El Jubileo de la Reina me encuentra a pocos meses de ser ciudadano británico. Es difícil hablar de este evento porque más allá de agarrarme algo así cono un pedalín en un par de celebraciones (la mía y la de mi amiga Sally), intenté mantenerme al margen. Estos son tiempos complejos en un Reino Unido que, a duras penas se mantiene unido tras su separación de Europa. Es por esto que la celebración del récord de longevidad reinante coincide con un tufillo racista que, al menos yo, siento que crece. Tal vez sea porque vivo fuera de ese aeropuerto de intercambio permanente que es Londres y en cuyos dos primeros dos años de auto exilio provinciano me encontraba aislado en una burbuja de luto para luego pasar, sin solución de continuidad a la pandemia, para salir a la vida social ahora y lo cierto es que algo está cambiando. En mi caso esto se nota con suma claridad porque tanto por mi edad, mi apariencia física, mi apariencia de clase, mi formación y mi modo de sustento, no encajo en ninguna de las categorias armadas para el inmigrante del Sur Global. Desde ya, el modo en el que la agresión racista se me hace sentir no es explícita sino muy sutil y gran parte de las veces ni ellos se dan cuenta de lo naturalizado de su post-imperial y muy melancólico actitud. Los comentarios casi siempre son articulados con humor (inglés) que consta del uso de adjetivos positivos que connotan su contrario. El objetivo es, casi siempre, construir identidad entre ellos a costa del otro, colocandolo asi, en una posición sutilmente desventajosa. El problema con el que generalmente, se encuentran es que como analista cultural profesional yo me encuentro todo el tiempo en una posición defensiva de deconstructiva, muy entrenado para percibir todos aquellos intentos de transformarme en un informante nativo o de querer adaptar mi identidad a la conveniencia de sus objetivos. En esto, señoras y señores, no hay humanismo que valga. Hay un nosotros y un ellos pero no porque sean esencialmente malos sino porque el componente de su trauma es diferente al nuestro y eso se llama cultura.

Si uno tuviera que resumir en una oración a la sociedad inglesa, podría decirse que en cuestión de dos generaciones, la mayoría pasó de un lumpenproletariado precarizado a una ficción de propietarios con una moneda como la libra que les permite soñar con un presente continuo imperial. Sin embargo, lo que yace debajo de ese manto de supuesto ascenso social es una precariedad laboral que los afecta directamente y ha privatizado todos sus problemas lo que convierte al NHS (sistema público de salud) en un milagro digno de la Segunda Guerra Mundial. Ese es el bastión de política social que el conservadurismo no ha podido destruir aunque aprovechó el COVID para dematerializar y atar a la industria farmacéutica como reemplazo directo de la medicina. En la Inglaterra actual de la Reina Isabel II, todo inglés y residente en el Reino Unido tiene derecho a la salud entendida como una charla por video con su médico de cabecera quien se limita a recetar pastillas que luego puede comprar con grandes descuentos. Lejos de acceder a la salud, esto es una acceso a una ficción o, mejor dicho, a un placebo que homogeneiza las enfermedades y transforma en anti-social cualquier intento de alteración de ese orden, supongo, enfermándose en serio. Así, un súbdito de la Reina cree tener algo que no tiene y se cree alguien que no es en nombre de un imperio que ya no existe. Una máscara, detrás de otra máscara, detrás de otra mascara.

 

Este convencimiento de que gracias a haber heredado una propiedad (por pedorra que sea) y haberse metido a tiempo en una hipoteca, la vida ya está, de por sí, solucionada y de que los sueños de ascenso social de los ancestros han sido cumplidos van de la mano de una educación universitaria especialista que solo llega a ser generalista para las clases más ociosas y pudientes. Por su parte, el arte, a pesar de lo que afirmaron hasta el cansancio Tracy Emin y Damien Hirst, es una profesión de la clase media alta y alta. Esto es agravado por el hecho de que el dinero no es considerado simplemente como un instrumento de apreciación sino como una fuente de identidad. Así, el arte, en un contexto de movilidad social que nunca acaba de concretarse realmente, funciona como lubricante justificador. No hay cena o encuentro social de la clase media joven en la que el arte no aparezca como método de reconocimiento del lugar del otro en esa escala.

