Para ver el video de Monica Millan hablando de Petrona Martinez en el marco de la muestra Ao en el Malba, cliquear aca

A primera vista, la muestra ‘Aó: Episodios textiles del Paraguay’ que tiene lugar en el Malba se presenta como un ejercicio derivativo del modo curatorial del Museo del Barro de Ticio Escobar. No creo equivocarme si digo que hay en la curación algo de plagio en el modo en el que la artesanía textil es presentada en el formato de Alto Arte lo que por hipérbole y oposición connota su exacto opuesto: un arte menor e irrelevante en el ‘gran esquema humano’ que el arte elevado dice representar desde el Romanticismo. Sin embargo, hay una diferencia clave porque mientras el Museo del Barro reclama artisticidad para lo guaraní en la presentación etnográfica en vitrinas y estantes a los fines de destilar cierta pureza de origen (uno quiere suponer, en la selva), la muestra del Malba va un paso mas allá y presenta los textiles como lo que no son: esculturas clásicas sobre pedestales y tapices flamencos. El clasicismo inyectado en la curación ocurre desde el momento en el que se decide que las escultura/textiles sean blancas  alegorizando preocupantemente lo puro y auténtico. Las ‘esculturas’, en cuestión , son hechas de tejido y blancas como si se las forzara a emular a sus contrapartes renacentistas lo que mas que responder a la identificación de lo femenino con lo paraguayo, informa un patriarcalismo excepcionalista del objeto valorado por la institución privada y, potencialmente, adquirido por el rico. Es por esto que a la impronta nacional(ista) se le superpone la de clase. Dicho de otro modo,  el arte de los pobres es presentado ‘en apoteosis’ como arte adoptado por una elite blanca con un privilegio tan perfeccionado en su ejercicio que ni siquiera necesita disimular la blanquizacion literal de su curación. Es como si la diferencia entre Petrona, una de las hilanderas pobres a las que se refiere una de las curadoras (Monica Millán) como ‘artistas’ radicara en que la primera tiene que usar las manos para producir el objeto mientras que esta última no precisa más que su presentación personal (como sujeto superador) lo que establece una division internacional del trabajo en el que un confundido Buenos Aires pretende melancólicamente marcar su superioridad sobre el Paraguay, usando diminutivos que en nombre de un supuesto cariño, negrean e infantilizan. Neoprimitivismo delirante de un pais con Sergio Massa como Ministro de Economía y Cecilia Moreau como Presidente de la Camara de Diputados.


Pero la blancura es aún más patente en la promoción que graba Millan  como Reel de Instagram. Con un corte de pelo masculinizado que denota seguridad en la construcción de su propia subjetividad y da cuenta de ciertos recursos exclusivos a la megalópolis, luciendo una camisa de cuello Mao y encaje que apunta hacia al Paraguay desde un minimalismo supuestamente educado en la discreción pero abiertamente conscientemente de sí mismo y en pose, Millan nos cuenta en un tono pausado y con un acento falsamento 
paraguayo que la muestra es el resultado de su estadía en una recóndita región del Paraguay llamada Yatarití de Guayra. La fascinación consigo misma que esta mujer demuestra es tan patetica y aspiracional que da ternura. Conozco, por lo menos, dos artistas paraguayas que se la comen para la merienda aunque ella esté tan convencida de su superioridad racial. .

A esta altura del giro decolonial en el mercado del arte, lo de Millan puede calificarse como un lugar común de cierto feminismo blanco de elite metropolitana hija de puta, qué pretende lucrar presentando como decolonial  la sistematización de su delirio narcisista. Esto es hecho con vagancia de clase media reaccionaria en la que su blancura supone garantizar atajos como si éstos fueran derechos adquiridos. En este punto, el racismo se vuelve violento y ocurre a través de la adopción paternalista de una experimentada matriarca pobre, generalmente entre la edad madura y la ancianidad, que logra sobresalir en su comunidad sobre sus pares lo que la hace visible para los tiburones de la decolonialidad feminista que acaba siendo mas extractivista que el patriarcado. Asi, Petrona Martinez es presentada como un experimento n social de Millan y fuente de financiamiento. Lo que antes implicaba la venta del producto artesano a precios de boutique chic, ahora es transformado en ventrilocuismo de una clase media hecha pedazos que necesita sentirse paradójicamente ética y socialmente superior. Durante mis nueve meses de estadía en Maragogipe, un recóndito pueblo en el Nordeste brasileño, conocí a una divorciada blanca que había hecho el mismo Master de historia afro brasileña que mi ex y había elegido como tema de tesis la vida de una artesana de la cerámica local de 80 y pico de años. Lo que comenzó con un proyecto académico rápidamente se transformó en un emprendimiento turístico, si se tiene en cuenta que la blanca en cuestión no solamente era la dueña de la casa que yo alquilaba, sino de un petit hotel en en el que funcionaba una suerte de Bed & Breakfast boutique que incluía en la experiencia de la clase media paulístana que visitaba el lugar, ir a conocer a la pobre vieja que era transformaba más en un animal entrenado y espectacularizado para el ojo hambriento de exotismo a los fines de la performance de la buena vida. Lo de Millán no está lejos de eso, al punto de atreverse a calificar a la comunidad en la que trabajó de manera extractiva de ‘encerrada sobre sí misma’ como si hablara de un gato vago,  durmiendo la siesta si más sentido en la vida que ver el tiempo pasar, comer y bostezar. Supongo que para comer necesitan manteles que son los objetos convocantes. Creo que no hace falta aclarar el primitivismo desplegado. Es como si Millán se hubiera desplazado hacia el pueblo ‘enrollado sobre sí mismo’ para mostrarles su verdadero valor al presentarlos higienizados y blancos. Hasta la imagen de video tiene un filtro blanco. Pero esto no es lo peor sino cuando hace referencia a la colaboración específica entre Petrona Martínez y ella, se coloca en el lugar del autor intelectual diseñando bocetos que minimiza en un intento de disimular su narcisista obscenidad como ‘dibujitos’ que son  pasados del intelecto a la materia por la artesana. Al plantear esto, Millán establece una diferenciación entre arte conceptual metropolitano y blanco, por un lado, y artesanía marrón, pobre y carente de forma o criterio estético. Esto no hace otra cosa que repetir la definición idealista romántica para la que el arte es algo metafísico y sin función.

Desde ya, la pobreza analitica de Maria Paula Zacharias, a.k.a ‘La Brutita’.hizo que la definiera como ‘dueña de una obra rica, delicada, inspirada en la naturaleza y en los pueblos ancestrales, siempre sensible a las luchas de las mujeres, de la tierra y la vida en comunidad’ para inmediatamente después comenzar su sicofantica entrevista con la siguiente pregunta: ¿La obra que presentás en Malba es de tus viajes por Paraguay tras merecer una beca de la Fundación Rockefeller?. Realmente, hay que ser alguien, en serio, primitivo para no advertir las paradojas de la pregunta. Aspirantes a ginecocratas con una pasión desesperante por transformar el arte en burocracia. Además, pelotudas, si les preocupa tanto el medioambiente y el genero, que mierda hacen en el museo privado de alguien como Costantini.

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