buenos pesos. Era el 2018 y lo que ya podía  advertir era que para cierto grupo de artistas ‘jóvenes’ vinculados con Belleza y Felicidad y la generación del 2000, el tamaño de mis afrentas por criticarlos, a veces, en su apariencia en una presentación en publico, o referirme a su enclosetamiento ya entrados los cuarenta era retaliado con acusaciones que iban desde lo Tomista (por Santo Tomas, y convengamos que la actitud de Andrea Giunta fue mas cercana al Opus Dei que al movimiento feminista) a la explicitacion por confesion de parte de la corrupcion mas abyecta que es el caso de Fernando Fariña, miembro del directorio del Fondo Nacional de las Artes y Presidente de la Asociacion de Criticos de la Republica Argentina que en su calidad de lo segundo firmó un comunicado en el que la incompatibilidad de ser un critico agremiado y dar subsidios a artistas se pone en evidencia en toda su decrepitud. Pero más allá de todo, la energía que se liberó era tan oscura que, para mí, tenía que tener una justificación más allá del ‘odio’ por lo que yo habia dicho durante esos años. La respuesta no tardó en aparecer y el/la directora del Palais de Glace, Feda Baeza dijo que el poder que yo había acumulado era enorme lo que, a todas luces es una exageración pero, casi sin quererlo, puso el dedo en la llaga. Lo que los resentía no eran mis pecados sino el haber tomado, sin pedir permiso y con el non-challant que da el propio derecho, el micrófono y captado la atención de cierto grupo influyente. Gente muy cercana a Rodriguez Larreta me dijo que la decisión de bajarle el pulgar a Loperfido vino tras la publicación de un post en lanp que fue leído en reunion de gabinete. Por eso cuando hice una nota con mi amigo Rodrigo Duarte para Infobae nos referimos al aspecto que hizo del blog un verdadero fenómeno. Alguien ‘marrón’ educado en una universidad privada osea sin recurso al erario público y escribiendo desde su propio lugar en Londres, se dirigía con un mensaje claro al mundo del arte para interpelar la falta de relación entre su elitismo y su producción. Subsidiado por el Estado, lo que el sector artístico aportaba y aporta era y es insostenible. Esto, a pesar de haber una facultad entera dedicada a la formación de artistas como es el UNA. Desde ya, el costo de poder tener una voz viniendo de alguna minoría, es que la misma sea consideradas como abyecta. Sabiendo que esa acusación iba a venir de todas maneras, me les adelanté y dije algunas barbaridades para pagar un costo, al menos, en parte, por algo que fue dicho. El resultado fue revertir la invisibilización a la que se somete a la gente como yo. Pero lo que la cancelación del premio logró, además de convertir en un fenómeno de ventas a mi Historia a Contrapelo del Arte Argentino publicada, ni más ni menos que en Sudamericana fue que no se publicara en Estados Unidos el paper premiado (que será el primer capitulo de mi proximo libro en ingles) en donde señalo que detras de las practicas exclusionarias del mundo del arte argentino no hay manierismos banales sino racismo disfrazado de afecto. Esto quedó en evidencia en la infantilizacion a la que fueron sometidos Feliciano Centurion y Omar Schiliro en su convalecencia y desde su muerte por SIDA. La diferencia entre Gumier Maier y Maria Moreno, por un lado, y Omar Schiliro y yo, es racial y de acceso. Para gente como Schiliro la puerta del Rojas estaba abierta porque se lo cogía a Gumier Maier. En esa relación, él era lo matérico y experiencial y Gumier lo intelectual que daba forma a lo amorfo. Es por esto que la mayoría de los blanquitos del Grupo Rojas se sentían autorizados para hablar en nombre del dolor de Schiliro. En mi caso, al ser hijo único gay, tuve que aprender todo tipo de códigos para aprehender la realidad. Mi mamá me colocó en una clase social e intelectual que nada tenía que ver ni con su familia ni con mi familia paterna lo que sumado al prejuicio racial para con esta última, no dejaba ni un primo que me mostrara cómo se inflaba una goma o se hacía una paja. Una isla sin puentes con ganas de salir a conocer el mundo aunque fuera nadando. En realidad, primos tenía pero, como en los términos dieciochescos del colectivo activista ‘Identidad Marrón’, el ‘fenotipo’ Cañete de tan marrón, asustaba a mi mamá y por eso, trazó una linea muy temprano en mi vida que acabó naturalizando mi sangre europea transformando a esa otra figura mas morocha en la familia y dicho sea de paso, famosa (mi papá) en una suerte de corto circuito o glitch del sistema. La escena de Edipo Rey estaba armada y en la ceremonia Onia se afirmó que yo era blanco europeo y que el  casamiento de mi madre con un guaraní habia sido una suerte de malentendido olvidable si se tiene la voluntad suficiente. Y como el racismo, según decían y dicen, no es un problema en la Argentina, mi identidad europea fue confirmada en la escuela y así pase la vida sin cuestionarla. Si se quiere, cuando se me presentaba un obstáculo, lo veía automáticamente como de clase y lo resolvía con charme, trabajo y talento.

