La relación entre Jorge Lanata y el arte es compleja y me atrevería a calificarla de irrespetuosa. En sus programas de radio y TV, el arte es abordado de manera idealista. Es decir, el objeto artístico funciona como un atajo a alguna esencia; ya sea, belleza, divinidad o genio Por su parte, su colección, si bien ecléctica, se inclina hacia la abstracción que funciona como una plataforma a partir de la cual, el periodista construye identidad de ‘coleccionista’ de espaldas a los problemas que lo involucran diariamente. Las abstracciones que colecciona le dan deliberadamente la espalda a la sociedad y apuntas hacia él, de manera solipsista. Digo esto porque coleccionar arte concreto además de ser aburrido, es extremadamente difícil. Fue la burguesía la primera compradora de ese tipo que copiaba las vanguardias del centro internacional para mostrar que estaban au courant con los avances del mundo. Esto que acabo de decir es valido hasta el grupo Madí que, como Fluxus, un poco después, incluiría la parodia y el juego. Uno, hasta podría decir, que Lanata se viste Madi; uno nunca sabe si es en serio o en joda. Por su parte, coleccionar arte abstracto es aburrido porque o bien sus reglas son una consigna que se repite hasta transformarlo en un ejercicio (ni siquiera teórico) autorreferencial (lo que nunca es bueno) lo que ha redundado en reafirmar que la autenticidad es muy difícil de documentar en el estudio del artista. El problema con la Argentina es que hubo una versión de la vanguardia muy institucionalizada pero nunca llegó a haber un mercado que habilitará un registro y documentación exhaustivo por parte de los artistas.

Pero este es el quid de la cuestión; en honor a la verdad lo que le pasó a Lanata (el que una galerista le vendiera como auténtico no sólo tres obras sino sus reposiciones, una vez que se enteró de que eran falsas) lejos de la excepción es la regla y lo vengo diciendo desde hace mucho tiempo. Hay artistas reconocidos que me confesaron dedicarse a la falsificación. Los nombres los sorprenderán. Esta no solo es una práctica expandida sino normal. En mis épocas de art advisor, la precariedad del sistema de certificación que, generalmente, se hace entre (no) académicos amigos hace imposible afirmar la autenticidad de una pieza. Además, esos académicos no están especializados en esos artistas lo que hace todo muy volátil y subjetivo. Si a esto se agrega que el coleccionista argentino medio, con honrosas excepciones, no tiene idea de lo que está comprando, el resultado es explosivo. Sin ir más lejos, el rol de art advisor directamente no existe en Buenos Aires con lo que el coleccionista depende de esa triple alianza entre curador (que hace las veces de academico), galerista y pariente del artista (que muchas veces trabaja multiplicando los originales heredados).  Es más, yo me atrevería a decir que en la colección de alguien como Jorge Lanata el 50% debe ser falso y en honor a la verdad, ese 50% nunca será descubierto. El hecho de que estos hayan sido descubiertos es un misterio en sí mismo que amerita ser considerado y demuestra que, al menos, el que le vendio el cuadro trucho no pertenece al sistema nacional de falsificaciones. 

 

LA CAÑECHAT Y PASTELA DE ESTA SEMANA SON IMPERDIBLES