Hace un par de dias, Dario Loperfido publicó  en la ilegible Newsweek Argentina, un texto que si aún tuviera vida política sería  su tercer gran suicidio político y cultural. Loperfido, a pesar de no tener formación secundaria o terciaria, fue varias veces Ministro de Cultura, y para expresar su opinión n, eligió (o, tal vez, esto ya no sea una opción para su espíritu desesperado) un tono de señora ofendida de Recoleta cuya medicación antipsicótica ha sido discontinuada. Lo suyo es, desde lo retórico, un disparo sin munición análogo al del sicario brasileño cuya “misión” era matar a Cristina pero, claro, “en la cancha se ven los pingos”. Mucho de esa desesperada e infantil incapacidad puede advertirse en el artículo en cuestión que no amerita ser analizado en lo que respecta a su contenido ya que su clasismo desplazado da cuenta de una amnesia selectiva a la que ya el ángel caído delarruista nos tiene acostumbrados al decir: “la marginalidad tumbera del kirchnerismo no es algo nuevo sino la última reencarnación de un movimiento que es violento, corrupto, fascista desde su creación”. Si fuera él , pensaria mas detenidamente en los modos en los que esa “marginalidad tumbera” se vincula, tal vez como consecuencia, con el libertarianismo confundido y sin programa de De la Rua. Tambien pensaria en el lugar del peronismo como generador de un universo de posibilidades que, de haberlas aprovechado, le hubieran dado  a el, el titulo universitario del que carece y posibilidades impensables aún en países como Chile y en Brasil, al menos y con reservas, hasta Lula.

Pero no es esto lo que me preocupa sino algo que me dejo estupefacto durante mi cancelación y salio de la boca de Andrea Giunta y tiene que ver con la asociación automática que la dirigencia pseudo-progresista en la Argentina post-90s (yo me fui en el 2003)  establece entre disentir y aniqular al enemigo.Cuando en el diario Perfil, la Doctora Giunta me calificó como “El Mal” me dejo atónito . En principio, porque tuve que dejar de considerarla un adversario valido sino un chiste desesperado por prebendas. El problema es que si se mezcla el interés, la lucha política y semejante fanatismo Giunteano-Loperfidiano, lo unico que queda es la discusion de ideas desde la exageración melodramatica de lo afectivo y el efecto de esto puede ser letal como lo acaba de experimentar la Vice.

El título del texto de Loperfido resume su cosmovisión: “El espacio publico y el fascismo cotidiano”. Para el, el espacio publico es una fantasia Harbemasiana equivalente afectivamente al “amor inspirado por una republica de seres iguales y libres”. Una suerte de Atenas del siglo V AC de seres ilustrados, blancos y ricos. Donde entra el en este esquema? Esta fantasia republicana la comparte con la generación del 80 y tambien con narcisos legalistas como Lilita Carrio. Como si viviera en 1890 y esta hubiera sido una de las razones de su amor por Esmeralda Mitre, Loperfido califica todo intento de asociación, agrupación, sindicalización o representación grupal como “fascismo”. Esto no seria grave en si mismo si no viniera con párrafos de violencia síncopada que nos obligan a diferenciar al odio como representación del odio hecho carne. Ese que no se usa como arma sino que se siente debajo de la piel y nos impulsa a actuar.

Así, en su primer párrafo, Loperfido usa los siguientes calificativos para referirse al peronismo como “patético (dos veces), idiota, infame e imbecil” y a los militantes peronistas como “pagos, arriados por un plan social y gerenciado por un intermediario pago” (esto es repetido como mantra en el primer y el segundo parrafo). Para el, el pobre debe ser invisible para ser digno y, por definición, no tiene iniciativa propia, ni siquiera para decidir a quien seguir para sumarse a algún tipo de representación que le permita mejorar su situación. Pero no contento con esto, Loperfido va aún más allá y asocia pobreza con marginalidad de un modo que es reminiscente a cierto medievalismo tardio, por ejemplo, representado en las pinturas de El Bosco en donde la pobreza, a principios de la erección del capitalismo de los burgos, era sinónimo de pecado y de locura, como síntoma de sangre manchada o impura. También puedo citar el Guzman de Alfarache de Mateo Aleman de principios del siglo XVII en Sevilla en donde el picaro puber que robaba para comer era considerado como el paradigma del pecado. En términos de Lopérfido: “Uno de los grandes debates que debe darse la política en Argentina es por qué cualquier grupo, por marginal que sea, puede disponer a su antojo del espacio publico”. Yo creo que uno de los grandes legados del peronismo y en específico del Kirchnerismo es el mantenimiento del disenso como posibilidad en el uso del espacio público. Eso debería ser considerado como patrimonio cultural, para ser muy honesto. Sin embargo, esto no es lo que me molesta de la oración sino ese “por marginal que sea”, colocado entre comas. Qué implicancias tiene esto? Cómo define este buen señor a lo marginal? Cómo pobre, loco, drogadicto? Tal vez Loperfido, califique en alguna de esas categorías.

 

El problema es que cuando voy al articulo publicado en Anfibia por Ezequiel Ipar que representa el otro lado del espectro ideologico y que si bien está, por lo menos, diez veces mejor escrito y estructurado, encuentro analogo nivel de demonización del adversario. La pregunta es entonces, va la Argentina camino a una teocracia que le permita exorcisar los demonios del otro a pura amenaza y sin necesidad de matarlo? J A T

 

 

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