A primera vista, Oscar Contardo encarna una chilenidad gay progresiva en contacto con el mundo. Pero al acercarnos algo parece no oler tan bien en Dinamarca. Todo aquel que vea nuestras numerosas charlas en mi canal de YouTube o en este blog, inmediatamente percibirá una energía cercana a la amistad pero esta parece venir condicionada por una vida vivida en un contexto profesional y sexual difícil en el que Contardo eligió y esas elecciones parecen reflejarse en la respuesta automáticamente positiva que recibe su trabajo ensayístico en un nivel superficial pero en la dificultad que parece encontrar en traducir esa inserción mediática e institucional en autoridad intelectual. Sus ensayos, que constituyen libros por su longitud, encarnan la grieta que parten al país vecino en dos grupos, a partir de un sistema de legitimación social fundado en fuentes de origen racial o de adscripción a ciertas élites. Tras la publicación reciente de su biografía del artista de performance, cronista, novelista y activista Pedro Lemebel que más que una biografía es una auto etnografía de Contardo en su intento de usar la figura de Lemebel para lograr esa ansiada autoridad intelectual. Los términos en los que esto se plantea son de profundo interés para este blog. 

En nuestra legendaria entrevista apropósito de su libro Siútico tras la que estuve poco de ser declarado persona no grata en Chile, lo que me llamó profundamente la atención fue que, en lugar de salvaguardar a aquel que se esfuerza por hacerse un lugar en un contexto socialmente inmóvil, tamaño esfuerzo estuviera dedicado a condenar a una figura que puede ser definida de manera despectiva como un arribista y en la que encuadran personajes como Tomás Moro, Diego Velázquez o el mismísimo Contardo, por qué no? Aquellos que no están al corriente del lenguaje prosaico de Chile, siútico es el peor insulto que se puede recibir. El que Contardo haya puesto ese libro al servicio de la legitimación de este insulto llama la atención. 

Esta auto etnografía by proxy of Lemebel de Contardo fue publicada hace tres semanas y lleva como título “Loca Fuerte: Retrato de Pedro Lemebel’. La crítica la ha recibido con neutral indiferencia y si bien ha tenido artículos que dieron cuentas de su publicación como por ejemplo el aparecido en medios afines al pinochetismo como El Mercurio bajo el título “Lemebel representa la insatisfacción que nadie quería ver” o en Las Último Noticias titulado “A Lemebel le cargaba ser visto como víctima lo que le gustaba era desafiar”, lo cierto es que tanto el entorno de Lemebel así como las figuras más relevantes de la neo vanguardia que, en su momento, sirvieron de marco para que ese mestizo mapuche lograra la legitimidad suficiente para presentar la abyeccion de un tipo de cuerpo percibido como censurable u obsceno para una sociedad racista y clasista como la chilena, manifestaron cierta incomodidad que amerita ser explorada. Paradigmática es la posición de la crítica cultural y scholar Nelly Richard quien ha dicho que “Loca fuerte” de Contardo no es sino un “gesto forzado” que intenta aportar algo imposible de hacerse sin haber experimentado esa Contra-Cultura. Si bien es difícil estar de acuerdo con esto ya que implicaría el fin de la representación y del arte en tanto tal ya que presupone que solo se puede escribir de aquello que se ha vivido, los comentarios de Richard apuntan a cierta impostura que se hace evidente apenas se abren las primeras páginas auto-etnografica de “Loca fuerte”.

El libro me interesa particularmente porque me encuentro en proceso de finalización de una investigación en la que comparo los modos en los que las contraculturas de la década de los 80 y 90 en Argentina y Chile, respectivamente, abordaron la cuestión del SIDA cuando aún no se habían descubierto los cockteles retrovirales y cómo esto impactó en la clasista y racista sociabilidad artística. En el caso chileno, el nivel de violencia con los que se delinean los bordes de la élite cultural me llamaron la atención. El estar afuera o adentro de la Escena de Avanzada era algo que solía anunciarse de manera violenta y llevaba una fuerte carga de odio personal. Esa élite cultural tenía porteros o gate keepers, en su mayoría mujeres blancas de clase media alta casadas con hombres profesionales con buenos ingresos con el tiempo suficiente como para poder dedicarse al arte posmodernista. Una de ellas es Richard y otra Carmen Berenguer, quien gráficamente Lemebel hace aparecer en su performance La refundacion de la Universidad de Chile con Las Yeguas del Apocalipsis, el duo que creara con Pancho Casas, tirando de su yegua. Es Berenguer quien, casi treinta y cinco años más tarde es citada por Contardo opinando sobre la validez o calidad de la profunda y compleja relación que el performer tuvo con su amigo, el histórico activista chileno, Víctor Hugo Robles. En la página 197 del mencionado libro Contardo dice: “Ese intento estableció una amistad compleja con Lemebel, una relación con altos y bajos y que algunos ponen entre signos de interrogación. Carmen Berenguer por ejemplo sostiene que nunca lo quiso. Y otros dicen que en realidad era un vínculo instrumental”. Esto es inmediatamente seguido por inexactitudes incomprensibles cuando el mencionado Robles está siendo cuestionado. En palabras de Contardo: “En su libro Bandera Hueca, Robles rescata su tiempo como activista incluyendo la historia que cuenta sino imitando su estilo”. El libro al que Contardo pretende referirse no es Bandera Hueca sino El Diario del Che Gay en Chile y las inexactitudes respecto de Robles continúan al punto que incluye como co-presentador de su programa de Radio Tierra a Juan Pablo Sutherland lo que nuevamente es inexacto y nos permite dudar de las buenas intenciones del autor para con Robles. Si se quiere, el don de Lemebel fue el modo en el que pudo manipular no solamente los límites de la élite cultural sino a sus guardianes y gate keepers, algo que parece condicionar el alcance intelectual de Contardo porque, consciente o inconscientemente se coloca en ese lugar.