Fue precisamente trabajando en Nueva York que fui a comer con mi amiga, la Princesa Ferial de Jordania quien, tras varios martinis, me dijo con tono de halago por lo exoticamente primitivista de mi rostro: ‘vos tenes cara de indio’. Me sorprendió el comentario y, en cierta medida, me avergonzó pero lo tuvo que decir ella para que yo lo advirtiera. Luego en Los Angeles, en una fiesta en Beverly Hills que fue mucho menos glamorosa de lo que suena, sentí el racismo en el cuerpo. Recuerdo avanzar hacia la pileta y la gente, en su mayoría parejas judías ashkenazi de clase media, se abrían paso como si de mí emanara cierta energía que los repelía. Hasta ese momento, yo tenía un récord perfecto en conquistar los salones superpoblados de grupos a los que yo no pertenecía en un país como la Argentina que define la calidad moral de las personas según su pertenencia a un grupo y la invitación al asado del fin de semana. Aunque parezca mentira, hay pocos entrenamientos mas efectivos que los vernissages porteños poblados de gente malísima, resentida, racista, antisemita, clasista, inculta y sin guita que goza de la perversión del rechazo a la vista de todos como compensación por sus carencias que, como ya dije, son irremontables. Debo confesar que es muy facil de desactivar y algun dia deberia dar un curso con consejos practicos para poner a las boludas del mundo del arte en su lugar con ciertos tonos de voz y temas. El problema con este metodo de gatekeeping (que no es solo argentino) es que demanda demasiada energia del que no tiene dinero para financiar el tiempo necesario para dedicarse a semejante pavada y puede generar un trauma persistente en los artistas que quieren hacer carrera por su silenciosa brutalidad.

En tanto sistema exclusionario funciona con señales que ejemplifican los modos mediante los cuales se distribuyen los honores y el mensaje siempre es claro y repite al hartazgo que para ser valorado, uno tiene que heredar ese valor o pertenecer a algun grupo especifico con un cacique reconocido que de las garantías del caso. Por eso, cuando se le da a alguna de las irrelevantes Malamutes o al hijo de Orly Benzacar una curaduría o cuando se intercambian favores en público el hijo de Adriana Hidalgo (editora) y el hijo de Orly Benzacar, el mensaje es claro y brutal. Desde ya, el acceso a esos grupos demanda cierta infraestructura que el hijo de la mucama no tiene. En la legitimante catedra de Panessi o Sarlo, hay talento pero pobres lo que se dice pobres, no hay y de morochitos, ni hablar. El MeToo y la marea de politicas de identidad no hizo mas que consolidar ya no solo el poder material de ese grupo sino que lo constituyó en un reservorio de moralidad por el solo hecho de ser mujer y gay. Sin embargo, hay dos categorias que, generalmente, son excluidas en el mundo de la cultura y la academia y no son, ni por casualidad la de mujer o gay sino la racial y de clase porque se despliegan en el tiempo y generan un trauma que va alterando las expectativas, las conductas y como diría el Pro, ‘los sueños’. El acceder a cierto tipo de educación no depende de poder ir a la universidad publica solamente sino de tener el tiempo y la alimentación suficiente como para gozar de los beneficios que ese sistema imparte. El caos organizacional y burocrático al primero que perjudica es al morochito pobre. La composición racial y de clase del activismo esta en relación directa con esto, ya que hay que tener tiempo para poder reclamar, salvo que uno esté subsidiado. Y si uno está subsidiado, la situacion es aún peor porque lo que se acaba profesionalizando no es aquello que se reclama sino el reclamo en si mismo y la identidad de víctima pasa a ser una performance rentadas: una carrera.