Personalmente creo que este Jubileo es el canto de cisne de una monarquía que ya no tiene chances, por la sencilla razón de que la generación que la ha venido sosteniendo ya se murió. Las condiciones para esto fueron preparadas por ese cambio cultural, diría yo, espiritual, que comenzó con Thatcher y siguió con Tony Blair, desafectando a las siguientes generaciones para las que todo depende de la salud del mercado definido a través de la burbuja especulativa e inmobiliaria. De hecho, en mi reciente viaje a Dinamarca, me sorprendió el profundo amor que sienten las generaciones jóvenes (veintipico) por su Reina. Este no es, ni por asomo, el caso de Inglaterra cuya reina es vista como un símbolo más entre muchos. Me atrevería a decir que la Reina hoy está por debajo en popularidad del National Health Service.

Su Reinado termina en la ficción de un éxito que no ha sido ni por asomo alcanzado. Durante la larga vida de Su Majestad, Inglaterra perdió el imperio, se convirtió de manera fanática al neoliberalismo, destruyó las comunidades y la noción de familia y todo esto lo hizo para transformarse en uno de los centros financieros de dinero manchado de sangre para, no obstante esto, intentar colocarse en el lugar de valuarte de protección de la ética y los derechos humanos en tanto ex cabeza de Imperio. A esto hay que agregar, el que se ha autodesignado como depósito ‘en nombre de la cultura universal’ de una serie de objetos sustraídos por la fuerza o el engaño a otras culturas. Todo esto tiene un costo y es que Inglaterra es un lugar en el que las relaciones sociales son, en principio, transaccionales. El lugar de superioridad moral que siempre pretendió ostentar quedó por el piso cuando se supo que hasta muy recientemente, se hizo pagar a los descendientes de los esclavos libertos a principios del siglo XIX aquellos préstamos tomados para compensar a sus amos por el inconveniente de tener que dejarlos ir, quienes, no obstante ello, procedieron a emplearlos con sueldos aún menores y condiciones más infrahumanas. (ver mi post al respecto) Tras esto, lo único que podía convencer a los ingleses de su superioridad fue el haberse adelantado (con Thatcher) al giro neoconservador que se desató con furia tras los 60s y 70s y que encontró en la Guerra de Malvinas un muy necesario aglutinante. En eso, el timing de la Junta Argentina no pudo ser más oportuno porque le dio a Thatcher la oportunidad de transformar esa melancolía monárquica en la ficción de un poder planetario.

Pero más allá de lo que los ingleses se dicen a sí mismos, la globalización financiera hizo que gran parte de las empresas que emplean al precarizado trabajador quedaran en manos de capital extranjero. Hoy Inglaterra confirma el dictum de que el arte se anticipa veinte años a la realidad ya que fue entonces cuando Martin Amis en su ‘England, England’ anunciaba el vaciamiento material de un país cuya existencia quedaba supeditada a una cascara simbólica de su glorioso (es decir, aberrante) pasado viviendo a prestamo. Si se quiere la diferencia entre Argentina e Inglaterra no es tanta como se puede llegar a creer ya que mientras la primera ha naturalizado su melancolia como una patologia constitutiva de su ser, Inglaterra se creyó su precaria mentira y si se quiere, el exito del reinado de Isabel II fue solo eso.

 

LA CAÑECHAT Y PASTELA DE ESTA SEMANA SON IMPERDIBLES

 

EL MARTES 7 DE JUNIO COMIENZA EL CURSO DE ARTE GRIEGO CLÁSICO: ENTRE EL ESCLAVISMO Y LA IDEALIZACIÓN DE LA VIRTUD MISÓGINA / NUEVO CICLO DEL MASTER LANP