Recibí varios mensajes preguntando mi opinión respecto a la crisis política que atraviesa Inglaterra, a poco de volverme ciudadano. Esto se puede responder de varias maneras pero principalmente de dos maneras. La primera es la agónica-política y la otra es la cultural y espiritual. Escribo esto mientras me encuentro dando un curso en el Lanpinsitute sobre los Young British Artists en las décadas del 90 y el 2000 que me ayudó mucho a entender el tono de este blog y su forma de intervención en una realidad y una sensibilidad tan distinta como la Argentina del 2010. La guerra de las Malvinas de 1982 fue una oportunidad para Margaret Thatcher y para el conservadurismo no solo britanico sino internacional de implementar una serie de medidas que, como dijo ella, significarian una alteración en el alma de la gente. Hace dieciocho años que me instalé en Inglaterra y no deja de sorprenderme cómo sus ciudadanos han naturalizado un sistema que privatiza todo, por ejemplo, la depresión, como un fracaso del individuo por no saber o no poder optar por una vida sana. Ni se les ocurre pensar en las responsabilidades sociales o del sistema. En otras palabras, desde la década del 80, Gran Bretaña ha encarado el trauma de dejar de ser una potencia internacional convenciendose de su, supuestamente, inigualable ética del trabajo, creatividad y experiencia. En realidad, esto no es otra cosa que una ficcionalización de una realidad mucho más cruel; la de un sistema laboral hiperflexibilizado que puede echar a un empleado sin indemnización de una dia para el otro y de una cultura carente de compromiso político que ha dejado de saber que su razón de ser es modificar el futuro y cuya única fuente de legitimación son las instituciones (todas cuestionadas). Esta es una sociedad especulativa con una economía especulativa que no solo necesita creer sino que transforma a la mentira en realidad hasta que ocurra lo contrario. Este tipo de negación es inherente al neoliberalismo. Boris Johnson es el resultado de esa cultura de la mentira. El problema es que su falta de integridad ética y coherencia ideológica y discursiva puso en peligro una ficción aún más fundamental para los ingleses: la de la cortesía y la caballerosidad. Parte de esa ficcionalización de la política y esto es algo que no solo ocurre en Inglaterra, fue la de transformar la pelea de poder en una discusión de si Johnson había hecho una fiesta en épocas de lockdown o no, como si los problemas reales no fueran otros. Es por esto que yo leo la era Johnson como, tal vez, la más honesta de la historia reciente de Gran Bretaña y la actual crisis como otra cortina de humo. Esto, de ninguna manera, significa que coincida o convalide las políticas y actitudes del Primer Ministro que, a mi entender, han sido calamitosas.

En cuestión de horas, el apoyo de su partido colapsó. Sin embargo, cuando un miembro de su gabinete le preguntó en público cómo pensaba que le había ido dijo como si fuera un robot y todos nosotros estúpidos: ‘Terrific’. Johnson tiene ciertas características sociopáticas compartidas con los galeristas o diputados que llegan al gobierno con apoyo de sus punteros locales. Tienen la capacidad de seguir mintiendo aun cuando sus mentiras ya han sido descubiertas y, a pesar de eso, no se dan por vencidos. Lo que esto esconde es cierta esperanza en que alguna catástrofe desestabilice la realidad para sacar provecho del caos. Lo que ocurrió ese día era innegable y duro aún para pastores de la post-verdad como él. Su gabinete, había renunciado, prácticamente en su totalidad. En ese momento, se esperaba su renuncia pero, en lugar de eso, decidió en un acto Shakesperiano echar a Michael Gove, una de las figuras fuertes del Partido Conservador y no solo eso, ya que fue su compañero de ruta en la campaña a favor del Brexit. Debemos recordar que cuando Johnson se decidió a competir por el cargo de Primer Ministro sorprendió a todos no eligiendo a Gove como su mano derecha y lo hizo dejando en claro en publico su voluntad de humillarlo: ‘no tiene el carácter necesario para este puesto’, dijo. Gove, por su parte, fue la semana pasada el encargado de ir a comunicarle, en nombre del partido, que sus días como Primer Ministro había llegado a su fin, tras lo cual en lugar de renunciar Johnson lo echó y emitió un nuevo comunicado humillante diciendo que ‘era una yarará’. Para peor, esto no lo dijo él sino su principal asesor.