 

Considero a Contardo como un “amigo” y noblesse oblige, antes de publicar esta serie de artículos sobre el problema de lectura que plantea el neoliberalismo gay, decidí llamarlo para contarle y pedirle su opinión al respecto. Su respuesta fue infantil acusándome de conspirar con Robles (como si esto fuera relevante en la construcción de un argumento o una lectura alternativa) y finalmente no respondiendo mis mensajes. Lo cierto es que aquellos que conocen profesionalmente a Contardo saben que es un personaje difícil que puede llegar a ser hasta conspirativo, de hecho un autor en el anonimato dijo que la UDP lo castigó por cuestionarlo en un portal sacándolo lentamente de la Sección Cultura. Esto lo hace un personaje temido en el medio por el sector cultural no por su potencia intelectual sino por su capacidad de cabildeo. Hasta podría decirse que Contardo es su peor enemigo ya que a pesar de haber algo muy valioso en la voluntad de sacar a Lemebel del estéril lugar del héroe queer, entendiendo por queer, algo no sólo emancipatorio sino felicitable en si mismo, Contardo lo usa para posicionarse en una interna que lo deja como el guardia de una élite de señoras que se adjudica la representación de la memoria contracultural y al hacerlo comete dos grandes errores. El primero es publicar en esa editorial universitaria. La UDP, una universidad mediocre, costosa, con muy poca investigación pero muy liberal en su estética que, sin embargo, lo hace cometer el grave error de refrendar una tapa que pretende ser una parodia de la Virgen y termina como un homenaje a la Unión Europea en las estrellas que rodean la cabeza de Lemebel. Pero este paso en falso confirma las pretensiones burocráticas y carrierísticas del autor quien se ha venido constituyendo en el amigo gay del grupo de intelectuales blancas de clase media que conforman el corazón duro de la neo vaguardia en tiempo del performer y que al momento de apoyarlo, deciden no hacerlo. Ademas, hay una diferencia fundamental con Lemebel y es que este manipulaba esas amistades para sus propios fines como activista defensor de la transexuales marginales expuestas a lo peor del SIDA, mientras que Contardo construye identidad a través de su manifiesto carrierismo que es una de las claves con las que observa a Lemebel. 

El libro se estructura en cuatro capítulos que pretenden dar cuentas de un Lemebel tridimensional y humano pero a costa de su arte. Dicho de otro modo, para Contardo, todos los hechos de la vida de Lemebel (incluso su obra) son reactivos y no el producto de autónomas decisiones estratégicas. El primer capítulo está destinado a la ya mencionada auto etnografía de Contardo que este usa como metodología para describir con cierto nivel de jouissance los trámites que tuvo que hacer para encontrarse con el autor, quien es descrito como narcisista, inconsistente, infantil, y poco profesional. En otras palabras y a la luz de lo que vendrá en el que, para mí, es el fatídico capítulo 3, Contardo nos muestra a Lemebel como un gay adicto a la cocaína y alcohólico que no puede insertarse en el sistema neoliberal en que, según el autor, pretende insertarse quedando al margen como los transexuales a los que defiende. Para Contardo Lemebel es el tipo de gay con el que no se puede contar porque está demasiado ocupado lidiando con “el trauma de ser gay” o militando como activista. Contardo se olvida de que Lemebel llegó casi a ser un desarrollador inmobiliario con más de cinco propiedades en Santiago. El segundo capítulo, por su parte, está dedicado a su infancia a la que romantiza a partir de una fuente que es la de Jorge Leiva que va en dirección a la heroización del queer como acosado y víctima de bullying todo el tiempo. Solo basta ver la personalidad de Lemebel para darse cuenta de que esto no pudo haber sido tan así. El tercer capítulo está dedicado a sus escritos y a lo que podríamos titular “la Guggenheim” o la casa que Lemebel compró en la calle Dardignac que Contardo describe como un antro de perdición en el que Lemebel se comporta como un alcohólico psicótico que tira sillas y espejos a sus amigas de la élite cultural y se asocia con delincuentes (algo que parece molestar a un Contardo que después de todo está escribiendo sobre un escritor marginal que usaba esos mismos márgenes como intervenciones en el espacio público). A este respecto es el mismísimo y maltratado Robles quien trae un poco de luz contándonos que, al morir, Lemebel se encontraba en proceso de escritura de un libro sobre su amigo el poeta homosexual y delincuente profesional como el mismo Patricio Egaña se presentaba, y que iba a llevar el título “El éxtasis de delinquir”. Continuará… 

INTELIGENTSIA COMUNISTA DE ESTA SEMANA PRESENTA MI PRIMER CHARLA CON LA HEREDERA DE LA NACION

ESTA ES LA RESEÑA DE LA REVISTA.CRISIS A MI ‘HISTORIA A CONTRAPELO DEL ARTE ARGENTINO’.

LA ÚLTIMA CAÑECHAT ES MI CHARLA CON BOSCO Y JOJO DE KIM Y NOVAK TRAS LA PRESENTACION DE SU DOCUMENTAL

LA CAÑECHAT Y PASTELA PREVIAS SON IMPERDIBLES