Uno de los problemas que los movimientos de lucha por los derechos de las minorías tanto sexuales como raciales han tenido es que están compuestas de individuos blancos que socializan en el confort de sus departamentos en Capital y se educaron en la universidad publica que es publica en nombre de los pobres pero que acaba beneficiando a esas elites autoperpetuantes, en su gran mayoria, hijos de profesionales, rentistas. Y asi, la hija del cirujano o psicoanalista cuya familia tiene un pasar decente y un par de propiedades, va a la universidad de manera totalmente gratuita, sin arriesgar nada, y se sienta al lado del hijo de la sirvienta, mal alimentado, con problemas de salud y sin la educacion inicial necesaria para competir con el porteño por becas, por ejemplo. Este tipo de estudiante tiene que tomarse dos colectivos y trabajar un turno de nueve horas para poder pagarse una pieza en una pensión cerca de la universidad o ayudar a su familia lo que demuestra que lo igualitario del sistema argentino lo es solo para los blancos de clase media a media alta. El resto está excluido por definición.

Pero con el MeToo y el NiUnaMenos se abrió una compuerta, difícil de cerrar que es la del cambio cultural de base. Esto se hizo evidente cuando escribí un post sobre una fiesta en la calle en una inauguración de una muestra de estudiantes del UNA o algo por el estilo en un predio de una Fundación frente a Parque Lezamal. Esto ocurrió en épocas de aislamiento obligatorio por el Covid que la policía no tardó en cancelar. Lo naturalizado del derecho a hacer lo que quisieran por parte de los blancos de la elite de clase media universitaria que componen ese sector del mundo del arte me shockeó pero lo que mas indignación me provocó fue el maltrato de las sororas blancas para con los uniformados ‘marrones’ que encuentran en la policía uno de los pocos lugares para trabajar y hacer una carrera pero que las sororas en cuestión no dudan en moralizar. En su banal facilismo, este tipo de feminista asocia la represión de la dictadura con el trabajo de un grupo social y etnico que pretender tener un seguro medico y un sueldo y a cambio se coloca diariamente en la linea de fuego. Mi relato generó la reacción, por ejemplo, a Marcelo Pombo que decidió volver a hablarme tras que yo dijera que su galerista, el de Barro, era un lavador de guita. Pero cuando eso ocurrió, él ni siquiera me dio el beneficio de la duda para dejarme explicar que mis dichos no eran míos sino de Agustina Woodgate, una mediocre artista de esa misma galería, a la que entrevisté hace unos siete años. Tras sus declaraciones, ella siguió siendo representada pero Pombo dejó de hablarme porque ‘yo soy peligroso’ pero por no ser identificable como perteneciente a una identidad social especifica o tal vez, por mi ‘marronidad’. No obstante esto, me consta que Pombo fue uno de los que se pusieron de mi lado durante la cancelación y pararon la pelota para leer el texto y sacar las conclusiones del caso. Alberto Goldstein, otro miembro del Rojas, se comunicó conmigo para decirme que yo era muy valioso y que me cuidara pero, obviamente, no se animó a decirlo en público sino en el ‘closet’. Como diría Frank Ocean, ‘in the dark’ porque a la luz del dia, son otros los que ostentan el monopolio de la virtud.

Hay ejemplos más patéticamente graves. En una publicación financiada por el Conicet del tipo compuesto por papers que son presentados como capítulos de un libro bajo un tema que no tiene otra finalidad que ser una linea en el CV para que los que escriben, todos amigos, puedan probar que hicieron algo mientras cobraban la beca; el actual Director del Palais de Glace, Feda Baeza, dijo por escrito que mi blog, entre otras cosas, se dedica al ‘chantaje’. La edición está traducida al ingles, tambien con dinero de los contribuyentes y el sello del Conicet. Baeza ha tenido mucha suerte hasta ahora de que yo haya tenido otras prioridades en la que invertir mi tiempo, pero cómo es posible que le dejen publicar tal cosa.