 

Johnson es un traidor reconocido. Theresa May le dio una oportunidad única nombrándolo Secretario de Relaciones Exteriores tras ser intendente de Londres que, a pesar de lo que se pueda pensar en Argentina en donde ser intendente es un escalón camino a la Presidencia, en UK es un cargo considerado de segunda categoría. Fue en esa función en la que hizo una sucesión de papelones que no podían preanunciar que terminaría como PM; entre ellos, sus declaraciones sobre la detenida de ciudadanía británica en Irán Nazanin Zaghari Ratcliffe quien desde Abril del 2016 y respecto de quién Johnson irresponsablemente dijo frente al Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de los Comunes que no era verdad que ella estuviera de vacaciones en Irán, como ella venía manteniendo sino que había participado en actividades de propaganda subversiva contra los iraníes. Esto fue dicho con ella detenida y fue usado por la corte que la enjuició en su contra. Cómo Johnson no perdió toda posibilidad de avanzar en política después de eso solo puede entenderse teniendo en cuenta el racismo a flor de piel del inglés promedio.. Además, como Ministro de Relaciones Exteriores de May, ni siquiera pudo negociar el Brexit lo que se extendió hasta su gestión donde algo simple resultó más complicado. En otras palabras, su paso por la Cancillería fue otro rotundo fracaso.

 

 

En el verano de 2019 se transformó en líder de su partido y en las elecciones del 2020 arrasó con el voto supuestamente obrero pero, de hecho, desocupado. A partir de allí se creyó una divinidad. Ademas, que él fuera el que arrasó es muy relativo ya que May renunció no por ineficiente sino porque ya estaba harta tras una muy buena gestión carente, absolutamente, de carisma. A favor de May, debo decir que ese parecería ser el costo a pagar por toda mujer líder que quiera ser respetada en política ya que si tiene demasiado carisma no se la toma en serio.

Lo cierto es que los problemas de gestión en la era Johnson empezaron desde el comienzo. La llegada del COVID puso en blanco sobre negro el que no tiene ni idea de qué hacer ni sabe por donde empezar. Prueba de esto fue que Gran Bretaña fue el país del primer mundo más afectado económicamente por la pandemia. Esto fue algo que el público no se lo cobró porque al contraer el virus él mismo y estar al borde de la muerte, la atención se desvió de su gestión para focalizarse en ese rasgo generacional de los ingleses de 50 y pico: el no saber quién se es hasta muy tarde en la vida. Pero luego llegó la vacuna y él la supo capitalizar aunque poco tuviera que ver con él. Esto pareció hacer borrar su pasado de inutil como por arte de magia pero fue justo ahi cuando cometió el peor error de su vida que fue no echar a su mega-asesor, Dominick Cummings, quien fue a visitar a su familia y de paseo turístico en medio del lockdown. Frente al shock de todo un país que sufrió mucho la pandemia y cuyas tasas de depresión por soledad ya eran altas, él decidió hacerse el fuerte y no lo echó. A partir de allí, todo fue cuesta abajo. . Yo creo que en ese momento todo comenzó, realmente, a cambiar porque había una falta fundamental de respeto por valores básicos al permitir que Cummings se saliera con la suya. En una país tan atrincherado en la tradición y en ciertos ideales medievales del honor del caballero así como en un fetichismo de la norma, algo se rompió ya que esto acontece casi simultáneamente a la muerte de Philip que obligó a la Reina a llorarlo a solas.

 

Luego, hay algo muy difícil de explicar que ocurrió durante su gobierno y es que el viejo y dormido racismo inglés volvió a aflorar con fuerza. Yo comencé a sentirlo como nunca antes y me comenzó a preocupar. Desde ya, esto es la consecuencia directa del discurso utilizado para referirse al Brexit y de lo que el Brexit conlleva en términos de crisis económica. Esto es algo que la gente comenzó a sentir y lo volcó primero demonizando al extranjero y ahora, quitándole el apoyo al que los llevó a esa situación. Decirle a la gente que alejándote de tus vecinos, te vas a hacer más rico es algo contraintuitivo y de parte de un Primer Ministro, una mentira cuya consecuencias se empiezan a notar. Su legado es destructivo. No hay nada positivo para decir de Johnson.

Ahora Gran Bretaña entra en un limbo institucional. Cuando Theresa May dimitió, continuó como Primera Ministra durante seis semanas. Están los que creen que Boris Johnson se niega a dimitir esperando que algo pase y que la urgencia de los acontecimientos demanden continuidad. También existe la posibilidad aunque remota de que llama a lo que se conoce como una ‘snap general election’ pero para eso el Partido Conservador tiene que estar, valga la redundancia, realmente partido y no poder lograr un acuerdo sobre el sucesor lo que parece no ser el caso. Por eso creo que su suerte está echada. Lo que ocurrió con él nos enseña cosas muy próximas de lo que se discute en este blog. La necesidad de tener la libertad e igualdad de oportunidad de expresar el disenso y de señalar los mecanismos exclusionarios naturalizados por las instituciones que se supone tienen el prestigio y por aquellas que se asignan la defensa de los que menos tienen, es una preocupación y ya no un derecho aunque la ley diga lo contrario. Vivimos en estado de toque de queda.. La caída de Johnson es responsabilidad solo suya. Su vanidad lo hizo cometer errores y sostener lealtades desafiando el sentido común. Esta creencia de que la palabra tiene el poder de una acción y que no tiene otra consecuencia que la querida es una falacia. La cultura de la cancelación viene del otro extremo del espectro ideológico pero se toca con Johnson en su facilismo y oportunismo.

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