Es por esto que la llegada de ‘Identidad Marrón’ es un poco de aire fresco en un país en el que la cuestion racial es increíblemente vista todavia como o una pavada o una exageracion. Voy a intentar entrevistar a su referente legal Alejandro Mamani y alguno de los artistas que trabajan en el colectivo porque creo que su consigna aunque imprescindible, tiene grandes obstaculos. El primero es la cuestion ‘marrón’ definida, de manera visual. Cuando Bolaño dijo que Lemebel era ‘blanco’, este respondió, ‘no, mi piel es palida’. En sus performances, Lemebel ponia en escena su cuerpo como alternativa al cuerpo del homosexual normalizado y musculoso. El suyo era emaciado, sin masa muscular y carente de forma. Ese cuerpo no caracteriza a una raza sino a una clase social y a un modo de vida en el que las proteínas llegan solo en Navidad. ‘Identidad Marrón’ equilibra este problema introduciendo el viejo concepto del ‘fenotipo’ que también presenta problemas. Lo que es evidente, en ambos casos, es que el racismo es una cuestión, en principio, visual. Esto nos lleva al segundo problema, que es la elección del elitista y exclusionario mundo del arte para hacer público su reclamo. Esto es un grave error ya que ningun proyecto politico será eficaz si es formulado en el marco de una institucion elitista que transforma al ‘marrón’ en un fetiche solo para indicar lo eticamente al corriente que estan los blancos que la componen. Finalmente, la cuestion de la academia y la teoria como vehiculo de cambio social que acaba trayendo esa confusa relacion de comparacion y diferencia con el caso norteamericano que no tiene nada que ver precisamente porque, segun entiendo, es un tipo de racismo mucho mas visible tanto por el color de piel como por su historia de militancia; mientras en la Argentina, en cambio, es practicamente inexistente porque ese lugar le fue arrebatado cuando los peronistas inventaron la noción de ‘cabecita negra’ y para peor, Evita le agregó un giro afectivo e infantilizante. Si en el siglo XIX se inventó la noción de ‘amor’ (como amor cortés) que se ha venido usando para convencer a la mujer de que armar una familia bajo el paradigma del amor es suficiente por lo que se la convenció de trabajar gratis en el cuidado y crianza de sus hijos para garantizar la reproducción social y la continuidad de la provisión de fuerza de trabajo capitalista; con la llegada de Perón y más concretamente de Evita, al ‘marrón’ se lo convenció de que su pertenencia al ‘pueblo peronista’ equivalía al reconocimiento de sus derechos raciales cuando, en realidad, lo que se hizo fue diferir el problema marcando una polarización de tipos de representacion y liderazgo a traves de los sindicatos. Como sabemos, con la llegada de Menem, este esquema salta por el aire no por sus operaciones politicas porque de tan perverso fue un inepto sino porque el pais dejo de producir y el ‘marrón’ quedó, nuevamente, a la deriva. No sorprende que sea precisamente esa epoca la que obliga al movimiento de liberacion homosexual argentino a abrir su dirigencia a gente de menor extracción social y color de piel mas oscuro. Pero volviendo a la academia como lugar dinamizador del cambio social, habiendo estado ya tres años de vuelta en ella, puedo afirmar que su relación con el cambio social es la de una tumba. La presentación en Manchester del libro de ‘Identidad Marrón’ es importantísima pero irrelevante sino no lleva a conseguir fondos y conexiones para establecer alianzas que le den visibilidad real a su reclamo que debería girar entorno de algún ejemplo espectacular a mostrar en los medios extranjeros. Hoy, su agenda es poco clara. Hoy, tras que el neoliberalismo se impusiera como modelo cultural la academia ha sido convertida en un corralito en el que el discurso crítico puede circular sin represalias precisamente porque como la galería de arte, son instituciones cuya función es la de neutralizar a traves de sus ‘no sitios’. Con esto quiero decir que hay algo de cortesía y aspiracionalismo burgués que me desactiva en los modos de intervecion de ‘Identidad Marrón’ y la responsable de esto es Silvia Delfino que como ideologa de Belleza y Felicidad, estetizó y neutralizó la potencia politica de los reclamos y la evidencia sugiere que si no se sale a la calle y no se mueven cientos de miles de personas, al Parlamento no se le mueve un pelo. En esta dirección, loveartnotpeople puede ser un buen ejemplo al decidir ignorar a las instituciones (que, ademas, resentidas por haber sido ignoradas me hicieron el favor de firmar la cancelación) y a los referentes respetados (Ticio Escobar me tiraba flores en nuestra entrevista pero una semana despues apretado por quien supo ser su editora en Siglo XXI no dudó en sumarse a un linchamiento que se le vino encima como un boomerang). Desde tan abajo, el unico modo de situar una agenda es o la ilegalidad o pagar el costo de ser considerado como abyecto o directamente como ‘el Mal’. El objetivo de una causa `marrón’ tiene que ser mucho más explícito y gráficamente espectacular y el primer paso es ignorar el circulo vicioso y esteril del mundo del arte, el Estado y la academia. La serie de TV que estan preparando creo es un paso en la dirección correcta porque interviene a nivel de medios pero por fuera de los grupos restrictivos autolegitimantes y es ahi donde el activismo puede prosperar.

 

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